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lunes, 26 de mayo de 2014

Mi mundo es mío y me lo %&#@ cuando quiero

Siguiendo con la iniciativa "plágiate a ti misma, que total no te vas a denunciar" :P, y por aclamación popular, vuelvo a subir esta entrada de hace ya algunos tiempos. En su día interesó mucho a los colegas escritores que tengo por estos lares, pero yo creo que también puede interesar bastante a los que sois lectores (sin aspirar a escribir, al menos no "en serio" -ja-). Va de mundos imaginarios, así que supongo que tiene su cosita ;)

Andaba yo pululando por Facebook un día, un poco frita todavía y con los ojos llenos de legañas mutantes, cuando me tropecé con un enlace al blog de una colega escritora (y no obstante buena persona) que me resultó bastante interesante. La entrada, que podéis leer aquí, habla sobre la ‘actitud’, por llamarla así, de artistas (sobre todo autores) novatos y veteranos, y de cómo los primeros no pueden exigir ser tratados como lo que no son (autores consagrados geniales y sapientísimos) y los segundos no deben tratar a los primeros como si ellos no hubieran pasado por esa etapa en su día (con condescendencia o incluso mala uva).

Es una cuestión interesante, pero no es la que me ha hecho desempolvar la contraseña de este blog para actualizarlo (por fin, diréis, ya iba siendo hora). No, qué va. Es que veréis, pululando en busca de actitudes de autores famosos (o al menos relativamente conocidos), me he encontrado esta otra entrada, esta vez en el blog de Patrick Rothfuss (el autor de El nombre del viento y tal), y el caso es que me ha recordado la cantidad de veces que yo misma he tenido ese debate con otros escritores y con lectores de fantasía. De modo que he pensado que os podría interesar leerla, porque pone un ejemplo estupendo de un hecho que, creo, es importantísimo a la hora de ponerse a escribir.

Rothfuss se refiere a la fantasía, pero es un hecho válido también para quien escriba novela histórica y, en menor medida, para todos los géneros literarios. ¿Que de qué va la entrada, que no la he leído porque no sé inglés/no me apetecía darle al link? Bueno, veréis, la cuestión es la siguiente: cuando uno se pone a escribir, sobre todo, como decía, fantasía o histórica, tiene que hacer un esfuerzo para no dejarse llevar por el entusiasmo de estar metiendo al lector en un mundo que no es el suyo, sea porque es un mundo inventado (fantasía) o un mundo pasado (histórica). El autor tiene TODA la información sobre ese mundo, bien porque se la haya inventado durante meses de rascarse las neuronas (fantasía), bien porque se haya pasado meses investigando entre polvorientos volúmenes a los que la wikipedia no tiene acceso (histórica). El autor conoce cada detalle de ese mundo: configuración, leyes físicas, geografía, historia, costumbres, religiones, situación política, bleh bleh bleh, cientos y cientos de páginas de información (física o virtual, metidas en la cabecita, que aunque no ocupen espacio siguen siendo muchas páginas).

¿Y qué ocurre? Pues que el autor ha hecho un gran esfuerzo al diseñar/investigar ese mundo, y lo conoce tan bien, y le gusta tanto, y tiene tantas ganas de compartir sus vivencias en ese mundo que corre el riesgo de dejarse llevar por el entusiasmo y dejar al lector con cara de “pero qué coño me estás contando, tío”. ¿No os ha pasado alguna vez que habéis leído el inicio de un libro y os ha aburrido hasta querer sacaros los ojos con una cucharilla, porque después de cincuenta páginas aún no le habéis visto la jeta al prota pero, eso sí, habéis luchado para abriros paso a través de párrafos y párrafos de información acerca del mundo en el que os encontráis? Páginas repletas de países con nombres raros, relaciones internacionales, razas, seres, bichos, culturas, costumbres, de las que al acabar el párrafo ya ni siquiera os acordáis porque os habéis saturado de información…

Por mucho que a los escritores nos duela, eso es algo de lo que sólo alguien como Tolkien puede salir airoso. El resto, si comenzamos una novela describiendo enciclopédicamente el mundo que hemos creado/hemos indagado corremos el riesgo de que el lector no sólo no se entere de una mierda, sino que mande nuestro libro al mismo sitio con el lomo mirando pa Cuenca. Vale, la información es importante porque si el lector no conoce el mundo y sus costumbres puede no entender de qué carajos le estamos hablando. Pero seamos sinceros: si le metemos a presión toda esa información como a un pato del que queremos sacar pasta de hígado, el lector no se enterará de la mitad, no asimilará esa información y, lo que es peor, se aburrirá de nuestro libro antes incluso de que el libro haya empezado. Si le colamos cincuenta, o incluso diez, o incluso menos, páginas de “el mundo es blablabla y las razas son blablabla y este rey hizo esto y desde entonces este país está peleado con este otro por un quítame aquí estas tierras y entonces los antiguos seres que poblaban el bosque que hay aquí decidieron que blablabla y después hubo una guerra y muerte y destrucción y blablabla y espera, que ahora empiezo y te presento a mi prota, es que antes tienes que saber que es de un pueblo que blablabla y además blablabla”, el lector, con las pupilas dilatadas y la mandíbula desencajada, soltará el libro como si fuera una escolopendra y tendrá que darse un baño calentito acompañado de un cocktail de ibuprofeno, y todos sabemos que el agua no está pa desperdiciarla, que hay sequía.

¿Y si el lector es cabezón, y consigue sobrepasar esas cincuenta primeras páginas? Qué macho, ése sí es un héroe y no mi prota, joder. Bien, si el avezado lector logra tamaña tarea sin que le dé un ictus, para cuando llegue al sitio en el que necesita esa información lo más probable es que ya ni se acuerde de ella ni le importe tres cojones. “¿Quién coño eran los Kdefrrrgsh y qué coño pintan en todo esto? El caso es que me suena…” y allá va el lector a rebobinar, y hojea las cincuenta primeras páginas en busca de los Kdefrrrgsh, que resultan ser mortales enemigos de los Jhhhggunndda porque uno de los Hundidongos secuestró hace dos mil años a la princesa de los Fevermelos, y eso que la princesa no valía gran cosa, pero como te he contado veinte páginas antes los Fevermelos eran rubios y de ojos azules y los envidiosos de los Hundidongos, descendientes directos de los Kdefrrrgsh por parte de cuñado, el cuñado que era Jhhhggunndda adoptivo porque el rey de… Oye, se ha quedado buena noche, igual podría bajar a echarme una caña con Paco…

¿El secreto? Supongo que es dosificar esa información. Ofrecerla poquito a poco, conforme se vaya necesitando. Dejar que sean los personajes los que la den, y no darla al principio. Contar ese “backup” entremezclado en la trama de la novela, no como un aparte en plan enciclopedia británica con anexos. No quiere decir que no se puedan meter párrafos y párrafos de historia, costumbres, política, geografía y religión (aunque a mí personalmente me guste más la información esbozada que la desarrollada): lo que quiere decir es que esa información será mucho más digerible si se mete a lo largo de toda la trama, cuando se necesite, y no como un Génesis bíblico “en el principio fue el reino de Kotoriastas, y Kotoriastas, que era un poco cabroncete, escupió en la sopa de Guundimelo y los descendientes de ambos conformaron las naciones de dos continentes enfrentados, a saber: (inserte aquí una lista de países y reyes) y el cuñado del primo de Gonzalbano el Inmarcesible construyó una barca con troncos y tras innumerables peligros (inserte peligros aquí) llegó a las tierras de los Turulendonos y bleh bleh bleh”. Y para cuando el prota alza una ceja en dirección al lector, el lector se ha ahorcado con la sobrecubierta o se ha cortado las venas con el ticket de compra del libro.

No es fácil. Claro que, si fuera fácil, no tendría mérito conseguirlo, supongo. Tampoco es fácil conseguir que un bicho de metal con alas rígidas vuele, o abrirle la tripita a un pavo y que luego se vaya andando a su casa. Pero quizá sea precisamente el hecho de que no es fácil el que nos impulsa a seguir intentándolo, nyet? ;)


Nota: las imágenes, obviamente, ni son mías ni aspiran a serlo ;)

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