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lunes, 7 de enero de 2013

El triste destino que separó al sujeto del predicado y acabó con su hermosa historia de amor

Hace mucho que no me tiro al monte/me lío la manta a la cabeza y decido escribir uno de esos posts que me convierten en la persona más odiada de este lado del Pisuerga… Hoy, no sé muy bien por qué, me he levantado con ganas de hacer un panegírico de esa gran desconocida, nuestra afamada y nunca bien ponderada coma, que tantos decimos saber usar y tantas veces usamos mal. Como hablar de tooooooooodas las veces que la usamos mal sería algo así como larguísimo, me ha dado por coger un caso concreto que, a saber por qué motivo, últimamente se ha «puesto de moda» y que en ocasiones hace que me sangren los ojos, sobre todo cuando lo veo en textos supuesta e hipotéticamente profesionales. Es el uso de la coma, nuestra pobre y defenestrada amiga, detrás del sujeto.

Que no acabo yo de entender muy bien por qué de repente a todo dios le ha dado por poner una coma detrás del pobre sujeto, cuando el pobre sujeto está deseando hacérselo con el verbo, como es su obligación contractual. Como insinuaba al principio, es en gran medida cuestión de modas: hace unos añitos nadie ponía una coma (ni en su sitio ni fuera de él), ahora de repente el number one del top ten las listas de éxitos gramaticales lo ocupa la coma y hay comas por todas partes, en todos lados, como si por poner más comas la frase fuera a tener mucho más glamour y caché. Y tan malo es lo uno como lo otro, que una frase sin comas es asfixiante pero una frase con demasiadas comas no hay mente que la entienda a la primera y, las más de las veces, tampoco a la segunda ni a la tercera. Que las comas son nuestras amigas y no se merecen que las echemos sobre la frase como quien echa sal sobre un filete, y donde caigan, cayeron =( y tampoco se merecen que, por un exceso de celo, acabemos poniendo la frase como si fuera una comuna hippie superpoblada, con comas durmiendo hasta en las alacenas.

«El arrogante y pinturero caballero de la brillante armadura pulida con abrillantador de hojalata de calidad suprema comprado en las rebajas del Todo a Cien, ensilló su montura y clavó espuelas.»

Argh.

Vale, entiendo que la frase es larga. Pero el hecho de que sea larga no quiere decir que haya que separar al pobre y desamparado sujeto de su verbo, pobrecitos míos, qué habrán hecho ellos para merecer semejante destino. ¿Que nos ahogamos? Pues nos aguantamos, oiga, o hacemos la pausa donde buenamente nos lo pidan nuestros pulmones mentales (seamos sinceros: muy poquitos vamos a leer esta frase en voz alta, de modo que no necesitamos coger aire para nada), pero no seccionamos la frase por donde no hay que hacerlo. Que para respirar no hace falta que nadie nos diga dónde hacerlo (yo os juro que respiro cuando buenamente lo necesito, no cuando nadie me lo dice; buena iría si sólo tomase aire cuando alguien me da permiso…)

Quizá ése sea el origen del error. Nos hemos acostumbrado (por comodidad, por facilidad, por vagancia quizá) a que las comas van “donde hay una pausa mental/una pausa para respirar”, cuando resulta que sólo los profesionales de la radio/tele/locución/cuentacuentos necesitan respirar para leer una frase: el resto necesitamos respirar porque necesitamos respirar, punto. Lo fácil, lo sencillo, es poner la coma donde nuestra mente nos dice que deberíamos coger aliento, donde “nos suena” que hay una pausa. Y así, hacemos la salvajada de extirparle el verbo al sujeto, cuando sin verbo el pobre sujeto se encuentra con que su existencia carece de sentido y acaba alcoholizado perdido o buscando ayuda profesional o cortándose las venas al biés. Que sí, que muchas veces se generaliza diciendo eso de que «la coma va donde van las pausas porque pa eso la coma es una pausa», pero ni todas las pausas son comas ni todas las pausas requieren una coma. Algunas, como éstas, no sólo no la requieren sino que ponerla es incorrecto, pensemos lo que pensemos. Vaya, que las comas, como los puntos, como los puntos y coma, como cualquier otro signo gramatical, van donde tienen que ir, no donde nos suena que van. Cuestiones sintácticas, gente, no pronunciación. Que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

Para ser más claros: la frase «El perro ladra» está clarísima, ¿verdad? El perro = sujeto, ladra = verbo, a nadie se le ocurre plantarle una coma detrás al perro, no sea que se le escape un (bien merecido y justificadísimo) ñisko. Si a alguien le da por poner «El perro, ladra», el animal tendría todo el derecho a gruñir de forma amenazadora, como mínimo. Pues en el caso anterior, igual. ¿Que el sujeto es más largote? Vale, pero sigue siendo un sujeto, y como tal no puede ir separado del verbo. ¿Qué importa que el sujeto sea “el perro” o “el arrogante y pinturero caballero de la brillante armadura pulida con abrillantador de hojalata de calidad suprema comprado en las rebajas del Todo a Cien”? El pobre caballero también tiene derecho a morder salvajemente si alguien le planta una coma detrás, qué es eso de separarlo de su verbo, hombreya =( Tened en cuenta que, por muy largo que sea, el sujeto sigue siendo “el caballero”. Todo lo demás es adorno, y no cuenta a efectos sintácticos. O sea, a la hora de poner la coma hay que pasar de todo eso (arrogante y pinturero con armadura blablabla) y fijarse en la estructura básica de la frase, que viene siendo «El caballero ensilló su montura».

En este caso, la estructura está bastante clara porque, por muchos adornos que tenga el caballero, la frase sigue siendo sencilla. Cuando la oración es compuesta, la cosa se complica un poquito, pero sólo un poquito, no nos volvamos locos: al final, sólo hay que analizar la frase un pelín para darse cuenta de dónde van y dónde no van las comas. Por ejemplo, si pillamos la frase anterior y la componemos,

«El arrogante y pinturero caballero de la brillante armadura pulida con abrillantador de hojalata de calidad suprema comprado en las rebajas del Todo a Cien, cuyo sino era enfrentarse al enemigo que, alojado en la Oscura Torre de muros negros y sombrío aspecto, le había desafiado a presentarse ante él para dirimir sus diferencias en un duelo a muerte, ensilló su montura y clavó espuelas.»

la cosa en realidad no cambia. ¿Por qué? Pues porque la oración “base”, la principal, sigue siendo la misma, el sujeto sigue siendo el caballero y el verbo sigue siendo ensilló. ¿Y qué cojones hacen esas comas ahí en medio? Pues separar las oraciones subordinadas y las aposiciones. ¿Que qué lío? Qué va, sólo hay que sonreír y decirle a la estructura “no te tengo miedo” y analizarla con un poqueco de cabeza. Veréis:

La coma separando sujeto y predicado sólo es correcta cuando el sujeto lleva consigo una aposición, ya sea en forma de oración subordinada o en forma de complemento. Por ejemplo, «El caballero, hijo de Paco el Temible, ensilló su montura». En ese caso ese añadido sí va entre comas (ojo: DOS comas, flanqueando la aposición entera. No me hagáis la del pulpo y me dejéis coja a la pobre aposición escribiendo «El caballero, hijo de Paco el Temible ensilló su montura», que eso es tan jorrible como lo de separar al caballero de su verbo: son dos comas precisamente porque lo que va entre ellas se puede quitar tranquilamente sin joder la estructura de la frase principal). Eso vale para complementos y para oraciones coordinadas y subordinadas y yuxtapuestas, «El caballero, que llevaba tiempo pensando en comprar una nueva armadura, ensilló su montura» (DOS comas, ¿veis? Para que quede bien clarito que esa parte es una cosa aparte, valga la cacofonía molona). Esas dos comas lo que hacen es separar y distinguir el “añadido” a la frase principal: el sujeto y el verbo continúan estando juntitos, «El caballero ensilló su montura», cuando le quitamos la aposición que va entre las dos comas.

Esta regla se aplica ya sea lo que va entre comas una oración subordinada o coordinada, un complemento relativo o un lo que sea en bicicleta. La norma, para que quede clarísimamente clarísimo, es que el sujeto y el predicado van juntitos. De modo que las comas sólo separan partes de la oración QUE NO SEAN ese sujeto y ese predicado, por muy larga que sea la frase de marras. En realidad, si os fijáis, no es nada difícil:

«El arrogante y pinturero caballero, Íñigo Íñiguez de la Companbamba, hermoso doncel de la brillante armadura pulida con abrillantador de hojalata de calidad suprema comprado en las rebajas del Todo a Cien, cuyo sino era enfrentarse al enemigo que, alojado en la Oscura Torre de muros negros y sombrío aspecto, le había desafiado a presentarse ante él para dirimir sus diferencias en un duelo a muerte de incierto resultado, ensilló su montura y clavó espuelas.» Tan sencillo como buscar el sujeto y el predicado de la oración principal (en negrita) y después poner las comas siguiendo ese esquema sintáctico, conteniendo la tentación de desmelenarse y liarse a plantar comas a diestro y siniestro para que la mente no se vuelva gilipollas al leer semejante engendro. Que el pobre caballero no se merece que trunquen su predestinada historia de amor con ensillar, no nos dará cosilla dejarle compuesto y sin verbo =(

4 comentarios:

  1. Yo tengo verdaderos problemas a la hora de poner comas, y este post me ha dibujado una sonrisa sardónica en la cara. Sin duda espero tenerte en cuenta y es algo que suelo revisar a fondo en mis textos: la coma. Incluso más que los acentos.

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  2. Bueno, si ha servido para que te eches unas risas y no te lleves un mordisco del caballero, tuspendo =) =) =)

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  3. Buena reflexión. Y tienes razón, por supuesto. =)

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  4. ¡Me encanta! ¡Ojalá y los profesores explicaran las cosas con tanto humor y sencillez; la información se retiene muchísimo mejor de esta forma. ¡Gracias! :-)

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