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domingo, 11 de julio de 2010

Mejor no lo vamos a tener

Bueno, pues llegó el día D. ¿Cuántos años hemos esperado los que ya no somos adolescentes para poder ver a España en la final de un Mundial, con todo de cara para ganar, por fin, el cacho de oro que llaman "Copa de la FIFA"? No es que yo recuerde aquellos fracasos de los 60, 70 e incluso 80, que era muy pequeñita, pero tengo grabado en la mente cierto partido en EEUU allá por el año 94 en el que Luis Enrique acabó sangrando y llorando y moqueando y expulsando todo tipo de fluidos por la cara (seguro que Piqué ha tenido la misma imagen en algún momento del último mes) en representación de una llorosa, moqueante y sangrante España que se despedía, una vez más, del Mundial (ay, Tassoti, si te pillo). Aquel partido lo vi con mi padre en Tarancueña cuando todavía ver la tele en Tarancueña era algo así como ciencia-ficción; también recuerdo aquella mañana de 2002, en casa de mi hermana, con ella y con mi prima Elena (que por cierto hoy tendrá el corazón dividido, o tal vez eso de que ya no se lleve cambiar de apellido al casarse hoy juegue en su favor al seguir conservando apellido español). Recuerdo aquella mañana, decía, en la que Fernando Hierro se retiró del fútbol y España apagó la televisión con la sensación de que nos habían estafado. Al país entero. Sí, los Coreanos dirán lo que quieran, pero aquello todavía sigue escociendo.

Hoy la cosa pinta muy distinta. Durante los últimos mundiales los españoles teníamos la sensación de no saber muy bien qué estábamos haciendo allí, algo así como si no tuviéramos derecho a intentarlo siquiera. Y en gran medida, cada vez que nos volvíamos a casa con el rabo entre las piernas (y bueno, podría ser peor, podríamos haber vuelto sin él), nos dábamos la razón a nosotros mismos: o no les interesa que ganemos y nos echan, o es que no nos lo creemos y no nos lo merecemos, o que les zurcen, que tenemos la mejor liga del mundo y blabla quién necesita un mundial. Íbamos de perdedores, y perdedores volvíamos, y siempre con la sensación de haber podido y no haberlo hecho, de ser un quiero y no puedo, de apuntar y no acertar, una sensación que dolía casi más que si hubiéramos sido un equipo de patio de colegio: al menos, si hubiéramos sido malos... Pero no lo éramos, y aun así, los resultados decían lo contrario.
Hoy, decía, la cosa pinta muy distinta. Y no sólo porque el puñetero pulpo y todo un elenco de animalitos Disney en cooperativa hayan dicho que España va a ganar el mundial (por ahora he contado una langosta, dos centollos, un caracol, un cocodrilo, un oso panda y un loro o similar, pero seguro que se me escapa la rana cantando debajo del agua; deberían bajarles el sueldo a todos los augures deportivos, si ahora los bichines saben más que ellos. O poner a Bambi de Seleccionador Nacional, o a Tod y Toby de preparadores físicos, o a Sebastián de ideólogo y recogepelotas, dos en uno), no sólo por eso, decía, sino y sobre todo porque esta vez sentimos que podemos hacerlo. Donde antes era un "bueeeno, somos buenos, ¿no? Jugamos bien individualmente, nuestros niños juegan en la mejor liga del mundo, blablabla", ahora es un "España mola y punto". Y como molamos, pues podemos.

¿Que podemos perder? Leñe, pues claro. Holanda no es precisamente mala, un partido es un partido y puede salirte mal, no hay rival pequeño, el fútbol son once contra once, te meten un gol y te hacen tol lío, la abuela fuma, el fútbol es así y todas esas frases hechas que todos conocemos; sin embargo, esta vez no vamos de "los pobrecitos ésos que van a ver si acaso suena la flauta", no, qué va. Esta vez vamos a jugar, y a ganar, y si se pierde mala suerte, pero al menos perderemos como campeones. Porque eso es lo que somos, y ahora es cuando nos lo creemos, y sólo el hecho de creérnoslo ya ha hecho que podamos.

Que el fútbol de España ha cambiado muchísimo desde hace tres mundiales es evidente. Donde antes era un "atrás y patapúm y parriba y que la pille Salinas" (con todo mi respeto por Julio Salinas, que nos ha dado también grandes alegrías a los aficionados de España y del Barça), ahora es un "juega, juega, juega, juega, mira qué bonito lo hago". Y ES bonito, eso es innegable. Nos falta librarnos un poquito del "uuuy, casi", pero que es bonito, lo es. Que jugamos de lujo, jugamos. Que podemos, podemos. Y que hoy vamos a jugar, por fin, una final de un Mundial, y por mérito propio, y porque nos lo merecemos, y porque ya era hora, y porque somos la Selección que más bonito y más mejor juega, pues también. Así que fuera complejos, fuera tonterías, fuera "si es que ya lo sabía yo", fuera "no hay manera", fuera todo y dentro España, que juega, que juega bien, que juega bonito, y que hoy, gane o pierda, va a hacernos disfrutar de un momento que vamos a recordar toda la vida.

1 comentario:

  1. La final de hoy será diferente a la de otros mundiales, ¿por qué?, porque será sumamente colorida, Naranja y Roja, además que se enfrentan dos selecciones que han estado jugando muy bien, esperemos que la efectividad Holandesa no cree desequilibrio en el galanteo Español.

    Después de todo, con o sin pulpos o demás animalitos, el emblema holandés Johan Cruyff apuesta por la Roja.

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