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domingo, 28 de noviembre de 2010

Malentendidos

Hoy he pasado un día bastante patético. Bueno, tanto es así que son las seis de la mañana y todavía no he sido capaz de conciliar el sueño, de los mismos nervios nerviosos. Al final tendré que darme una colleja de las buenas a ver si pierdo el sentido, o meterme una tila en vena para calmarme y dormir un ratito y olvidarme de que, cuando me dejo llevar por este estado depresivo-obsesivo contra el que llevo semanas peleándome, puedo llegar a ser una idiota integral.

¿Que por qué me afectan tanto las cosas? Bueno, supongo que llevar dos meses con el mismo estado anímico que una braga de esparto no ayuda, y tampoco el hecho de que, pese a que casi el 100% del tiempo soy yo misma, de vez en cuando me sobrevengan estos (afortunadamente breves) estados de estupidez integral durante los cuales me convierto en una niña asustada que sólo quiere meterse debajo de la cama y echarse a llorar hasta que se le caigan los ojos.

Tampoco voy a ser tan idiota de pensar que el motivo de mi sábado horribilis ha sido únicamente esa tontería. No, porque estoy más blandita con toda esta chorrada del quítame-aquí-estos-ataques-de-estrés, y todo me afecta el triple, y lo que en un momento normal habría sido una mera excusa para echarme unas risas a mi costa se ha convertido por sí solo en un planeta del tamaño de un Júpiter hiperdesarrollado simplemente porque mi mente se niega a que ese 100% sea realmente un 100%. Dejémoslo en un 90%, si acaso, ¿de acuerdo? Teniendo en cuenta que hace un mes era un 20%, tampoco vamos mal de ritmo. Pero me sigue fastidiando encontrarme de repente, así, sin avisar, con que la persona habitualmente risueña que creo ser está abrazada a la almohada como si tuviera miedo de soltarla y caerse de la cama, que está muy alta. O que esa canción que me he puesto para animarme sólo ha conseguido hacerme llorar con más ganas. O que tenga que ser mi gato el que me advierta a maullidos de que le estoy abrazando demasiado fuerte y tengo demasiada fuerza para su cuerpecillo. O que en realidad sí hay gente ahí al lado que se deja abrazar y no se queja a maullidos, solo que yo soy demasiado idiota, o demasiado orgullosa, o tengo demasiado miedo a que me lo nieguen como para pedirles ese abrazo cuando lo necesito.

Y quizá es precisamente de eso de lo que va todo esto. Miedo. A no llegar a secarme los ojos jamás, a espachurrar a mi gato por no atreverme a abrazar a nadie más, a pedir un abrazo y no recibirlo, a no pedirlo y encontrarme con que sólo me queda, como siempre, la almohada.

Al menos las almohadas ni te rechazan ni maúllan...

4 comentarios:

  1. A veces no es malo decirle a alguien que te importa que no estas bien...El orgullo o el miedo no te suelen conducir a finales agradables...Busca tu consuelo en la gente que te quiere. Un abrazo, anímate!
    Y por dios no achuches tanto al gato, que lo vas a aplastar jajaja.

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  2. muchos animos¡¡¡a veces es mejor gritar¡¡¡¡¡grita¡¡¡pega un grito¡¡y te quedaras sin nada dentro;)

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  3. oyoyoyoyo....esovaserunafobiaaguditisquenoveas maja! pues a pesar de que te demos consejos gratuitos...yaséyasé...que tu no los has "pidido", eres tú solita la que te tienes que rescatar de las garras de "miedititis"...y esa sólo crece en tu imaginación, te lo juro, creéme. La llorera sirve para deshollinarte y eso no es malo. Animo, campeona y aprende la lección que yo me cuento: Si otros pueden...yo también. Muacs

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  4. Por lo menos tu gato se deja abrazar porque el mío ni para eso se deja. Algún día podríamos hacer terapia juntas, eso sí con el paquete de clinex a mano, uno para ti y otro para mí.

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