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martes, 1 de noviembre de 2016

El sonido de la estática

Un relato para el concurso Zenda #historiasdemiedo ;)


Dio un respingo y despertó de golpe, desorientado, con los labios húmedos de saliva y un dolor agudo en el cuello. Se irguió en la incomodísima silla de tijera, cuya forma ergonómica consistía en una depresión en el asiento donde se encajaba el culo, y se frotó el músculo que unía la oreja con el hombro. Lo tenía tan tenso que si lo rascaba con un arco emitiría un fa puro y cristalino, digno del primer violín de la orquesta de RTVE. Hizo una mueca cuando otro pinchazo lanzó una oleada de dolor desde su cuello hasta los dedos de sus pies.

Si seguía durmiéndose en el trabajo iba a tener que pedir la baja por tortícolis crónica. Si no lo despedían antes, claro.

La radio enganchada en su cinturón emitió un pitido taladrante y dejó una palabra flotando en el aire, tan deformada por la estática que parecía el ululato agónico de un alma a medio camino entre el Purgatorio y el Limbo.

¿...Javi...?

Sacudió la cabeza para desprenderse de las telarañas del sueño mientras agarraba la emisora portátil.

—Si esta noche soy Javi es porque te aburres un huevo, supongo —masculló con la boca pegada al cacharro—. Normalmente soy Martínez. O «ese imbécil de tu marido, niña».

...me vengas con gilipolleces, que no son horas —llegó la respuesta a través de las ondas—. Oye, me estoy quedando frito. ¿Hace un café aprovechando la ronda?

Javier miró la radio enarcando las cejas. Lo que estaba oyendo no podía ser verdad: tenía que haberse perdido alguna frase. ¿Paco, proponiéndole tomar un café? ¿A él, el inútil que no había encontrado trabajo hasta que su sufrido suegro le metió en su empresa por la puerta de atrás? ¿A él, el idiota que había dejado embarazada a su niña sin asegurarse antes de poder mantener a la criatura?

La radio tenía que estar rota. Le quitó la batería y se la volvió a meter con el gesto de quien cambia el cargador de una semiautomática.

...las cuatro, y todavía nos queda aquí media vida —crepitó el chisme—. Y se me están pegando los párpados a las amígdalas. ¿Qué dices? ¿Un café?

Javier titubeó. Puestos a elegir compañía nocturna, Francisco Rosales andaba por el penúltimo puesto de la lista. Y solo porque su antiguo jefe todavía estaba vivo. Paco era su suegro, y le gustaba ejercer: no desaprovechaba una oportunidad de dejarle a la altura de las cucarachas de los túneles del Metro. ¿Para qué demonios quería verlo? ¿Querría aprovechar que el hospital estaba desierto para librarse de una vez del yerno que no le daba más que disgustos?

Pero no podía decirle que no. Por Marga era capaz de aguantarle hasta que Paco se decidiera a callarse la bocaza o emigrar a Burkina Fasso, lo que más le apeteciera.

Además, sentía curiosidad. Y cualquier cosa que lo sacase del estupor provocado por el tedio era bienvenida.

—Okay —respondió—. Hay una máquina de café en el pasillo de paliativos...

No estoy tan desesperado como para tragarme ese brebaje, chaval —gruñó Paco—. Y menos cuando la cafetería de la planta baja está abierta.

—¿La del tanatorio? —inquirió Javier, dubitativo. Se salía del itinerario de su ronda. Y de la ronda de Paco, que hacía en sentido inverso las mismas dos plantas que Javier recorría cada hora durante las ocho de su turno. Si el jefe se enteraba, la bronca iba a ser de historia de miedo.

Pero, un café calentito...

—Vale —accedió con un suspiro—. Voy para allá.

Se levantó, sacudiéndose la silla que se le había pegado al trasero, y gruñó de satisfacción cuando sus vértebras se recolocaron con una sinfonía de chasquidos. Se colgó la emisora del cinturón y echó a andar pasillo arriba.

La clínica era un monstruo de cemento que pedía a gritos la demolición. Un edificio gris, deteriorado, ubicado al final de una carretera con tantas curvas que de noche los fantasmas tenían que coger número para asustar a los conductores desprevenidos. Cualquier inspector de sanidad decente habría echado el cierre décadas atrás; pero el hospital no chupaba demasiados fondos y solo acogía a enfermos terminales, y nadie le hacía demasiado caso. Estaba tan abandonado como los pacientes que aguardaban su turno para bajar en una caja de madera al tanatorio, donde sus familiares fingirían llorar desconsolados mientras calculaban el precio del pack completo de la funeraria.

Los fluorescentes chisporroteaban y parpadeaban a su paso mientras vadeaba el río de camillas vacías y bancos destartalados. Una enfermera medio dormida hacía crucigramas detrás del mostrador de planta; Javier la saludó con un cabeceo antes de meterse en el ascensor. Empezaba a acostumbrarse al ambiente gélido de la clínica, pero resultaba descorazonador saber que su vida podía terminar así, tumbado en un camastro en un edificio lleno de goteras y corrientes, con la única compañía de los gemidos desesperanzados de sus compañeros de planta.

—Casi prefiero volarme el paladar —murmuró—. O tirarme por el viaducto.

La recepción del tanatorio estaba vacía, igual que el pasillo que unía las salas generalmente abarrotadas de familiares y amigos llorosos. Javier frunció el ceño. El eco de sus pasos empezaba a ponerle los pelos de punta, siguiéndolo a medio segundo de distancia mientras le respiraba en la nuca. ¿No había muerto nadie aquella noche, o qué? Incluso habían apagado las luces; solo se veía el charco amarillento que se derramaba desde la puerta de la cafetería. No se oía ninguna voz, ninguna conversación, ni el apagado repiqueteo de los vasos. Sentado en un banco junto a la puerta, aguardando pacientemente su llegada, estaba Paco.

—Ey —saludó Javier—, ¿qué pasa esta noche? Está todo rarísimo. ¿Qué es lo...?

Paco levantó la cabeza y posó en él unos ojos vacíos, blancos. El walkie-talkie crepitó, y el sonido de la estática envió un escalofrío por su espalda.

¿...Javi? —preguntó la voz de Paco en la radio—. Oye, que me ha entretenido el jefe. Ahora mismo voy para allá.


Virginia Pérez de la Puente

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