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jueves, 31 de marzo de 2011

Cómo mandar "literalmente" tu carrera literaria a tomar por saco antes incluso de empezar a tenerla

Después de tantos dimes y diretes acerca de lo que se debe y lo que no se debe hacer, de lo que funciona y lo que no funciona a la hora de promocionar un libro y de cómo, por desgracia, el autobombo y el "amigobombo" no garantizan el éxito literario sino probablemente todo lo contrario, hace un par de días me encontré con una magnífico ejemplo en forma de link, un ejemplo que debería estudiarse en asignatura de doce créditos en todas las hipotéticas y reales escuelas de escritores (y de cualquier profesión que implique un poquito de contacto con el resto de la humanidad, e incluso en las escuelas de "hacer vida social" sin morir a pedradas). En serio, no tiene ningún desperdicio: si queréis saber cómo una persona se puede joder la carrera literaria incluso antes de tener una carrera literaria, echadle un ojo a este enlace.


No sé si andaréis bien o mal de idioma bárbaro, pero por si acaso hagamos un resumencillo de lo que ocurre en ese blog. El bloguero en cuestión hace una reseña de un libro ("The Greek Seaman" o "El marinero griego", no os preocupéis si os viene a la mente el anuncio de Calvin Klein; al menos la imagen no deja de ser agradable) de una tal Jacqueline Howett, que se autodefine como escritora, poeta y no sé cuántas cosas más, natural de la Gran Bretaña y residente en Florida, y que ha autopublicado el susodicho "marino/marinero/hombredelamar griego". El propietario del blog, atendiendo a la petición de nuestra amiga Jacqueline, descargó el librito en cuestión (parece ser que está sólo en formato electrónico, no sé si también en impresión bajo demanda), lo leyó y lo reseñó. Y lo que viene a decir en la reseña, para los que no sepáis inglés o estéis un poco perretes, es que el libro pos bueno, tiene sus momentos majos, una trama interesante y "enganchante", pero que es difícil llegar hasta la última página porque está repletito de errores gramaticales, ortográficos y tipográficos (en inglés creo que no tienen un término tan descriptivo como "zarpazo" para llamar a estos últimos, al menos a los errores que no son voluntarios).



Bien, pues se abre el turno de comentarios, que es lo más jugosote de toda la historia: la querida Jacqueline entra cual miura diciendo que es evidente que el reseñador NO ha descargado la última versión de la novela, que estaba corregida y aumentada y peinada y maquillada y había pasado por una restauración y un taller de chapa y pintura, que el crítico además es que no ha entendido su libro porque ella es inglesa y el crítico amerricano, y que es obvio que ha sido así porque hay unas cuantas opiniones en Amazon que le ponen cinco y cuatro estrellas de lo bueno que es el jodíolibro. Como nadie la echa cuenta a la chiquilla, un día después vuelve a la carga y planta en los comentarios del blog dos de las "reviews" de Amazon en las que la ponen poco más o menos como si fuera la Diosa de la Literatura Universal. Cuatro días después, y viendo que siguen sin hacerle ni puñetero caso, la muchacha planta otras cuantas reviews de Amazon, en las que también dicen de su novela que es pa de correrse mismamente del gusto extremo en cada página. Pasan otros dos días sin que le responda más que el silencio.

Y hete aquí que de repente aparece un Anónimo para decirle que vaaaya, qué reacción, descartar una reseña poniendo otras reseñas, qué falta de profesionalidad, secundado por otro Anónimo. Entonces se deja ver el reseñador en cuestión para decir que oiga, que yo recibí el mail en el que me decía que descargase la otra copia corregida, lo hice, la leí, y sigue teniendo tantos errores ortotipográficos que es para quedarse ciego del susto, pese a lo cual la terminé e incluso tuve los santos cojones de decir que la historia tenía su aquél. Y que no, que el hecho de que la Jacqueline sea inglesa no tiene nada que ver con los errores gramaticales y ortográficos de la Jacqueline.

Momento en el cual aparece Ella, cual Furia vengadora, empezando su argumentación con un "¡Mi escritura es estupenda!", siguiéndola con un "¡No descargaste la versión 2.0, ni de coña!" y continuando con un par de dudas acerca de la profesionalidad del crítico en cuestión, poniéndolo de mentiroso para arriba y preguntándole en un tono bastante "crecidito" que quién coño es él, que si lo que quiere es echar mierda sobre los autores y blablabla (os hacéis una idea) y que quite esa reseña ahora mismo!

Estupefacción mediante, la cosa sigue entre algunos comentaristas del blog, el crítico y la chavala-no-tan-chavala con unos cuantos comentarios cruzados en los que ellos le dicen que un autor NO puede ordenar a un crítico que ponga en la reseña lo que el autor quiera, que un autor tiene que asegurarse antes de publicar un libro de que esa versión del libro es "la buena", y que a juzgar por los comentarios de la nena ya se ve que la tipa no tiene ni idea de escribir, y tampoco, por supuesto, de lo que es el tacto y la buena educación y la etiqueta, y que haga el favor de callarse un poquito porque la está cagando a base de bien. Ante lo cual la tal Jacqueline continúa llamando al blog algo así como "agujero de serpientes y ratas" e insistiendo en que ella escribe bien y que son ellos los que la han emprendido contra ella de forma absolutamente injustificada. Y cuando uno se atreve a decirle "pero si estás probando que el crítico tiene razón, tus comentarios están llenos de faltas", Jacqueline Howett se despacha con el estupendo, glamouroso, chic y lleno de clase "Fuck off!" que más carcajadas ha provocado en los mentideros internéticos en los últimos días. Y unos cuantos comentarios después, la chavala vuelve a la carga con otro espléndidamente bien entonado "Fuck off!" que ya provoca el pandemónium. No sé cuántos días llevan comentando la jugada ni en cuántos blogs, webs, cuentas de twitter y facebook y similares se ha hecho referencia a la historia, pero sí sé una cosa: Internet se ha echao una panzá de reí a costa de la señorita Howett, más que nada porque resulta gracioso imaginarla de pie, con los puños apretados, dando patadas histéricas al suelo mientras chilla "¡Pero si llo escrivo vien!!!"


Y ahora, en serio. Yo reconozco que me eché unas risas cuando lo leí, aunque a ratos me podía la vergüenza ajena. Sin embargo, aparte de cruelmente divertido también resulta bastante triste. O al menos a mí me ha dado un poquito mucho de pena ver cómo una chavala (o quizá ya no tanto) tiraba por la borda de su marinero griego una carrera literaria que ni siquiera había empezado: porque ahora su nombre está por todo Internet como ejemplo de lo que no se debe hacer, es improbable que su nombre vaya a ser relacionado nunca con el de alguien cuyos libros pagaríamos por leer, y quizá si hubiera dado las gracias por la reseña educadamente y hubiera hecho mutis por el foro sin decir ni mu, habría podido corregir esos horrores ortosintácticos y tipográficos y gramaticales y sus libros, algún día, podrían haber sido muy solicitados. Ahora... pues me da que como no se busque un seudónimo, o incluso se cambie el nombre legalmente en el Registro, ni escritora reconocida ni narices de un perrito chiquitín. Lo que puede joder un calentón, oiga...

martes, 29 de marzo de 2011

Siempre pensando en lo mismo, joder

O más bien habría que haber sustituido la coma por dos puntos para que el título estuviera completamente en sintonía con el contenido de esta entrada. ¿Que de qué va? Lo habéis adivinado: de sexo. ¿Por qué? Porque me apetece (aunque no sea la actividad más lógica un martes por la mañana, y menos para alguien que de repente se ha echado toda su senectud encima; pero a nadie le amarga un dulce, y si algo he intentado toda la vida es ser honesta. No me van demasiado los disimulos ni los fundidos en negro, y esta mañana, después de sacudirme la depre de verme un año más vieja, he pensado: "¿De qué hablo hoy?" y la respuesta automática de mi mente ha sido: "De sexo". ¿Y quién soy yo para contradecir a mi mente...?). Y también, por qué no decirlo, escribo esta entrada porque éste es un tema del que he hablado en muchas ocasiones en foros, chats y reuniones con lectores y escritores del género y de otros géneros, y creo que puede resultar interesante. Aunque lo fundamental sigue siendo que me apetece, claro =)
Que el sexo vende es una de esas Verdades que ya apenas necesita demostración empírica. Si alguien la requiere, no tiene más que comparar, por ejemplo, las visitas a este humilde blog con las visitas a, póngase por caso, un blog con contenidos "subiditos de tono". Las cifras cambian, vaya que si cambian. El sexo vende, el sexo atrae, el sexo gusta. Al menos eso demuestra que todavía hay esperanza para la raza humana, a pesar de todo (¿qué pasa? ¿cómo creíais que nos reproducíamos, por bipartición? xD). Cuando digo que hay esperanza pese a todo me refiero, por supuesto, a esa otra gran Verdad que se llama represión, y que muchas veces nos hace confundir las churras con las merinas o el sexo con algo intrínsecamente malo, malvado, maligno, sucio, vergonzoso o potencialmente peligroso para nuestras almas. No voy a juzgar las creencias religiosas, morales ni éticas de nadie: allá ca cual con su cacuálo, que diría aquél. Pero sí voy a hablar de sexo, y más concretamente voy a hablar del sexo en la literatura fantástica, que es a lo que me dedico. A la literatura, digo, no al sexo :P

Es un tema del que, como digo, se ha hablado ya en tantas ocasiones que poco más puedo aportar al asunto, salvo mis propias reflexiones. Si queréis leer un reportaje bastante bien documentado sobre sexo y fantasía, os invito a asomaros aquí: http://sirmia.wordpress.com/2010/10/13/sexo-mentiras-y-fantasia/ . Ahí se hace un recorrido por los géneros (nunca mejor dicho) desde la antigüedad más antigua hasta más o menos hoy.

Poco más, repito, se puede decir que no se haya dicho. Salvo quizá plantear un par o varios pares de cuestiones bastante curiosonas al respecto. Por un lado, quizá uno de los motivos por los que, a mi juicio, la literatura fantástica ha sido tan pacata y tan poco dada a las efusiones sexuales hasta hace bien poquito. En primer lugar, hay que tener en cuenta que una de las bases de la fantasía tal y como la conocemos ha sido el maestro Tolkien, que tenía muchas virtudes pero entre ellas no se encontraba precisamente el tratamiento del sexo con naturalidad: de hecho, quizá El Señor de los Anillos sea una de las novelas más asexuales que conozco, con la posible excepción de El Pampinoplas (pensemos lo que pensemos sobre Frodo y Sam, o sobre Merry y Pippin, no hay nada explícito en la novela, ni sobre ellos cuatro ni sobre Sam y Rosita, la pareja hobbit “uficiá”; tampoco, por supuesto, sobre Faramir y Eowyn. Y Aragorn y Arwen dan la sensación de haberse querido como la parejita de El milagro de P. Tinto, poco más o menos).
En segundo lugar está ese estigma que ha arrastrado la fantasía como género hasta ayer por la mañana: ese "para niños" que tenía pegado al lomo, y que hacía que muchos de los autodenominados frikis hayamos tenido que escuchar en infinidad de ocasiones la afamada y nunca bien ponderada frase de "¿Y no eres un poco mayorcito/a para leer esas cosas?", y la no menos exitosa de “¿Y cuándo vas a leer libros de verdad?”. Obviamente, en un libro “de pa niños” no vas a meter guarrerías erótico-festivas, que no está bien visto y además les puedes corromper la mente y todo eso y que casi mejor dejar esas cosas para cuando tengan el raciocinio bien formadito. De la violencia, ni papa: un chaval puede matar marcianos a hostias a los cinco años —pobres marcianos—, pero como se le ocurra preguntar cómo nacen los bebés la sociedad se llevará las manos a la cabeza. Volvemos a lo mismo: represión, idea del sexo como algo malo, sucio, pecaminooooosooooooo (aka pongan ustedes un ceporrín con los ojos en blanco). Y si son jóvenos o jóvenas, pues tres cuartos de lo mismo: no les pongas sexo no sea que aprendan, déjalos que sigan en la ignorancia (así pasa lo que pasa, sin querer entrar en polémicas sobre educación sexual) y que sepan cómo romperle el alma a leches a su vecino pero no cómo zoscarse a la chati/el chato que les mola y que la chati/el chato se lo pase de puta madre y no haya consecuencias indeseadas a raíz del “zoscamiento”. Y de ahí que en las novelas de fantasía hasta hace dos días y medio no hubiera ni un mísero metimiento o metición de manopla, pero eso sí, la espada los colegas la metían hasta la empuñadura.

Hablo, por supuesto, de la generalidad. Claro que hay ejemplos de novelas y series del género en las que el sexo tiene una presencia: sin embargo, en esa generalidad de la que hablamos el sexo apenas existe, se esboza como mucho, a lo máximo a lo que llegamos es a un fundido en negro colocado más o menos a tiempo de impedirnos vislumbrar cómo el besito se convierte en algo más. Creo que lo más que he llegado a leer en fantasía hasta hace poco fue cómo Tika Waylan tenía que atarse la blusa con un nudo después de los torpes manejos de Caramon Majere, o cómo Drizzt Do’Urden se ponía las botas sentado en la cama de Catti-Brie Battlehammer después de un fundido de lo más tocapelotas. O de lo menos, si de textualidades hablamos. La rosa que Rand Al’Thor deja en la almohada de Elayne Trakand también es un buen ejemplo de descripción explícita de coito (nótese la ironía).

Estamos, pues, ante una cuestión cultural bastante interesante: puesto que la fantasía siempre ha sido para jóvenes, y la literatura para jóvenes NO tiene sexo, la fantasía NO tiene sexo. Luego además tenemos que tener en cuenta otra cuestión: la fantasía tradicionalmente ha estado destinada a un público juvenil Y MASCULINO, de modo que las poquitas veces que se trataba —solapadamente— la sexualidad, se hacía de una forma un tanto… uf, por decirlo así. El hombre era un Macho-man mega powerful “mía-mi-mújculo” con su súper espadón (me irán a decir que en lo de “espada grande ande o no ande” no hay un ligero cariz de inseguridad sexual que lo flipas, cual si de enseñarse el “sable láser” en los servicios a ver quién lo tiene más grande se tratase), y la mujer era el adorno floreado que acompañaba al guerrero y se quedaba transida al ver su enorme espadón, un a modo de “descanso del guerrero” con las tetas más grandes de toda… donde sea xD xD xD. O, por el contrario, y si la mujer se atrevía a destilar no sólo sensualidad sino también un poquito de independencia (o, básicamente, no se dejaba impresionar por las espadas grandes), es porque era “la mala”. En el 90% de los casos, vamos, o incluso más. Hablamos de la generalidad. Había excepciones. Pocas, pero las había. Y cuando esa “tensión sexual solapada” se dejaba ver más de lo moralmente correcto, zas, cartelote de “fantasía erótica” o incluso “pornografía”. Y siempre, por supuesto, desde esa perspectiva un poco BDSM que culturalmente estaba más aceptada que la igualdad de géneros allá por los alláes.

Por supuesto, una vez la fantasía se desperezó y se sacudió la etiqueta de "para jovenzuelos inadaptados" o “para adultos enfermizos” el género se ha adecuado a la sociedad y ha visto nacer una bonita dicotomía: por un lado, el sexo ya tiene su presencia en el género, ya hay novelas con escenas explícitamente sexuales sin tener que aguantar el sambenito de “porno”: el sexo en muchas de ellas se trata con naturalidad, como una escena más, sin advertir al lector con un redoble de tambores ni cascarle el cartelito de “cuidado, dos rombos”. Por otro lado, no todo el monte es orgasmo: para empezar, porque para llegar hasta ahí ha tenido que surgir el género comúnmente denominado “fantasía para adultos”, que casi da la sensación de tener esos dos rombetes pegados en una esquina y que, para muchos, sólo se distingue de la otra fantasía en el sexo (aka otro ceporrín con los ojos en blanco, por favor). En realidad, la fantasía adulta tiene mucho más aparte del “no cortarse” a la hora de las acrobacias entre sábanas, pero lo que preocupa a muchos es sencillamente eso: qué más da que un jovenzuelo o jovenzuela lea violencia muy explícita, gore asquerosamente asqueroso o filosofía pura incomprensible: lo que importa es que no lea sexo. Válgame. (Y bueno, teniendo en cuenta que aún hay gente que la palabra “sexo” la pronuncia “seso”, “sepso” o “sesho”…). Y para seguir, porque aún hoy existe ese “desvío tímido/abochornado de mirada al atisbo de escena sexual”. Y como resulta que la fantasía sigue siendo considerada para jóvenes pese al cartelote anteriormente mencionado, nos encontramos con que muchos lectores tragan saliva al ver que en la fantasía actual el sexo es un elemento más de la historia (blablabla ojos en blanco, todo eso).

Y por otro lado, otra cuestión que me ha llamado la atención en los últimos meses, en el trato con otros escritores. Muchos de ellos (no todos, válgame) tienen un poquito o un muchito o un todito de reparo a la hora de describir con naturalidad una escena sexual. Algunos aseguran que “las escenas de sexo no se les dan bien”, y bastantes ni siquiera se plantean meter sexo en una novela o relato, pegue con la historia o no pegue con la historia (en contraste con aquéllos que meten sexo haya o no haya necesidad, que para todo hay dos extremos). Como escritores, y como correctores/lectores de otros escritores, aún existe esa “atención morbosa/desvío de mirada/qué van a pensar de mí” ante el sexo: si hay una escena de sexo, la novela o el relato queda automáticamente marcada/o por ella, y el resto de la historia da exactamente igual. “Metida con calzador” o “innecesaria” son críticas que he leído u oído acerca de escenas de sexo de todo tipo y pelaje, críticas que jamás nadie se plantearía hacer a una escena, por ejemplo, en la que el prota se emborracha o se dronja hasta las pencas, roba/estafa al vecino del quinto, insulta a alguien hasta la quinta generación, acaba a hostia limpia con medio barrio y lo detienen por resistencia a la autoridad. ¿Por qué nadie tiene que “justificar” una escena de violencia, robo, insulto flagrante, paseo aburrido por el campirri o juego de azar con acompañamiento de licores espirituosos, y sí es necesario justificar perfectamente la escena de sexo? ¿Tamos tontos? ¿O es que nadie practica en su vida el retoce y el refrote porque sí?

Bueno, pues aquí va una justificación, una que no tiene que ver con el hecho de que el sexo es (así de simple) lo que nos da la vida, y que sin sexo no existiríamos (fundamentalmente porque no nacerían más “humanitos”), si a alguien le hace falta dicha justificación y no le vale con “meto una escena de sexo porque me sale de los ovarios/cojones, igual que meto una escena de cánticos regionales y otra de carreras de cuádrigas”: el sexo, como tal, simple y llano, es una de las armas más poderosas con las que cuenta un escritor a la hora de describir a un personaje. Una escena de sexo puede mostrar al lector cómo es un personaje con muchísima más claridad que veinte poemas de diálogo y una canción de acción desenfrenada. Puede parecer extremista, pero es así de sencillo: Dime cómo follas y te diré cómo eres. En el sexo una persona se muestra desnuda, y no sólo de forma literal: desnuda su cuerpo y también su alma. Un amante generoso, un amante violento, un amante travieso, un amante egoísta, un amante fiel o promiscuo… describen una parte importantísima de sí mismos con lo que hacen entre las sábanas (nótese que el masculino de “amante” está utilizado de forma genérica: las mujeres también, por supuesto, se describen en la cama). Y me parece una estupidez renunciar a un arma tan poderosa como ésa de forma voluntaria. ¿Y por qué muchos escritores lo hacen? Porque aún hay muchos reparos culturales al respecto, y porque todavía hoy en día se tiene esa idea de que “si meto sexo me cuelgan el sambenito de “obseso/a” y nadie se fijará en el resto de la historia”. Válgame. Así no le quitamos el cartel de “sucio, pecaminoso, pernicioso para el alma” en la puñetera vida.

Nos encontramos con una paradoja absolutamente deliciosa: el sexo vende, pero el sexo también da miedo. O quizá sea vergüenza. Y bueno, supongo que repetir el manido “¿por qué el sexo es malo y la violencia no?” no va a conseguir que las cosas cambien así de un plumazo, pero qué quieren que les diga, a mí me sigue pareciendo un tanto absurdo. Por no decir lamentable.

Pero en fin, seamos optimistas: el caso es que la cosa va cambiando, y que ahora, con la “nueva ola de fantasía martiniana” (como antaño la hubo tolkiniana), poco a poco el tema sexual en el género se normaliza con paso lento pero (esperemos) seguro. Quizá si un día el ser humano se deja de pamplinas y comprende que no se puede estigmatizar algo que es fundamental para la conservación de la especie la cosa cambie de verdad y para siempre.








PD. Sí, el Jon Snow lo he puesto pa babear un ratito. A ver si sólo iba a poner muchachas ligeras de ropa, hombre ya. ¿Veis? Es muchísimo más difícil encontrar un dibujín de un maromo en "cuerpo" (destinado a ojos femeninos, no a excitar la imaginación culturista del hombre) en fantasía épica que uno de una nena enseñando las curvas de la oferta y la demanda. Válgame.

martes, 22 de marzo de 2011

Morderme la lengua

Eso es lo que voy a dejar de hacer. Porque al final me voy a envenenar, y, a decir verdad, no me apetece en absoluto. Puestos a emponzoñarme, prefiero que me lo sirvan con hielo y coca-cola, muchas gracias.

Son ya muchos meses de tragar veneno. Nueve y pico, según mis cálculos. Ya va siendo hora de salirse de cuentas, me he dicho: ya va siendo hora de dar a luz. Y la comparación no podía venir más al pelo, porque de hecho de parir hablamos. O, más concretamente, de ponerme a parir.

Hagamos un poquito de historia: el 16 de junio de 2010 salió a la venta La Elegida de la Muerte (Öiyya), publicada por Ediciones B. Y hete aquí que una tal Virginia Pérez de la Puente —que soy yo— se levantó aquella mañana preñada de ilusión y de alegría y con muchas, muchísimas ganas de saber lo que la gente pensaba de ese libro que había escrito. El único contacto que hasta entonces yo había tenido con el fantástico español se limitaba a haber charlado un par de veces con Javier Negrete y a ser “habitual” de un par de foros de fantasía, poblados en su mayoría por lectores: no conocía apenas a otros escritores, salvo a aquéllos con los que compartía espacio en El Multiverso y unos pocos con quienes había coincidido en alguna ocasión en foros como Sedice u Ociozero. Para mí, el panorama fantástico español se reducía a eso: Negrete para adultos, Laura Gallego para jovencitos, algunos muy buenos escritores de relatos que había tenido la ocasión de leer en esos foros, y poco, muy poco más. Y quizá fue porque los primeros meses de la novela coincidieron con una época muy estresante en mi trabajo —que acabó como la mayoría sabéis—, pero al no tener ocasión tampoco de recorrerme la geografía española haciendo presentaciones y presentándome en jornadas y convenciones, empecé esta andadura literaria en la más inocente de las ignorancias.

No me duró mucho. Pronto, quizá demasiado, empecé a leer algunas cosas que me hicieron fruncir el ceño. Y he seguido leyéndolas, y escuchándolas, y han seguido llegando a mí en forma de rumores, de confirmaciones, de opiniones en blogs, de curiosidades en webs, de llamadas telefónicas de gente a la que ahora ya sí he llegado a conocer. Y he intentado no darles importancia, y he intentado ignorarlas, y he intentado hacer oídos sordos y ojos ciegos, pero llega un momento en el que no puedo seguir mordiéndome la lengua. Que una también tiene su corazoncito y su almita, aunque alguno piense que no, y una también se duele cuando oye o lee decir según qué cosas de ella.

Como digo, no me duró mucho. Bien poquito después de la salida a la venta de La Elegida de la Muerte (Öiyya) leí por primera vez a alguien insinuar algunas cosas sobre mí que no me gustaron un pelo, y desde entonces he leído y oído cosas de todo pelaje y condición, cosas que me harían torcerme de la risa por lo absurdas si no fuera porque en realidad no me hacen ni puñetera gracia. Será que mi sentido del humor es distinto del de los demás, o será que no sé aguantar una broma. O será que esto es de todo menos una broma. Vamos a hacer un repasito a esas insinuaciones y afirmaciones categóricas, si os apetece ejercitar los músculos que hacen que vuestros párpados se abran, que vuestra mandíbula se desplome hacia abajo y que vuestros ojos se salgan de las órbitas.

Nada más empezar mi aventura literaria, leí a una persona primero insinuar, y después asegurar de forma tajante —creo recordar que le faltó jurar por la tumba de sus ancestros o encima del libro sagrado de su elección—, que sabía que yo había publicado con Ediciones B por enchufe. Más aún, quiso argumentar su “conocimiento” de varias formas que todavía hoy me dejan las patas colgando cuando lo recuerdo: en primer lugar, dijo que era muy curioso que yo trabajase en la Cadena SER y publicase en Ediciones B, que como todo el mundo sabía pertenecen al mismo grupo mediático. Cuando alguien amablemente le informó de que la SER es de Prisa y Ediciones B de Zeta, esta persona siguió insistiendo en que tenían relación y en que yo había publicado gracias a un oscuro mecenazgo del que él tenía pruebas concluyentes que, lamentablemente, no podía compartir con el resto de los mortales. Vamos, un a modo de “creedme, lo sé, aunque no os pueda decir cómo”. Añadía a su disertación que, aparte del apoyo de mi grupo mediático (o de los dos, no me quedó muy claro si el hombre llegó a comprender que en realidad el grupo que me paga un sueldo y el que me paga derechos de autor son competidores, por muchos derechos de publicidad que compartan), yo había recibido un apoyo bastante considerable de una editorial pequeña pero muy prestigiosa. No llegué a enterarme de qué editorial pequeña pero prestigiosa era, y la verdad es que cuanto más miro en mi currículum menos claro lo tengo. Y cerraba su argumentación con un ominoso “son cosas de amistad entre familias” seguido de un más mafioso todavía, o quizá salido de la boca de cierto vendedor de salchichas-en-panecillo de Ankh-Morpork, “no digo más que me juego el pan de mis hijos”.

Por esa misma época leí, referidos a mi persona, comentarios bastante hirientes en los que se aseguraba que en España el talento es secundario y sólo cuenta el mecenazgo, al que se describía con frases del calibre de “por llamar de una forma educada a esta forma barata de prostitución”, y otros bastante condescendientes en los que se aludía a mi libro como un ejercicio de marketing por parte de Ediciones B “en el que para vender habían puesto a una cara bonita a defender un libro” (gracias por el piropo, supongo, pero mis editores ni siquiera saben qué carita tengo porque nunca nos hemos visto). A raíz de aquello, desde luego, surgieron unos cuantos que decidieron boicotear “el libro de la enchufada esa” por el sencillo método de dejar caer en varios sitios que “aun sin haberlo leído puedo asegurar que no es ninguna maravilla”. Y bien, al menos tuvieron la decencia de decir que no lo habían leído antes de establecer su juicio de valor.

Eso fue sólo el principio. Desde entonces me he encontrado con bastantes muestras similares de juicio sin abogados y de establecimiento de “duda razonable” que de razonable tiene más bien poco. El tirar la piedra y esconder la mano. El voy a decir esto a ver si alguien se lo traga, y decir que mi publicación era consecuencia de un vuelta y vuelta que me había dado con tal o cual persona cuyo nombre yo ni había oído nombrar antes, o que lo mío había sido más bien una cuestión de convencimiento “oral”, y achacarme una maldad detrás de otra basándose en la premisa indiscutible de que yo había publicado con una editorial grande, de modo que no había duda de que ahí detrás había algo turbio. Ya no sólo en Internet: para mi fortuna, en estos meses he conocido a mucha gente, y algunos de ellos me han demostrado, al menos por el momento, que son personas lo suficientemente sensatas como para preguntar antes de acusar. No sería la primera vez, ni la segunda, ni la tercera, ni la décima que una de esas personas me da un toque al teléfono para preguntarme directamente “qué hay de cierto en esto que va diciendo de ti (inserte nombre aquí), que me ha llamado para comentarme que…”. Ante esas llamadas, mi respuesta siempre ha sido la misma: primero la incredulidad, después la estupefacción, más tarde un no saber si decidirme entre la carcajada, el cabreo o un jocoso término medio entre ambos.

Y posteriormente, después de esos breves y fallidos (por falta de prueba alguna, supongo) intentos de desacreditación, me he encontrado con… silencio administrativo. He pasado de ser el coco a no existir. Yo no sé muy bien de qué y a quién puede servir esa táctica, porque creo que al avestruz tampoco le sirve de nada, pero cada cual es muy digno de hacer lo que le venga en gana. Eso sí, sin faltar: que una se ha cansado, y que una empieza a estar un poquito hasta los cojones de oír a la gente decir que “sabe de buena fuente” y que “tiene pruebas de” que soy familia de medio mundo editorial español, que me he beneficiado al otro medio (o al mismo, no lo tengo claro), que he trepado mi camino a la publicación “de rodillas” (no sé si delante de un medio mundo o del otro medio; quizá alguien podría aclarármelo), o que mi familia es algo así como la Mafia Calabresa y un buen día envió varias cabezas de caballo a determinadas personalidades del mundillo mediático/editorial (¿Andaría yo por ahí cuando esas personalidades encontraron las cabezas de caballo en sus camas?, me pregunto).

Sin faltar, repito. Que yo no le he faltado al respeto a nadie, y no tengo por qué seguir soportando que me lo falten a mí. Que no tengo por qué aguantar que se haga caso omiso de lo que todo el que me conozca un poquito o se moleste en informarse ya debe saber: que no tengo enchufe de ninguna clase y nunca lo he tenido. Que entré en la Cadena SER porque necesitaban a una redactora que conociera Mérida para sustituir una baja, y allí me quedé; que Prisa tiene con Ediciones B tanto en común como Planeta con Godó, y los jefazos tanto de una como de otra ni conocen mi nombre ni falta que les hace; que mi familia es de lo más normal, ni muy rica ni muy pobre, ni muy grande ni muy pequeña, ni muy guapa ni muy fea; que mis contactos con el mundo editorial se limitan a la amistad que mis padres mantienen con unos editores de libros jurídicos (poco que ver con la novela, mucho menos con la fantasía y absolutamente nada con Ediciones B, como podréis comprobar si os molestáis en intentarlo); y que todas esas otras habladurías erótico-festivas no se las cree nadie que tenga una mínima noción de lo que es de verdad mi vida privada.

Y que en realidad sólo soy eso: una periodista de una emisora local que un buen día escribió un libro y decidió mandarlo a una editorial, y tuvo la inmensa suerte de que a la editorial le gustó. Nada más. ¿Qué tiene eso de malo? ¿Qué he hecho, para que gente de la que en mi vida había oído hablar vaya por ahí propagando rumores y supuestas certezas acerca de mi vida profesional, familiar e íntima?

Yo estoy cansada de callarme. Pero también es cierta una cosa: si alguien se creyó todos los rumores, puede elegir creerme a mí o no hacerlo. Como con la Atlántida, es difícil demostrar que algo no existe cuando no hay pruebas de su existencia. Y a la hora de demostrar que es cierto que no he contado con ninguna ayuda para publicar, yo sólo tengo para defenderme lo que escribo: mis novelas y mis relatos. Nada más. Y nada menos.

domingo, 20 de marzo de 2011

La sonrisa de Martin

A veces hay cosas que te hacen ilusión. Tonterías, quizá, o detalles ínfimos que, sin embargo, logran arrancarte una sonrisa cuando tu cara te decía que, en realidad, no tocaba.

Pues hoy sí tocaba. Y la sonrisa me la ha arrancado un sentimiento de nostalgia, pero de la buena: de la que no te hace ponerte triste por algo que pasó, sino de la que te hace sonreír por algo que fue bueno. Y puede pareceros una tontería, pero a mí esto http://grrm.livejournal.com/203393.html me ha arrancado una sonrisa.

¿Por qué? Pues porque recuerdo esos días que pasamos con el señor Martin como una de las experiencias más divertidas, interesantes, eufóricas y magníficas de mi vida. Recuerdo aquel verano en el que yo acababa de terminar de escribir el primer borrador de Mellizo y, con toda mi ilusión de escritora aún no nacida, me planté en Madrid para compartir, oh maravilla, una cena con el señor Martin y su (ahora) esposa. Recuerdo el día siguiente a esa cena (en la que además tuve la suerte de sentarme justo al lado de ellos dos, qué dos personas más agradables, qué simpáticos y qué divertidos son, por cierto), cuando madrugamos para coger el coche y subirnos a Gijón a pasar cinco días. Recuerdo los paseos de Asshai (con las camisetas de "Martin is coming"), recuerdo las sesiones de firmas, las conversaciones con Parris, las mesas redondas de Martin y Bakker... recuerdo cómo nos íbamos encontrando al señor Martin allá por donde fuésemos. Recuerdo cómo nos saludaba efusivamente, como si en vez de ser un grupo de fans de su saga un poco chalados fuésemos amigos de toda la vida. Recuerdo cuando le regalamos la espada (oh, la espada que le robaron, qué pena más grande =( con lo bonita que era). Y, por supuesto, recuerdo la Espicha a la que hace referencia, recuerdo a Parris diciéndome que estaba preciosa con mi vestidito azul y mi capa dorada (seh, aunque algunos dijeran que parecía la Virgen, mamones jajaja), y recuerdo cuando le dije a Martin aquella frase que hizo que algunos se llevasen las manos a la cabeza pensando que le había matado de la impresión: "I'm Lyanna, I'm pregnant... Yes, I always wanted to have Jon Snow inside me". (No, no me matéis: no es un spoiler ni le acabo de destrozar la saga a nadie. Los que la hayáis leído probablemente sabréis a qué me refería). Recuerdo, días después, cómo fui a Sevilla a otra firma de libros de Martin y no sólo me reconoció, sino que me exigió la sangría que le había prometido semanas antes a cambio de decirme la paternidad y maternidad de Jon Nieve (no, no me torturéis: no llegó a confesarlo jamás. Sgrunt). Recuerdo, recuerdo, recuerdo. Y saber que ellos también lo recuerdan ha sido una sensación... bonita =)

Es una tontería, lo sé. Es una chorrada. Pero a veces hay momentos en los que una tontería y una chorrada te hacen sonreír. Y últimamente sonreímos tan poco, que una sonrisa es casi casi como un tesoro.

jueves, 10 de marzo de 2011

Algunas consideraciones dicigóticas o bivitelinas

O, lo que viene a ser lo mismo, una vez he cerrado definitivamente la última corrección de Mellizo ya puedo daros algunos datos más acerca de la novela que ojalá podáis tener bien prontito entre las zarpas =) Por aquello de abrir boca, que se suele decir.


Para empezar, deciros que Mellizo es una novela independiente y autoconclusiva. Tiene una historia que empieza y termina, y se cierra con esta novela, y el lector que le eche mano no se quedará sin saber el desenlace del conflicto central que se plantea. Pero que nadie se lleve las manos a la cabeza: Mellizo es también la primera novela de una saga que tiene como precuela a La Elegida de la Muerte (Öiyya). La historia fundamental comienza con ésta, y por eso la epopeya de Issi y Keyen no entraría dentro de la saga en sí pese a que está ambientada en el mismo continente y a que algunos de los personajes que aparecen en ella volverán en el transcurso de los seis volúmenes (no os asustéis: dos de ellos están ya escritos, y otros dos están en proceso).

En cuanto a los numeros, Mellizo tiene 204.818 palabritas de nada, contando con los apéndices (entre los que os gustará saber que hay un "Dramatis personae", para los que lo pidieron al leer su precuela; también hay un preciosísimo árbol genealógico que espero que os sea de utilidad para entender ciertas relaciones y reacciones, y un calendario de Ridia). Los dos mapas no cuentan como palabras, jejeje. Como ya he comentado antes, esas taitantasmil palabras serían aproximadamente unas 740, dependiendo por supuesto del formato en que se publicase. Está estructurada en tres partes, y dividida en capítulos que pueden considerarse más bien escenas, como ya ocurrió con La Elegida de la Muerte (Öiyya), encabezadas por una indicación del lugar, la fecha, y una "cita literaria" relacionada con el contenido del capitulito-escena (sí, están relacionadas, aunque algunas de esas relaciones puedan no verse a simple vista; reconozco que a la hora de escribir esas supuestas citas me desmeleno bastante, jajajaja). En total, 116 capítulos, un prólogo y un epílogo.

¿Y qué más? Bueno, no os voy a adelantar nada, salvo que aparecen escenarios que no salieron en Öiyya y muchos, muchísimos personajes nuevos que espero que os caigan tan bien y tan mal como a mí. Sólo deciros una cosita: creo que nunca en la vida he disfrutado tanto como cuando escribí esta novela. Ahí queda eso =)

jueves, 3 de marzo de 2011

Yatta!

No sé quién botará más, si el propio George R.R. Martin o los miles de personas que llevamos seis años esperando esta noticia, pero el caso es que de repente el mundo del fantástico internacional se ha puesto a hacer exactamente esto:




Y es de prever que siga "yatteando" hasta el próximo 12 de julio, que es cuando, según ha anunciado el propio Martin, sale a la venta la quinta entrega de su Canción de Hielo y Fuego, "A dance with dragons". No sé a vosotros, pero a mí la noticia me ha hecho poner cara de alegría estúpida y todavía no se me ha quitado =)

miércoles, 2 de marzo de 2011

Satisfacción

Pues sí, estoy satisfecha. Quizá no han sido un millonaco ni dos, pero teniendo en cuenta todo lo que hay que tener en cuenta, me parece que se puede decir "éxito" sin necesidad de poner la boca chica.

Estoy hablando de ejemplares vendidos. Hoy he conocido la liquidación de los seis primeros meses de venta de La Elegida de la Muerte (Öiyya), las ventas en España y en México (en los demás países salió a la venta en enero, de modo que entrarán en la liquidación de 2011), y la cifra total de ejemplares vendidos es de 3.655 (y otros 142 que no se han vendido pero sí se han leído: ejemplares de cortesía, ejemplares enviados para reseñar, etc). Y hoy también he sabido que la tirada inicial de La Elegida de la Muerte (Öiyya) en España, México, Colombia, Chile y Miami fue de 10.000 ejemplares.

No, no son cifras de best-seller. Con eso no me he hecho rica; ni siquiera me da para vivir unos meses (aunque sale a unos mil euros al mes... un sueldito, si se pudiera contar con mantener ese nivel de ventas hasta el infinito y más allá xD). Pero los que conozcáis el mercado del fantástico en países hispanoparlantes sabréis que ese número de ejemplares vendidos, en una primera novela de una escritora novel a la que no conocía nadie y lanzada a las librerías sin más promoción que la que ella pobremente pudo proporcionarse, es un éxito con todas las letras. Incluso en mayúsculas: ÉXITO.

Éxito, sí. Me decía un amigo que eso equivale a más de 20 ejemplares vendidos al día. Uaaah, he pensado yo al hacer el cálculo. Y más teniendo en cuenta que esta novela se sigue vendiendo hoy en día, en España, en México, en Colombia, en Chile, en Miami. Que sigue habiendo mucha gente que la busca, que la quiere y que la compra. Que hay muchas, muchísimas personas satisfechas con esa novela, tanto que piden la siguiente con antorchas encendidas y horcas y palos y gritos ultrajados. Que incluso hay un foro creado por fans para esa novela, www.oiyya.com, y que después de 8 meses el foro sigue en pie, sigue funcionando y sigue habiendo movimiento. Que hay fantrailers repartidos por todo youtube. Que no hay ni una crítica negativa de la novela, y que de hecho algunos críticos han llegado a equipararla en calidad e interés con grandes obras del género como Canción de Hielo y Fuego, Tigana, Geralt de Rivia o Príncipe de Nada.

¿Que no he vendido un millón de ejemplares? No. Pero con todos esos datos, creo que cualquiera en mi lugar también esbozaría una amplia sonrisa y diría: "Caray..." Y por cierto, ese caray os lo debo a todos vosotros, esos 3.655 que habéis destinado una parte de vuestro dinero a mi libro. Algunos os habéis puesto en contacto conmigo, otros habéis hablado de él en foros, en blogs, en webs, otros incluso os habéis tomado el trabajo de escribir una reseña o incluso hacer un trailer basado en el libro. Es imposible conocer a todo el mundo, pero sí puedo asegurar una cosa: cada vez que leo o escucho que alguien ha leído La Elegida de la Muerte (Öiyya) y le ha hecho pasar un buen rato me reafirmo más en mi decisión: tengo que seguir escribiendo, y tengo que escribir cada día mejor. Porque os aseguro que eso, ese momento de "me ha encantado este libro" dicho por alguien que no sabe de mí más que el nombre que hay en la portada, es lo más impresionante que he sentido jamás.