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sábado, 2 de mayo de 2009

Divinamente

¿Y qué voy a decir...? Pues que muchas, muchísimas gracias a todos... por aguantarme los 15 días que duró la fase final del concurso, por aguantarme aquellos dos días de incertidumbre cuando se anularon las votaciones, por aguantarme cuando supe, por fin, que sí, que sí había ganado el premio, que sí... ¡Que sí!

Recibir el premio del jurado ha sido increíble. Pero... pero tal vez no haya sido eso lo más importante. Lo más importante ha sido saber la cantidad de gente que está ahí para darme una palmadita cuando más lo necesito, o una colleja cuando me la merezco... Para darme un abrazo cuando las cosas se tuercen, y para echarse unas cañas conmigo cuando las cosas salen bien. Así que... gracias, gracias, gracias. Y muchas cañas!!
Gracias.

Aquí os lo dejo, por si no lo habéis leído... Besotes gordos, cañas, fuerza y honor!!


(I Premio de relatos cortos El Espejo Maldito)
Divinidad

Ishual bajó la mano lentamente, con la palma hacia el suelo, y sonrió cuando el sol rojizo siguió su movimiento y se hundió entre las montañas. El cielo en llamas se fue oscureciendo paulatinamente, del naranja al violeta, del violeta al morado, hasta adquirir el tono negro intenso de la noche. Una a una fueron apareciendo las estrellas.
El cántico se elevó hacia ellas y las hizo parpadear de asombro; un sonido monocorde, grave, emitido por un millón de gargantas cantando por él, alzando al cielo sus voces en homenaje a su rey. Su sonrisa se ensanchó. Todos los días sentía lo mismo: la tensión al clavar los ojos en la bola encarnada, el alivio al ver que, una vez más, obedecía sus órdenes, la euforia empapando su cuerpo ante el sonido del himno de alabanza.
Todos los días sentía lo mismo; pero aquel día, como todos, fue como si lo sintiera por primera vez.
Las estrellas lo miraron y se inclinaron ante él. Y después fueron ellos, sus súbditos, los que se arrodillaron sobre los adoquines de la plaza sin dejar de cantar. Ishual estuvo a punto de gritar de alegría.
Como hacer que los árboles que flanqueaban la amplia avenida floreciesen, su intenso aroma, dulce y picante al mismo tiempo, llenando la noche e impregnando sus ropas y sus cabellos. También eso le hacía sentir escalofríos, también cuando las yemas se convertían en ramas sentía el irrefrenable impulso de cantar de gozo. Siempre, día a día, como la primera vez. Desde siempre.
Poder.
—Oh, Ishual, Dios Encarnado, que vinisteis a nosotros para premiar nuestra fe...
La voz del Sumo Sacerdote entonando la Invocación de la Noche reverberó en el aire cálido de la plaza, en el súbito silencio de los miles de fieles que se congregaban a los pies de su rey. Se levantó una suave brisa que agitó las hojas de los árboles, las livianas ropas de los miles y miles de hombres arrodillados, los cabellos largos y finos de Ishual.
—...y moráis con Vuestro pueblo, y nos bendecís en nombre de Fortha, de Laima, de Havelya...
Un repentino escalofrío trepó por su espalda. La agradable brisa azotó su rostro con el helor del viento invernal. Se estremeció y abrió mucho los ojos, sin comprender de dónde provenía esa sensación tan parecida al... temor.
La voz altisonante siguió enumerando solemnemente el nombre de las deidades que compartían el panteón con él. Ellos.
—No.
El sacerdote se interrumpió bruscamente. Su voz se quebró sobre la superficie adoquinada de la plaza, rebotando entre los cuerpos arrodillados. Se volvió, alarmado, y bajó los párpados para impedir que sus ojos se clavasen en los ojos de Ishual.
—Siempre ha sido así, Divinidad.
—No —repitió. Logró controlar el temblor de su voz a duras penas. ¿Siempre ha sido así?, se preguntó. ¿Y por qué de pronto todo parece distinto...?
El Sumo Sacerdote no necesitó ninguna explicación para volver a girarse de cara a la multitud y alzar de nuevo los brazos. Sin embargo, el gesto, que siempre había sido de reverencia, más pareció una burla que una muestra de adoración.
—Oh, Ishual, Dios Encarnado, que vinisteis a nosotros para premiar nuestra fe, y moráis con
Vuestro pueblo, y nos bendecís en Vuestro Nombre...
—Mejor —trató de sonreír Ishual, inseguro, y desconcertado al no poder comprender el motivo.
El rostro del sacerdote no cambió de expresión. Impávido, reverente... mordaz.
—Siempre ha sido así, Divinidad —respondió en voz baja.
Siempre ha sido así, sí. Si había algo inamovible en el mundo eran las tradiciones del recóndito reino que adoraba a Ishual. Las palabras, los hechos, la fe, la devoción; si algo se hacía era porque siempre se había hecho así. ¿Y qué es lo que ha cambiado ahora...?
Haciendo caso omiso de su propia inquietud, agitó una mano y la brisa se calmó al instante. Un mechón de pelo cayó sobre su frente, libre de las manos juguetonas del viento; lo apartó con un gesto descuidado, y sus ojos se posaron en el rostro de uno de los sacerdotes menores que acompañaban al Sumo Sacerdote en todas las Invocaciones. El joven agachó la cabeza y apartó la vista de su dios.
El escalofrío volvió a clavar sus afiladas zarpas en su columna. ¿Me rechazas...?, pensó, súbitamente iracundo, furioso, incrédulo.
—Leo el miedo en tus ojos —susurró en un tono tan quedo que ni siquiera llegó a sus propios oídos. El joven acólito, sin embargo, lo oyó. Levantó el rostro y lo miró fijamente—. ¿Te atreves a mirarme? —inquirió Ishual, desconcertado y lleno de ira, mientras luchaba por ignorar el temblor que amenazaba con apoderarse de sus miembros. ¿Acaso has olvidado lo que es el respeto? Abrió mucho los ojos, atemorizado. ¿Es que tú también te burlas...?
La rabia se unió al recelo e hizo temblar el mundo. Ishual hizo un gesto brusco con la mano.
No fue su mano sino su ira la que empujó al sacerdote con tanta fuerza que éste se vio arrastrado por un viento invisible hasta el borde de la plataforma, donde se tambaleó un instante antes de caer hacia los brazos abiertos y los cuerpos arrodillados de la multitud.
La voz del Sumo Sacerdote no vaciló, y la Invocación de la Noche, la más larga de las Cinco Invocaciones, continuó resonando en la abarrotada plaza; sin embargo, Ishual notó el sutil cambio en el ambiente, los miles de respiraciones convirtiéndose en miles de jadeos entrecortados, la excitación, el ansia de violencia, de sangre. La rabia de los que despedazaban el cuerpo del joven sacerdote allí abajo; el asombro, la reverencia de los miles de ojos posados en Ishual.
La fe llegó a él como una oleada y agitó de nuevo sus cabellos, una brisa mucho más fuerte, ardiente, un mar húmedo y cálido que empapó su piel y se introdujo en su cuerpo, fluyendo en el interior de sus venas, lavando el terror y la incertidumbre; el poder que emanaba de sus súbditos arrodillados en ondas que convergían en el trono del Dios Encarnado. Cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y gimió.
Éxtasis.
Seguid creyendo, articuló en su mente, ignorando el ronroneo de la voz del Sumo Sacerdote. La sensación de la fe acariciando su alma fue tan placentera que tuvo que contenerse para no gritar. Seguid creyendo, ordenó, imploró en silencio, apretando los brazos del trono con las manos.
Eran los dioses los que hacían las reglas. Y él era uno de ellos. Si para ello tenía que matarlos a todos, uno a uno, lo haría. Creed.
Una risa burlona. Un susurro en su oído: ¿Pero son los dioses los que crean el mundo? ¿O el mundo el que crea a los dioses?
Alzó la vista y miró al Sumo Sacerdote sin comprender.
—¿Qué...?
El sacerdote se volvió al oír los murmullos de los fieles y fijó la vista en el suelo a los pies de Ishual. Hizo una reverencia tan pronunciada que barrió el suelo de mármol con la larga coleta de pelo liso.
—Sólo pronunciaba la Invocación, Divinidad.
—¿Invocación...?
Lejos de parecer sorprendido, el sacerdote se inclinó otra vez.
—Oh, Ishual, Dios Encarnado —entonó—, que vinisteis a nosotros para premiar nuestra fe...
El resto de la oración le resultó incomprensible. Ishual entornó los ojos, pensativo, mirando sin ver el rostro radiante del sacerdote. Vinisteis a nosotros... Nunca le había llamado la atención aquella frase en concreto. En esos momentos, sin embargo, le resultó perturbadora. Tan perturbadora como la mirada insolente del joven acólito cuya sangre empapaba la plaza.
—¿"Vine" a vosotros? —preguntó al fin sin poder contenerse, interrumpiendo la plegaria. El sacerdote lo miró, parpadeando, y bajó los brazos.
—Bajasteis a nosotros para recompensar nuestra fe, Divinidad. —Una nueva reverencia. Los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Bajé? —inquirió Ishual, inquieto—. ¿Qué quieres decir?
El sacerdote se inclinó de nuevo. —Premiasteis nuestra fe con vuestra presencia. Con vos, Divinidad.
—No —murmuró Ishual—. No. Siempre he estado aquí. Recuerdo... Lo recuerdo. Desde siempre.
El sacerdote asintió.
—Bajasteis a nosotros. Habéis estado aquí desde siempre.
Desde siempre. Siempre ha sido así. Pero hubo un tiempo en que no lo era, no lo era... Cerró los ojos, confuso. Hacer ascender el sol, la hierba creciendo a una orden mía... Mis fieles, mis súbditos, su fe. Tan dulce, tan apetitosa. Otorgándome poder.
Éxtasis.
¿Qué ha cambiado...?
Entonces, lo comprendió. Y la comprensión cayó sobre su cabeza como una losa, como todo un templo erigido en su honor. Abrió la boca, pero tuvo que hacer un enorme esfuerzo para encontrar su voz.
—Fueron ellos los que me crearon —murmuró, aterrado—. Fueron ellos los que creyeron en mí. Su fe me creó.
Y su fe está vacilando.
Se llevó las manos a los oídos, pero aun así podía oír las risas burlonas del dios en su mente. ¿Es el mundo el que crea a los dioses? Su propia risa. ¿A quién reza un dios cuando siente miedo?
—¿Y qué ocurrirá si dejan de creer...?