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jueves, 29 de noviembre de 2012

Me molo a mí mismo

Se nos acaba noviembre, y con noviembre se acaba el NaNoWriMo (sí, un año más lo he conseguido, aunque por desgracia no he logrado triplicar el mínimo, que es lo que pretendía: y bueno, es una cuestión de prioridades, y en estos momentos considero una prioridad pensar en los lectores que voy a tener a corto plazo más que en los hipotéticos lectores que tendré, quizá, tal vez, en un futuro. O, lo que viene a ser lo mismo, no he conseguido triplicar porque he abandonado el NaNo unos cuantos días en favor de la novela que voy a publicar dentro de poco más de un mes). No importa. Seguiré escribiendo en diciembre, porque ahora mi objetivo es acabar esta novela antes del 10 de enero. ¿Por qué? Pues porque ese día sale a la venta El sueño de los muertos (Ed. Minotauro), y pretendo dedicar todo mi esfuerzo a partir de ese día a darla a conocer y estar mucho más disponible para mis lectores que la última vez, que la publicación me pilló en un momento bastante estresante de curro y no tuve tiempo ni de decir hola.



Y pensando en eso andaba yo cuando me he topado con mi pobre blog y me he dicho: ¿por qué no hablas de ello, ya que es en lo que tienes tu mente puesta ahora mismo? Porque sí, es justo lo que estoy yo calibrando en estos momentos, qué hacer, cómo hacerlo, hasta dónde llegar. Me refiero, por supuesto, al tema de la promoción y autopromoción de novelas, antologías y demás productos y subproductos literarios (me centro en la literatura porque es lo que conozco, aunque supongo que, con unas pocas variaciones, se puede aplicar a otros géneros artístico-creativos).


Veréis, la cuestión es la siguiente: para empezar, la mayoría (con un porcentaje elevadísimo) de los autores no cuenta con el respaldo de un departamento de marketing/publicidad que les haga la promoción de una novela. Algunos ni siquiera cuentan con un alguien que les apoye a la hora de decir “hola, soy escritor y tengo esta novela disponible”. Incluso los que tenemos la suerte de tener una gran editorial detrás y un departamento que nos dé apoyo físico y moral tenemos que buscarnos un poco las vueltas, porque Stephen King sólo hay uno y en el resto, obviamente, las editoriales no van a invertir una millonada (hay que mirarlo desde su punto de vista: ¿cómo van a dejarse el presupuesto en promocionar una obra que les va a dar unos beneficios muy inferiores?). De modo que, en gran medida (y en muchos casos en TODA la medida) la promoción recae sobre los hombros del propio autor, que en teoría debería dedicarse sólo a escribir, pero en la práctica, si quiere que alguien le lea, tiene que promocionarse. Una novela de la que no se habla NO se vende. Eso es así, por gracia o por desgracia.

¿Y cómo se promociona uno? Pues es chungo de cojones, con perdón. Hombre, ahora con la cosa del internete y las redes sociales todos tenemos acceso a un público más o menos atento, y todos podemos, quién más y quién menos, levantar la manita y decir «Eh, que estoy aquí.» La cuestión es que eso no garantiza que nos vayan a comprar o, siquiera, a leer. Que uno puede tener mil millones de contactos en Google + y no vender una escoba, vamos. La promoción es un arte, o al menos un oficio complicadete: por eso hay una licenciatura que se llama Publicidad, y por eso los publicistas «güenos» son profesionales. Porque no es tan fácil hacerlo. Hay que saber cómo, dónde, qué, a quién, hay que saber cómo llegar y tocarle la fibra al que está delante para que decida gastarse los cuartos en nuestro producto. Y eso no es nada fácil, que todos somos consumidores y sabemos que porque alguien nos sonría no le damos veinte pavos así como así, que está la cosa muy mala. Hombre ya. Y vender libros no es como vender lasaña congelada.

Hay que llegar a la gente, y hay que hacerlo con habilidad. Lo fundamental: tener paciencia, ser perseverante, y sobre todo NO DAR EL COÑAZO. Cuidado, que esto es peliagudo. ¿No os ha ocurrido que estáis tranquilamente en (por ejemplo) Facebook y alguien os pide amistad y dos nanosegundos después le tenéis en vuestro muro colgándoos un mensaje de «Mira, ésta es mi novela y es cojonuda, tienes que comprarla, ven a mi blog, pásate por Amazon, compra compra compra compra»? (¡¡Eeeh, que ésta es mi casa, no me la ensucies!!! ¿Me he ido yo a pegar carteles electorales en tu cocina, desgraciao? ÒÓ). Que una cosa es dar la barrila en vuestro propio muro (y si a alguien le acabas cansando, te borra y en paz, aunque lo mejor es no llegar a eso) y otra irte a los muros de otros a dar la barrila. Eso está feo, gente. En serio: eso no sólo no consigue que la gente os compre, lo que hace es conseguir que la gente os aborrezca mucho. Casi tanto como el inútil “VOTA” de las elecciones, que na más con verle el careto al político que sea por todas las farolas ya entran ganas de darle una patada en los cataplines; pues imaginaos si os cuelgan el cartelote tamaño marquesina en la puerta de vuestro dormitorio. Virgen del Pompillo, ganas de matar entrando en masa crítica, todo eso.

Cuidado con spammear como si no hubiera un mañana. Sí, es importante que la gente oiga/lea/vea hablar de nuestra novela, es importante que vea la portada, que se aprenda el título, porque así luego cuando vaya a una librería le sonará, y eso ya es un paso muy gordo si lo que queréis es que la compre. Que una novela de la que no se habla no se vende, como decíamos antes. Peeeero también es importante que cuando la vea su primer pensamiento NO sea «Joder, otra vez el coñazo éste, será capaz de hablar de otra cosa, la Virgen». Elegancia, como decíamos. Poneos en el otro lado: ¿estamos dando mucho la brasa? ¿Somos aburridos/monotemas? ¿Somos como el vecino o el amigo ese que no es capaz más que de hablar de los goles del Madrid, a quien todo el mundo acaba huyendo por provocar un aburrimiento agudo con complicaciones? No nos pasemos: una cosa es que se conozca nuestra obra, otra que cada vez que alguien vea su portada tenga ganas de echar hasta los higadillos. Y de paso sacarnos los nuestros. Con lo chungo que es después metérselos dentro otra vez, que una vez que un hígado ha fregado un suelo se llena de pelusillas y tal. Por supuesto, si la promo se hace con un poquito de buen gusto y un muchito de imaginación, la cosa cambia bastante; lo que estamos criticando aquí es el spam masivo y "hartazgante", sabéis perfectamente a cuál me refiero.

Y otra cosita más: el autobombo está mal visto. Vale, joder, no vamos a ser tan pazguatos de decir que nuestra novela es mala. No sólo porque no somos tan idiotas, sino porque lo más probable es que, sea como sea nuestra novela, nosotros la queramos porque es nuestra. Si no nos gustase, habríamos escrito otra cosa, ¿no? Vale, hasta ahí de acuerdo. Pero una cosa es que nuestra novela nos mole, y otra que vayamos por la vida que más que promocionarnos parezca que nos estamos dando amor del bueno en la oscuridad de nuestro dormitorio. Que el onanismo está muy bien, gente, y relaja y tal, pero no vende novelas. Que un tío me diga “Mi novela es la rehostia y tienes que comprobarlo porque soy el más grande de las letras hispanas desde Lope de Vega” pues como que no me da demasiada credibilidad. Si no me la da el hecho de que lo diga otro (tal y como está el invento, que te hagan una reseña positiva es algo, pero no todo), mucho menos que lo diga el propio autor. Cuando ves a alguien amándose tanto casi dan ganas de rascarle detrás de las orejillas y preguntarle amablemente si sabe cómo se llama el lobo de Jon Nieve…


Lo suyo es conseguir que haya gente que hable de nosotros, y no tener que ser nosotros mismos los que hablemos de nosotros mismos. Hombre, eso requiere esfuerzo, y no es fácil. Tampoco mola mucho hacerlo a base de intercambio de favores, porque esas cosas se acaban sabiendo. Últimamente no da ninguna credibilidad ver que te dan una palmadita en la espalda, porque al día siguiente se la estás dando tú al mismo que te la dio el día anterior y entonces la gente, que es así de suspicaz, piensa que ahí hay gato encerrado o huele a cuerno quemado o igual hay un gato-rinoceronte fumándose un peta encerrado hipotéticamente vivo o muerto en una caja. Lo suyo es conseguirlo encandilando a la gente con calidad literaria (que la tenemos, claro que sí, hasta ahí podíamos llegar), pero claro, para eso tienen que leernos antes, y muchas veces no es tan sencillo. Y dar el coñazo para que lo hagan tampoco es la solución. Bueno, en realidad dar el coñazo para lo que sea NO es la solución.

Y otra cosilla: si por una casualidad se nos da bien, tengamos cuidadito, porque no hay nada que joda más y destroce más una reputación (dejando a un lado lo de dar el coñazo en el muro de la gente, claro. Bueno, y tal vez salir en una afoto en pelota picada en un ángulo poco favorecedor) que ver cómo a alguien se le han subido los pies a la cabeza. Mirad a vuestro alrededor. Pensad en un alguien que haya publicado con quien sea y lo que sea. Si esa persona (aunque haya publicado con Random House Mondadori, joder) de repente empieza a portarse como si tuviera en su alacena el Santo Grial y todos los días se tomase un vermucito con aceituna y todo en dicho recipiente, si de pronto os mira como si fuera la reencarnación de Calderón de la Barca amancebado con William Shakespeare, ¿no empieza a caeros menos bien? Que una cosa es no denigrarse a uno mismo, y otra bien distinta darse aires de soy-el-más-puto-genial-de-los-putos-escritores-del-puto-mundo-universo. Equilibrio, gente: es lo que decíamos antes, el autobombo no mola, el autospam desmesurado no mola, y el engreimiento mola todavía menos. Si no mola cuando el autor ha vendido millones de ejemplares, ¿cómo va a molar si quien adopta esa actitud ha vendido yoquésé, quinientos, mil, cinco mil…? A ver si ponemos los pies sobre la tierra, que el hecho de que en casa mi mami esté súper orgullosa de mí no significa que yo ya sea digna de que me hagan una estatua y le pongan mi nombre a tres calles, dos colegios y un centro comercial.


Yo creo que eso es lo que todos debemos grabarnos a fuego en la cabeza: elegancia. Mesura. Discreción. Modestia. Y, sobre todo, inteligencia. Hay que dar a conocer la obra, pero no metérsela a la gente bajo la nariz, ni vendérsela al grito de “¡TIENES que comprarla, que es la Orestiada pero mucho más mejor!”. Ni a ningún grito, ya puestos. Hay que presentarla en sociedad, pero no intentar encasquetársela a to dios agitándola delante de sus ojos como si fuera lo único digno de verse en el mundo universo. Es mejor dejar que la obra hable por sí misma. Asegurarnos de que esté bien distribuida –que ése es otro problema, claro–, presentarla allá donde buenamente podamos (jornadas, librerías, colegios, ferias, guateques, barbacoas de la asociación de vecinos), buscar que sean otros los que en las redes hablen de la novela, y dar una imagen buena tanto de nosotros mismos como de nuestro libro: pero sobre todo, sobre todo, no demos el coñazo. Dar el coñazo es la forma más fácil de conseguir que la gente nos huya y, en consecuencia, huya de nuestro libro. Y no queremos eso, ¿verdad? ;)

martes, 20 de noviembre de 2012

Aquí, barriendo ;)


Jaus =) Como podéis ver, he cambiado un poquitirrinín el diseño del blog. Me daba la sensación de que el anterior se había quedado pa los tigres, como decimos en mi pueblo al día siguiente de las fiestas (o sea, todos los días de agosto).

Se admiten sugerencias, por supuesto. Si veis que tardo en responder, es que estamos en noviembre... y noviembre es mes de NaNoWriMo, y en el mes del NaNoWriMo dedico prácticamente todo mi tiempo a escribir. Este año además me he propuesto una salvajada (triplicar el número mínimo de palabras), y entre eso, lo otro, lo de más allá y la rana cantando debajo del agua, entiéndame quien quiera que yo me entiendo, la cosa está un poco chunga. Pero sigo viva, oigáis lo que oigáis al respecto :P

martes, 13 de noviembre de 2012

Todas las almas tienen derecho a soñar

Ya se ha hecho público en algunos medios, así que aprovecho este blog y mi web para contaros en persona un par de cosillas que creo que no está de más que os cuente acerca de esas noticias que tenía yo guardadas para vosotros.

Como quizá ya hayáis leído por ahí, en enero publico mi próxima novela, El sueño de los muertos (concretamente a partir del 10 de enero de 2013), publicada nada menos que por Minotauro. Antes de que la cosa se desmadre, quería yo hacer un par de puntualizaciones al respecto, para que luego no haya informaciones contradictorias ni reveses chungos y raros :P

El sueño de los muertos NO es una secuela de La Elegida de la Muerte. Lo digo porque no sé por qué hay informaciones que dicen lo contrario (aunque claro, también he leído por ahí que yo nací en Badajoz, que vivo en la Mérida de Venezuela y sólo estoy en Madrid de visita, que soy la hija secreta de los duques de Montpensier y que soy morena natural, así que supongo que uno no se puede creer todo lo que lee :P). La Elegida de la Muerte es una novela independiente, como ya he dicho en multitud de ocasiones, y El sueño de los muertos exactamente igual.

¿Y entonces, de dónde ha salido eso de que es una trilogía o una saga o...? Bueno, es sencillo: ambas novelas tienen cierta relación, por la cronología y por el escenario, y forman parte, dentro de mi cabezota, de una historia más grande (y no, no es una trilogía): La Elegida de la Muerte es algo así como el prefacio o precuela, y El sueño de los muertos el primer capítulo. ¿La veremos? Depende de vosotros ;) pero, de momento, lo importante es que El sueño de los muertos, como La Elegida de la muerte, es una novela con un principio y un final y no es necesario ni haber leído la una para leer la otra ni esperar a la siguiente para conocer el desenlace.

Os dejo la sinopsis de El sueño de los muertos por si os apetece echarle un ojo ;)


En un reino al borde de la guerra los destinos de un futuro rey y un esclavo que no se conocen parecen estar irremediablemente unidos.
El príncipe heredero de Novana, Danekal, intenta averiguar quién está detrás del atentado que casi le cuesta la vida a su padre en vísperas de la firma de un tratado con la reina de un país vecino. Al mismo tiempo deberá lidiar con los nobles que esperan la muerte del rey Tearate para hacerse con la corona, una horda invasora y sus propios fantasmas interiores.
Ajeno a ello, Kal, un hombre esclavizado por su capacidad para encauzar una antigua magia llamada Shah, pugna por liberarse de las cadenas que lo someten a la mujer que obtiene de él su poder: su Melliza.
Pese a sus enormes diferencias, el futuro rey y el esclavo descubrirán que existe entre ellos una unión, y que es mucho más profunda de lo que ambos suponen.