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miércoles, 29 de julio de 2009

Mejor sin título, o de cómo el destino me dejó sin inspiración titulera

Bueeeno, pues por petición popular :D actualizaré, aunque es cierto lo que dije, que la novela que estoy escribiendo me deja poquito tiempo para relatos... Pero bueno, cuelgo un pequeño ejercicio de escritura automática que perpetré anoche arropadita por unos (grandes) colegas que perpetraron otras cuantas maravillas. A los que ya lo hayáis leído, perdón; a los que no, lo siento ;)

Relatillo sin título (antes conocido como "Profecías")

—¿Tenías que hacerlo? —exclamó Sueño, contrariado. Su rostro habitualmente ceniciento se había vuelto de un interesante tono morado oscuro, como las remolachas—. ¿No te valía con obligarme a volverle loco del todo? ¿Además tenías que hacer que acabase convertido en una puta mancha en el suelo?

Destino miró en la dirección que Sueño le señalaba. Sus ojos negros como pozos sin fondo resbalaron sobre el montoncito de ceniza como si fuera un elemento más de la ya de por sí recargada decoración de la estancia; ni siquiera enarcó una ceja cuando se posaron sobre las dos sandalias todavía humeantes que asomaban apenas por debajo de la ceniza, sus tiras de cuero cuidadosamente aceitado cubiertas por una crocante capa de color gris parduzco. Sin inmutarse, Destino volvió la cabeza hacia Sueño.

—Yo no he sido. —Se encogió de hombros—. Ya te lo dije: la profecía hablaba del ascenso del Imperio y la conquista de todo el mundo conocido a manos del rey coronado por el profeta. No decía nada de la muerte del profeta, ni de...

—Todo era una puta mentira —susurró Sueño, furioso—. Admítelo, hombre. Me diste la profecía para que se la metiera en la cabeza aquella noche en la que estaba tan borracho que el tío no sabía ni cómo coño se llamaba. Pero no era auténtica, ¿verdad...? Esta vez era un juego. O te faltó darme la segunda mitad, o...

Destino se encrespó. Por primera vez que Sueño pudiera recordar, la figura alta e imponente parecía emanar una sensación de furia muy poco acorde con su habitual flemático.

—Ya te lo dije, chaval: yo no miento.

—No le da el cerebro. —Ambos se volvieron a la vez para mirar a la mujer que había hablado. Recostada sobre una pequeña montaña de cojines forrados en seda, había adoptado una postura que remarcaba a la perfección todos los detalles de la curva de su cadera, visible bajo la capa de gasa de color melocotón y las ondas que su pelo brillante hacía al cubrir parte de su brazo y su espalda. Ella pestañeó, coqueta—. No miente porque no da tanto de sí, pobrecito mío.

Sueño notó cómo el cuerpo de Destino se ponía en tensión al mirarla. Por un instante pensó que era de deseo; al instante siguiente, cuando vio sus puños apretados y el músculo que vibraba en su mandíbula, cambió de idea. Mentalmente tachó "sexo" y escribió "cabreo".

—¿No crees que ya has hecho demasiado? —dijo Destino en voz baja, tratando de disimular la rabia que sentía y fracasando estrepitosamente. Ella se echó a reír alegremente; su risa burbujeaba como un arroyo travieso que bajase por la ladera de una montaña pese a la prohibición explícita de mamá fuente de ir más allá de la entrada de su cueva.

—Oh, cariño —dijo ella, estirándose con un movimiento felino que hizo tragar saliva a Sueño y apresurarse a ponerse las manos sobre el regazo—. Si no he hecho nada más que empezar...

—Deja de meterte en mis asuntos —siseó Destino.

—Me meteré en lo que me dé la gana —replicó ella, dirigiéndole una lánguida mirada que, sin embargo, estaba preñada de peligro. Destino apretó los dientes.

Entonces, Sueño lo comprendió. Abrió la boca, la cerró, la miró a ella, lo miró a él, y al cabo de un instante soltó un bufido impaciente.

—Me cago en... ¡Destino! —aulló, tan enojado como para saltar sobre él y decidirse de una vez por todas a darle de hostias, pero no tanto como para apartar las manos de su regazo y demostrar en todo su esplendor lo muchísimo que la presencia de ella le afectaba—. ¡Joder! —exclamó, concentrándose en su propia exasperación y pugnando por dejar de lado todo lo demás—. ¡La próxima vez que...! ¡La próxima vez que tengas una bronca con tu parienta, haz el puto favor de pegarte con ella, o tirártela, o las dos cosas! ¡Pero no la dejes suelta, coño! ¡Que ya sabes lo bruta que puede llegar a ser!

—Me lo tomaré como un cumplido, Sueño —sonrió ella. Destino entrecerró los ojos.

—Mis asuntos con mi esposa no son cosa tuya —masculló.

—Lo son, si le da por joderme —contestó él. Al instante, notó cómo su rostro se sonrojaba violentamente—. Es decir... No quería... Yo...

—Lo hemos entendido, Sueño —dijo ella con voz suave, risueña.

Sueño volvió a tragar saliva y se aseguró de que sus manos seguían estratégicamente colocadas sobre su entrepierna.

—Lo que quería decir —murmuró—, es que... Joder, Destino —retomó el hilo, cuidando de que su voz dejase entrever la exasperación que sentía y ninguno otro de sus sentimientos—, si te cabreas con ella sabes lo que pasa... Tu esposa no es de las que prefieren no interferir…

—No —admitió Destino—. De hecho, a mi esposa no hay nada que le guste más que interferir.

—Venga ya —rió ella, incorporándose y apoyando el rostro sobre la mano, el codo sobre uno de los blandos cojines de seda—. Sin mí, vuestra vida sería un auténtico aburrimiento. Y lo sabéis de sobra. ¿Qué emoción puede haber? Mi esposo canta un poema, fatal, por cierto —sonrió—, y tú se lo envías en sueños a cualquiera que en ese momento esté sintonizado con nosotros. Y el pobre hombre, o la pobre mujer, se parte los cuernos para cumplir al pie de la letra todas y cada una de las palabras de la cancioncita de mi querido esposo. Si al menos rimasen... —Se encogió de hombros.

—Es el destino —gruñó Destino—. Está escr...

—Cariño, todos sabemos que la mayoría de esas canciones se te ocurren en la ducha —rió ella—. Si al menos fueras un poquito original... Pero no: todas hacen referencia a lo mismo. El fin del mundo, el ascenso del mal, la caída de los cielos... Y total, para que luego todo sea una metáfora mal interpretada. Qué aburrimiento.

—Al menos, yo les doy un sentido a sus vidas.

—Oh —replicó ella—, pero yo les doy algo mejor. Les doy sorpresa. ¿Y qué sería de la vida de los hombres sin la sorpresa...?

—La vida de éste habría sido más larga, para empezar —intervino Sueño—. El rayo que hiciste que le cayera encima...

—Ah, pero ahora al menos ya no se preocupa por si cumple o no las palabras de la canción de mi esposo, ¿no? —comentó ella.

Destino volvió a gruñir algo ininteligible. Sueño sacudió la cabeza con tristeza y se sentó en el suelo, desalentado. Y ella, Azar, volvió a recostarse sobre los almohadones, cogió una cereza y se la llevó a la boca con un ademán perezoso, ignorando el montoncito de ceniza que había sido, hasta unas horas antes, el Segundo Profeta.

sábado, 2 de mayo de 2009

Divinamente

¿Y qué voy a decir...? Pues que muchas, muchísimas gracias a todos... por aguantarme los 15 días que duró la fase final del concurso, por aguantarme aquellos dos días de incertidumbre cuando se anularon las votaciones, por aguantarme cuando supe, por fin, que sí, que sí había ganado el premio, que sí... ¡Que sí!

Recibir el premio del jurado ha sido increíble. Pero... pero tal vez no haya sido eso lo más importante. Lo más importante ha sido saber la cantidad de gente que está ahí para darme una palmadita cuando más lo necesito, o una colleja cuando me la merezco... Para darme un abrazo cuando las cosas se tuercen, y para echarse unas cañas conmigo cuando las cosas salen bien. Así que... gracias, gracias, gracias. Y muchas cañas!!
Gracias.

Aquí os lo dejo, por si no lo habéis leído... Besotes gordos, cañas, fuerza y honor!!


(I Premio de relatos cortos El Espejo Maldito)
Divinidad

Ishual bajó la mano lentamente, con la palma hacia el suelo, y sonrió cuando el sol rojizo siguió su movimiento y se hundió entre las montañas. El cielo en llamas se fue oscureciendo paulatinamente, del naranja al violeta, del violeta al morado, hasta adquirir el tono negro intenso de la noche. Una a una fueron apareciendo las estrellas.
El cántico se elevó hacia ellas y las hizo parpadear de asombro; un sonido monocorde, grave, emitido por un millón de gargantas cantando por él, alzando al cielo sus voces en homenaje a su rey. Su sonrisa se ensanchó. Todos los días sentía lo mismo: la tensión al clavar los ojos en la bola encarnada, el alivio al ver que, una vez más, obedecía sus órdenes, la euforia empapando su cuerpo ante el sonido del himno de alabanza.
Todos los días sentía lo mismo; pero aquel día, como todos, fue como si lo sintiera por primera vez.
Las estrellas lo miraron y se inclinaron ante él. Y después fueron ellos, sus súbditos, los que se arrodillaron sobre los adoquines de la plaza sin dejar de cantar. Ishual estuvo a punto de gritar de alegría.
Como hacer que los árboles que flanqueaban la amplia avenida floreciesen, su intenso aroma, dulce y picante al mismo tiempo, llenando la noche e impregnando sus ropas y sus cabellos. También eso le hacía sentir escalofríos, también cuando las yemas se convertían en ramas sentía el irrefrenable impulso de cantar de gozo. Siempre, día a día, como la primera vez. Desde siempre.
Poder.
—Oh, Ishual, Dios Encarnado, que vinisteis a nosotros para premiar nuestra fe...
La voz del Sumo Sacerdote entonando la Invocación de la Noche reverberó en el aire cálido de la plaza, en el súbito silencio de los miles de fieles que se congregaban a los pies de su rey. Se levantó una suave brisa que agitó las hojas de los árboles, las livianas ropas de los miles y miles de hombres arrodillados, los cabellos largos y finos de Ishual.
—...y moráis con Vuestro pueblo, y nos bendecís en nombre de Fortha, de Laima, de Havelya...
Un repentino escalofrío trepó por su espalda. La agradable brisa azotó su rostro con el helor del viento invernal. Se estremeció y abrió mucho los ojos, sin comprender de dónde provenía esa sensación tan parecida al... temor.
La voz altisonante siguió enumerando solemnemente el nombre de las deidades que compartían el panteón con él. Ellos.
—No.
El sacerdote se interrumpió bruscamente. Su voz se quebró sobre la superficie adoquinada de la plaza, rebotando entre los cuerpos arrodillados. Se volvió, alarmado, y bajó los párpados para impedir que sus ojos se clavasen en los ojos de Ishual.
—Siempre ha sido así, Divinidad.
—No —repitió. Logró controlar el temblor de su voz a duras penas. ¿Siempre ha sido así?, se preguntó. ¿Y por qué de pronto todo parece distinto...?
El Sumo Sacerdote no necesitó ninguna explicación para volver a girarse de cara a la multitud y alzar de nuevo los brazos. Sin embargo, el gesto, que siempre había sido de reverencia, más pareció una burla que una muestra de adoración.
—Oh, Ishual, Dios Encarnado, que vinisteis a nosotros para premiar nuestra fe, y moráis con
Vuestro pueblo, y nos bendecís en Vuestro Nombre...
—Mejor —trató de sonreír Ishual, inseguro, y desconcertado al no poder comprender el motivo.
El rostro del sacerdote no cambió de expresión. Impávido, reverente... mordaz.
—Siempre ha sido así, Divinidad —respondió en voz baja.
Siempre ha sido así, sí. Si había algo inamovible en el mundo eran las tradiciones del recóndito reino que adoraba a Ishual. Las palabras, los hechos, la fe, la devoción; si algo se hacía era porque siempre se había hecho así. ¿Y qué es lo que ha cambiado ahora...?
Haciendo caso omiso de su propia inquietud, agitó una mano y la brisa se calmó al instante. Un mechón de pelo cayó sobre su frente, libre de las manos juguetonas del viento; lo apartó con un gesto descuidado, y sus ojos se posaron en el rostro de uno de los sacerdotes menores que acompañaban al Sumo Sacerdote en todas las Invocaciones. El joven agachó la cabeza y apartó la vista de su dios.
El escalofrío volvió a clavar sus afiladas zarpas en su columna. ¿Me rechazas...?, pensó, súbitamente iracundo, furioso, incrédulo.
—Leo el miedo en tus ojos —susurró en un tono tan quedo que ni siquiera llegó a sus propios oídos. El joven acólito, sin embargo, lo oyó. Levantó el rostro y lo miró fijamente—. ¿Te atreves a mirarme? —inquirió Ishual, desconcertado y lleno de ira, mientras luchaba por ignorar el temblor que amenazaba con apoderarse de sus miembros. ¿Acaso has olvidado lo que es el respeto? Abrió mucho los ojos, atemorizado. ¿Es que tú también te burlas...?
La rabia se unió al recelo e hizo temblar el mundo. Ishual hizo un gesto brusco con la mano.
No fue su mano sino su ira la que empujó al sacerdote con tanta fuerza que éste se vio arrastrado por un viento invisible hasta el borde de la plataforma, donde se tambaleó un instante antes de caer hacia los brazos abiertos y los cuerpos arrodillados de la multitud.
La voz del Sumo Sacerdote no vaciló, y la Invocación de la Noche, la más larga de las Cinco Invocaciones, continuó resonando en la abarrotada plaza; sin embargo, Ishual notó el sutil cambio en el ambiente, los miles de respiraciones convirtiéndose en miles de jadeos entrecortados, la excitación, el ansia de violencia, de sangre. La rabia de los que despedazaban el cuerpo del joven sacerdote allí abajo; el asombro, la reverencia de los miles de ojos posados en Ishual.
La fe llegó a él como una oleada y agitó de nuevo sus cabellos, una brisa mucho más fuerte, ardiente, un mar húmedo y cálido que empapó su piel y se introdujo en su cuerpo, fluyendo en el interior de sus venas, lavando el terror y la incertidumbre; el poder que emanaba de sus súbditos arrodillados en ondas que convergían en el trono del Dios Encarnado. Cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y gimió.
Éxtasis.
Seguid creyendo, articuló en su mente, ignorando el ronroneo de la voz del Sumo Sacerdote. La sensación de la fe acariciando su alma fue tan placentera que tuvo que contenerse para no gritar. Seguid creyendo, ordenó, imploró en silencio, apretando los brazos del trono con las manos.
Eran los dioses los que hacían las reglas. Y él era uno de ellos. Si para ello tenía que matarlos a todos, uno a uno, lo haría. Creed.
Una risa burlona. Un susurro en su oído: ¿Pero son los dioses los que crean el mundo? ¿O el mundo el que crea a los dioses?
Alzó la vista y miró al Sumo Sacerdote sin comprender.
—¿Qué...?
El sacerdote se volvió al oír los murmullos de los fieles y fijó la vista en el suelo a los pies de Ishual. Hizo una reverencia tan pronunciada que barrió el suelo de mármol con la larga coleta de pelo liso.
—Sólo pronunciaba la Invocación, Divinidad.
—¿Invocación...?
Lejos de parecer sorprendido, el sacerdote se inclinó otra vez.
—Oh, Ishual, Dios Encarnado —entonó—, que vinisteis a nosotros para premiar nuestra fe...
El resto de la oración le resultó incomprensible. Ishual entornó los ojos, pensativo, mirando sin ver el rostro radiante del sacerdote. Vinisteis a nosotros... Nunca le había llamado la atención aquella frase en concreto. En esos momentos, sin embargo, le resultó perturbadora. Tan perturbadora como la mirada insolente del joven acólito cuya sangre empapaba la plaza.
—¿"Vine" a vosotros? —preguntó al fin sin poder contenerse, interrumpiendo la plegaria. El sacerdote lo miró, parpadeando, y bajó los brazos.
—Bajasteis a nosotros para recompensar nuestra fe, Divinidad. —Una nueva reverencia. Los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Bajé? —inquirió Ishual, inquieto—. ¿Qué quieres decir?
El sacerdote se inclinó de nuevo. —Premiasteis nuestra fe con vuestra presencia. Con vos, Divinidad.
—No —murmuró Ishual—. No. Siempre he estado aquí. Recuerdo... Lo recuerdo. Desde siempre.
El sacerdote asintió.
—Bajasteis a nosotros. Habéis estado aquí desde siempre.
Desde siempre. Siempre ha sido así. Pero hubo un tiempo en que no lo era, no lo era... Cerró los ojos, confuso. Hacer ascender el sol, la hierba creciendo a una orden mía... Mis fieles, mis súbditos, su fe. Tan dulce, tan apetitosa. Otorgándome poder.
Éxtasis.
¿Qué ha cambiado...?
Entonces, lo comprendió. Y la comprensión cayó sobre su cabeza como una losa, como todo un templo erigido en su honor. Abrió la boca, pero tuvo que hacer un enorme esfuerzo para encontrar su voz.
—Fueron ellos los que me crearon —murmuró, aterrado—. Fueron ellos los que creyeron en mí. Su fe me creó.
Y su fe está vacilando.
Se llevó las manos a los oídos, pero aun así podía oír las risas burlonas del dios en su mente. ¿Es el mundo el que crea a los dioses? Su propia risa. ¿A quién reza un dios cuando siente miedo?
—¿Y qué ocurrirá si dejan de creer...?

viernes, 20 de marzo de 2009

Azrael

Todavía adormilado, levantó la cabeza y movió las orejas, sorprendido, cuando Blanca abrió la pared-de-madera-que-se-mueve con tanto ímpetu que la hoja se estrelló contra el muro, salió como un vendaval del cuarto-donde-no-debo-entrar y echó a correr por el cuarto-alargado-que-sirve-para-correr-por-él, quitándose la camiseta llena de agujeros que utilizaba para dormir.
—¡Mierda, mierda, mierda, mierda! —Blanca había empezado a brincar a la pata coja mientras se despojaba del pantalón de color rosa chillón. Azrael cerró los párpados, bostezó silenciosamente y extendió las patas delanteras. Echó los cuartos traseros hacia atrás y arqueó el lomo, estirando todo su cuerpo anquilosado por las horas de sueño que había pasado aovillado; sacudió la cabeza, parpadeó, dio un paso para bajar de la cosa-blandita-donde-duermo, y empezó a andar con dignidad, mirando con una leve expresión de curiosidad las idas y venidas de Blanca, que trataba en esos momentos de levantarse del suelo, donde había acabado tirada en su prisa por desembarazarse del estrecho pantalón de un pijama que hacía años que debería haber jubilado—. Mierda. Mierda, mierda, mierda —repitió, pataleando en el aire para quitarse de encima el amoroso pantalón de felpa. Azrael volvió a agitar las orejas y observó cómo la joven se ponía en pie de un salto, accionaba el mando-que-hace-salir-agua y se lavaba la cara con tanta prisa que acabó salpicando todo cuanto la rodeaba. Bufó cuando una gota golpeó su nariz, esquivó la segunda y decidió que era un buen momento para huir al cuarto-donde-Blanca-se-sienta-a-mirar-esa-caja-negra-con-personas-dentro; allí al menos no corría peligro de que las malditas gotas de agua le obligasen a hinchar su cuerpo hasta adquirir el tamaño de una pelota de playa. Trotó hacia allí, muy erguido, sin disimular su aire ofendido, y clavó las alargadas pupilas en el sitio-donde-hay-cosas-y-sirve-para-subirse-y-tirar-las-cosas.
Sus labios poco acostumbrados a sonreír esbozaron una sonrisa.
Enfoca. Sus pupilas se ensancharon mientras se fijaban en un punto concreto. Bajó los cuartos traseros, tensó los músculos. Salta. Un fuerte empujón, y Azrael voló por los aires y se posó sin un sonido metro y medio más arriba.
Dio media vuelta y miró hacia abajo. Desde allí, la habitación se veía mucho mejor que desde sus habituales treinta centímetros de altura. Una estancia amplia, llena de objetos fascinantes que Blanca no le dejaba ni oler y que Azrael pasaba todo el día olisqueando.
Los más fascinantes estaban precisamente en el sitio-donde-hay-cosas-y-sirve-para-subirse-y-tirar-las-cosas, justo donde Azrael acababa de aterrizar. Su atención se centró en el pequeño gatito que guardaba cierta horrible semejanza con él. Lo tocó con la pata. El gatito no protestó. Probó a empujarlo: el gatito no se defendió. Un empujoncito, otro. El gatito saltó al vacío y se estrelló mucho más abajo, en el suelo, donde se hizo añicos.
—¡Mierda!—chilló Blanca. Debajo de donde Azrael oteaba el horizonte, la cosa-que-hace-ruido-y-que-a-veces-Blanca-usa-para-hablar-sola emitió un ruidito agudo—. ¡Mierda, mierda, mierda, mierda!
Entró gritando y se abalanzó sobre la cosa-que-hace-ruido-y-que-a-veces-Blanca-usa-para-hablar-sola, sin dejar de chillar. Azrael torció la cabeza y echó las orejas hacia atrás al ver la curiosa fluctuación del aire encima de la cabeza de Blanca. Pese a la intensa luminosidad que penetraba por la ventana, sus pupilas se dilataron. Peligro.
Los músculos de sus ancas se tensaron, preparados para volver a saltar. El aire se quedó inmóvil; Azrael recorrió una vez más el cuarto-donde-Blanca-se-sienta-a-mirar-esa-caja-negra-con-personas-dentro con los ojos, rígido, ignorando los muebles, buscando...
—"Ola wapa :D t sperams a ls 12 n l campus d Qmik, btllon cn ls d 4º!! ;)". ¿¡Está loca!? ¿Cree que me puedo ir de botellón un miércoles, así, indiscriminadamente? ¿A las doce? ¿Y qué hora es...? —añadió, asustada, buscando con los ojos la cosa-redonda-que-Blanca-mira-cuando-pregunta-qué-hora-es—. ¡¿Las once?! ¡Mierda, mierda, mierdaaaa! ¡Y tú, baja de la estantería, bicho de mierda! —gritó, alzando un dedo amenazador en dirección a Azrael. Él le devolvió una mirada ultrajada, se lo pensó un par de minutos y finalmente saltó, cayendo grácilmente sobre el rascador-donde-a-veces-Blanca-se-sienta-a-mirar-esa-caja-negra-con-personas-dentro.
En ese mismo instante la cosa-que-hace-ruido-y-que-a-veces-Blanca-usa-para-hablar-sola empezó a sonar, un ruido estridente que le erizó los pelos del lomo. Blanca soltó una maldición que satisfizo incluso a Azrael, que llevaba años desconfiando de su capacidad para maldecir. Curiosamente, fue justo entonces cuando sus ojos se posaron sobre la nueva fluctuación del aire, que esta vez se abombaba al lado de la caja-negra-con-personas-dentro.
—Hiiiiiiiiijaaaaaaa... —sonó una voz quejumbrosa.
—Hola, mamá. ¿Cómo estás?
—Bieeen, hija, bieeeeeeeeen... Aunque —la voz cambió para hacerse francamente acusadora— no es que te importe mucho, ¿verdad? Para lo que llamas...
—Mamá...
—...desde luego, cría cuervos y te sacarán los ojos...
—Pero...
—...tanto colegio de pago para que luego me salgas así...
Azrael bajó al suelo y se acercó lentamente al círculo irisado que se había formado en el aire transparente. Lo olisqueó, mientras el aire seguía agitándose ante su nariz. Sus orejas se sacudieron violentamente. Ya. Suspiró. Habéis tardado en volver a intentarlo...
—Mamá, ya sabes que aquí no tengo teléfono fijo...
—Ya, como si quedase algún sitio sin teléfono en el planeta... ¿Dónde estás? ¿En una comuna hippie? ¿Eres drogadicta? ¿Estás embarazada? ¿¡Te han echado de la facultad?!
Azrael se plantó delante del círculo de aire coloreado, que se fue aclarando paulatinamente. De repente, el aire quedó liso como una cosa-donde-Blanca-se-mira. Una cosa-donde-Blanca-se-mira que reflejase un mundo completamente distinto. Azrael miró fijamente al demonio que lo observaba desde el otro lado.
—Lo sabía, si es que lo sabía, ya sabía yo que tenía que pasar algo así...
—Mamá...
—Si ya se lo decía yo a tu padre, qué hace esta chica sola por ahí, perdida, que es una perdida...
—Pero mamá...
—...que se cree que todo el monte es orgasmo, digo orégano...
—¡Mamá! ¡Tengo diecinueve años!
—...precisamente por eso, qué hace una chica de tu edad soltera y entera, pero claro, en lugar de ir a buscar un marido decente te vas por ahí de juerga, y a saber cómo vas a acabar...
Tu bruja no está preparada, se mofó el demonio, alargando una zarpa para traspasar el acceso. Azrael clavó las uñas en la mano peluda del demonio, que chilló de dolor y de sorpresa.
¿Quién te ha dicho que mi bruja sea la única que vigila?, respondió.
—...tú lo que tienes que hacer es venirte a casa con tus padres, que dónde vas a estar mejor que con nosotros...
—Mamá, cállate sólo un min...
—¡No me digas que me calle! Ahora mismo te coges el primer avión, tren, autobús, coche o patera que salga para aquí, que en cuanto llegues te vas a enterar de lo que vale un...
—TUIT-TUIT-TUIT-TUIT...
Largo, advirtió Azrael, amenazante.
Pequeño Guardián, rugió el demonio, apártate, no sea que te haga daño.
Azrael movió una oreja en un gesto burlón. Le dio la espalda al demonio y aprovechó que Blanca pasaba a su lado para frotar la cabeza contra su pierna. Mimosmimosmimos...
—Maldito bicho —murmuró ella, agachándose para cogerlo. Lo apretó contra su pecho—. Qué suerte, ¿eh? Tener que preocuparse sólo por tener lleno el cuenco de la comida...
Y Azrael, el Guardián del Inframundo, puso los ojos en blanco, empujando con la pata trasera al demonio. Éste soltó un alarido desgarrador y, cayendo hacia atrás, atravesó de nuevo el acceso dimensional. Azrael ronroneó, abrazado a su todavía inexperta brujita, que le acarició suavemente entre las orejas.

martes, 3 de marzo de 2009

Miedo a la oscuridad

De pequeña tenía miedo a la oscuridad. Creía que, cuando la luz se apagaba, aparecían los monstruos... No sé si pensaba que se materializaban de la nada, o si creía más bien que salían de su escondite al amparo de la penumbra, aprovechando que yo no podía verlos, y se acercaban a mí por detrás para atacarme cuando más indefensa estuviera... Ciega, sola, muerta de miedo.

Hoy he comprendido que los monstruos no aparecen de la nada: siempre están ahí, aunque tú no los veas, aunque estén escondidos en el armario o debajo de tu cama, esperando a que apagues la luz para atacarte. Es posible que sea yo el objetivo de sus ataques, o que sólo "me hayan pillado en medio" cuando se dirigían a atacar a otro, pero me han herido, y sangro, y duele. Me atacan donde más daño pueden hacerme: con mis palabras, que son las que utilizo para trabajar, para vivir. Me han herido utilizando mi nombre. Me han herido utilizando lo que soy, quién soy.

Sí, soy quien dices que soy. Sí, soy periodista. Ahí has acertado, Juanjo, o Teo, o como quiera que te llames. Lo demás, y tú lo sabes, es falso. Ni estoy usando mi profesión para atacar a Minotauro, ni he acusado a la editorial de estafa, ni, por supuesto, pienso pisar un tribunal, a menos que tú me obligues a ello. No tengo en contra de Minotauro nada más que la decepción de no haber logrado ganar un premio. Y no, Juanjo, o Teo, o como quiera que te llames, asshai.com no está tampoco orquestando ninguna rebelión contra Minotauro. El Premio Teseo no ha sido organizado por asshai.com, ni está pensado para acusar a la editorial de nada. La única polémica es la que tú mismo has querido crear, a saber con qué intenciones.

Mientes, y haces daño, y hieres, y no sabemos muy bien con qué motivo, pero te puedo asegurar que, sea el que sea, te has retratado a ti mismo estupendamente. Atacas, y lo haces al amparo de la oscuridad, escudándote en el anonimato sin importarte si dejas a la luz de la lámpara a personas que jamás te han tocado ni un pelo. Y desde aquí sólo se me ocurre decir que eres un cobarde. Con todas las letras.

viernes, 13 de febrero de 2009

Nanuk

Suspiró, desalentado, antes de desatar la bolsa de piel de foca que colgaba de su cinturón.
Y pensar que había entrado simplemente para hurgarse un poco más en la herida, como el que juega a tocarse con la lengua una muela cariada para ver si duele...
La cajera lo miró enarcando una ceja.
—¿Se acaba de comprar una casa, o algo? —preguntó, conteniendo a duras penas la sonrisa que pugnaba por asomar a sus labios. Nanuk siguió la dirección de su mirada y posó los ojos en los tres carritos repletos de cajas de cartón de todas las formas imaginables. Se encogió de hombros.
—Resulta que la estantería Ivar va a encajar perfectamente en mi iglú —explicó innecesariamente—. Cuando Ivar se entere le va a dar un ataque de asma. Nunca le ha gustado su nombre, pero de ahí a tener nombre de estantería... —Hizo una mueca; la capucha ribeteada de piel cayó sobre sus ojos. La echó hacia atrás con un manotazo—. Y me ha gustado mucho la mesa Mammut. No sé si me explico —sonrió.
—Perfectamente. —La cajera le devolvió la sonrisa, pero la suya estaba preñada de burla. A Nanuk no le importó.
—No sabía que hubiera muebles redondos —continuó, descargando sobre la cinta transportadora una enorme caja que pesaba como un trineo familiar—. Si lo hubiera sabido antes, hace años que habría... ¿Cómo lo dicen ustedes? ¿"Redecorado mi vida"? Por cierto, ¿tienen ese felpudo? —rió sin pizca de hilaridad.
—¿No lo sabía? ¿Y entonces a qué ha venido? —inquirió la cajera, buscando el código de barras de la caja.
Nanuk no contestó. Siguió descargando caja a caja, sonriendo para sí al leer de nuevo las etiquetas que las identificaban, la verdadera razón por la que había comprado aquellos muebles, y no la forma de su iglú: Godmorgon, Malm, Hemnes... ¿qué dirían al leer sus nombres en cajas de embalaje? Aneboda, la esposa de Godmorgon, convertida en un armario... Bueno, el tamaño ya lo tenía antes, pero si Aneboda tenía o no puertas que se abrían y cerraban era algo que sólo Godmorgon sabría, probablemente. Se estremeció de horror. Hensvik, una balda que traía a su mente la imagen del hijo de Malm... Leksvik, el mejor amigo de Hensvik... y Billy. Como el hijo de Ivar se hacía llamar desde que se había aficionado a los westerns.
—Podemos llevárselo a casa, si lo prefiere —dijo la cajera, repentinamente solícita. Nanuk la miró, sabiendo que lo que la joven buscaba era obtener una excusa para volver a burlarse. Se la ofreció con gusto.
—No creo que Groenlandia entre en su ruta de reparto.
—Somos una empresa sueca —replicó la cajera.
—Groenlandia queda más arriba. —Nanuk desvió la mirada cuando la risa desapareció de los ojos de la muchacha. No, sigue burlándote. ¿No ves que estoy comprobando si duele? ¿No quieres ser la lengua que hurga en la muela cariada? Pues sigue hurgando.
La cajera cerró la boca y siguió pasando las cajas por el aparatito que hacía "píííí". Si se sorprendió cuando él pagó con su tarjeta de crédito, no hizo ningún comentario. Nanuk la miró, decepcionado, pero ella no levantó la mirada. Volvió a susìrar antes de encaminarse a las enormes puertas acristaladas.
—¿Sabe...? —comentó Nanuk de pronto, volviéndose a medias para mirarla—. Mi esposa se llamaba Ikea.
Ella sonrió una última vez. —¿Se "llamaba"? —preguntó—. ¿La mataron los osos, o algo?
—Los hombres —respondió simplemente Nanuk—. La confundieron con una foca.
La risa efervescente de la cajera se clavó en su pecho, y Nanuk descubrió, sorprendido, que la muela cariada, en realidad, no le dolía.

lunes, 26 de enero de 2009

Una tacita de arroz (II parte)

Sagrario, la del primero derecha, era una visión de pesadilla cuando salía a la calle arreglá pero informal, o sea, a diario, con su chándal del Bazar Taiwán de la esquina y sus zapatos de leopardo. Pero esa noche Laura tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no echarse a chillar nada más verla. Había torturado su cabello ralo, teñido de un chillón color rosa, retorciéndolo alrededor de unos rulos sujetos con unas horquillas de aspecto letal y exceso de plomo en la aleación —probablemente, pues nada más podría haberle provocado ese brillo satánico en los ojos enrojecidos—. Se había envuelto la cabeza, con rulos y todo, en una redecilla del mismo color rosa que su pelo, rematada con un lazo que la hacía parecer una Minnie Mouse enorme y con papada. Aunque las orejas de Sagrario eran desproporcionadas incluso para la compañera del ratón Mickey. La bata era indescriptible.

Afortunadamente, Maruja sólo quería la presencia de Laura para "darle oficialidad al asunto" y, lo más probable, para que se comiera los marrones que a ella se le atragantasen; fue Maruja quien se encargó de explicarle el asunto a Sagrario, fue Maruja quien encabezó el paseo hacia la mucho más amplia cocina de Sagrario, con sus tapetitos de macramé estratégicamente repartidos, su luz mortecina y su palpable olor a repollo. Y fue Maruja quien insistió a Paco para que volviera a mirar cuando éste diagnosticó que la tubería de Sagrario, como la de Laura, estaba en perfecto estado.

—Señora —replicó éste con expresión ofendida—, si le digo que la rotura no está en esta casa, es que no está en esta casa.

—¡Pero ella también usa detergente de limón! —chilló Maruja, desesperada, dando una patada al suelo con sus zapatillas de felpa amarilla. Paco la miró de tal forma que Laura oyó claramente el snikt de sus garras al extenderse.

—Esta semana hay una oferta de tres por uno en el súper —comentó Sagrario, remetiéndose los rizos huidos en la redecilla. Maruja la miró con los ojillos entrecerrados, miró a Laura, volvió a mirar a Sagrario y dio una segunda patada al suelo con la sufrida zapatilla derecha, que se le salió (o, más probablemente, huyó despendolada ante tamaña crueldad) y se escondió debajo de la silla más cercana, acurrucada y temblando de terror desde la suela hasta la horrenda florecilla fucsia bordada.

—La loca de las cartas —gruñó al fin, y Laura notó cómo su atención se desplegaba desde sus entrañas, como el terrorífico poder de una reina del vudú, expandiéndose y atravesando las paredes de la casa de Sagrario para palpar con sus dedos incorpóreos la puerta del piso inferior, la planta baja, o, como la llamaban en el edificio, “El Oráculo”—. Seguro que ha sido ella. Está tan chiflada que seguro que usa detergente con olor a limón…

—Oye, bonita —se indignó Sagrario. Laura se limitó a sonreír, cansada.

Le tocó, cómo no, encabezar la marcha de vuelta al rellano y hacia las escaleras para seguir bajando y recorriendo los Círculos del Infierno. En un recodo la adelantó su guía espectral, encarnado en la desagradable imagen de Paco. Laura entornó los ojos para no verse obligada a clavarlos en el punto donde los pantalones caídos del mono escupían la camiseta blanca que llevaba debajo. No quería exponerse a ver nada que sus ojos no fueran capaces de soportar sin explotar en sus cuencas.

—¿...la has visto? —oyó que susurraba Sagrario a su espalda—. Una fresca, siempre lo dije, ahí, medio desnuda, de noche...

—¡Estaba en mi casa! —masculló sin molestarse en mirarlas, la rabia haciendo burbujear la sangre en sus venas y provocándole un enervante cosquilleo por todo el cuerpo. Se vio casi obligada a añadir—: ¡Joder!

A su espalda se hizo el silencio. Un silencio tan efímero como la vida de una rana perdida en el patio de un colegio.

—...y va siguiendo a los hombres, lo que yo te decía, Maruja... Si es que es una desvergonzada, como todas, a saber lo que hará ahí en su casa cuando no la veamos...

—Mira que pueden llegar a ser brujas —murmuró Laura, poniendo los ojos en blanco sin dejar de caminar detrás del albañil.

—...seguro que le dice a Paco que se quede después de arreglar el garaje, para que le haga un... trabajito... Ya sabes a qué me refiero —susurró Sagrario, propinándole a Maruja un sonoro codazo de complicidad.

—¡Hostia puta! —aulló Laura parando en seco y girando sobre sus talones para encarar a las dos mujeres, que la miraron con los ojos abiertos y desorbitados como cuatro pelotas de ping-pong con pupila—. ¡Han sido ustedes quienes me han sacado de mi casa, así que hagan el pu... el favor de callarse de una pu... de una vez!

Se callaron, claro. Pero Laura nunca llegó a saber si había sido por su exabrupto o porque acababan de llegar a la puerta del bajo. Del Oráculo.

—Laura Prístina —dijo Senda con su voz suave, haciendo un gesto teatral con los dedos alargados cubiertos de anillos de piedras semipreciosas—. He sentido tu presencia cuando has salido de tu piso...

Laura volvió a gemir para sí. Senda era una especie de chalada que se dedicaba al esoterismo, vendía filtros de amor, echaba las cartas y adivinaba el futuro en los posos del café y en la bola de cristal llena de burbujas posada sobre la mesa camilla que presidía el salón de su abigarrada casa. Llevaba cerca de un año tratando de tomar a Laura bajo su protección, asegurando que su nombre era de buen augurio y estaba repletito de magia desde la "L" hasta la "a", inasequible al desaliento e incapaz de comprender que lo único que quería decir su nombre era que sus padres habían sido unos hijos de perra fanáticos del misticismo.

sábado, 17 de enero de 2009

Una tacita de arroz (I parte)

Chan-chan-chan-cha-cha-chann-cha-cha-chaaaaaaannnn...

Laura gruñó internamente. El gruñido le salió tan convincente que hasta las amígdalas se le acurrucaron en la garganta, muertas de miedo. Miró a derecha e izquierda, exasperada, buscando una superficie sobre la que dejar la paleta y el pincel, una superficie que no pudiera quedar inservible ante el mero roce de la pintura al óleo, que más que de aceite debía estar hecha a base de un ácido tan corrosivo como el que recorría las venas de los Aliens, a juzgar por el estado en que quedó la última mesa sobre la que posó el pincel manchado.

Chan-chan-chan-cha-cha-chann-cha-cha-chaaaaaaannnn...

Volvió a gruñir. Y esa es otra... Como pille al friki que cambió el timbre de la puerta por la Marcha Imperial de la Guerra de las Galaxias le voy a dejar las orejas pegadas al páncreas. Y de paso también al jodido electricista que llevaba un año esquivando sus intentos de contratarlo utilizando las más modernas técnicas de drible discotequero anti-lobas.

Chan-chan-chan-chan-cha-cha-cha-chan, cha-cha-cha-cha-cha-cha-chann...

—¡Que ya voy, joder! —exclamó, soltando el pincel en el vaso de Nocilla que reposaba, lleno de aguarrás, sobre la mesa del comedor, y gimiendo audiblemente al ver la ominosa gota de azul ultramar que asomaba por el borde rebosante del vaso, la miraba con ojillos malévolos y caía, inexorablemente, hasta estamparse en la superficie de madera lacada—. Hija de puta —susurró, señalándola—. Ni se te ocurra secarte hasta que vuelva, o vas a saber lo que es un disolvente. ¿Entendido?

Todavía resonaban en sus oídos las risitas burlonas de la gota de óleo mezclado con aguarrás cuando se dirigió a la puerta, limpiándose las manos en lo que al principio pensó que era un trapo y un momento después descubrió era su mejor camisa de seda salvaje.

—Joder —suspiró—. Joder, joder, joder, joder.

Abrió la puerta de un tirón.

—¡Joder! —gritó al ver sus huellas dactilares perfectamente dibujadas en azul sobre el pomo dorado. Clavó una mirada indignada en la mujer que esperaba en el rellano. Los ojos desorbitados de asombro en mitad del rostro fofo la hicieron cerrar la boca.

—Laura —dijo fríamente su visitante, estudiándola de arriba a abajo y frunciendo los labios en una mueca de desaprobación conforme su escáner pasaba por los pies enfundados en fanequeras de plástico transparente, las piernas desnudas, el pantalón corto de cuadros que siglos atrás perteneció a un pijama y la camiseta, que apenas merecía recibir tal título, cuya escasez de tela se veía compensada, en cierta medida, por la abundancia de manchas de pintura y grasa.

—Maruja —respondió ella, tragándose el exabrupto que pugnaba por surgir de debajo de su lengua—. Buenas noches —se acordó de añadir, escondiendo detrás de su cuerpo la inservible camisa de seda roja.

—Oye, linda —empezó Maruja, apartándola de un empujón para abrirse camino hasta el interior de la vivienda—, se nos ha inundado el garaje. La pared del fondo está que se cae. El albañil dice que lo menos nos sale por mil quinientos euros —añadió volviéndose para mirarla con un brillo maligno en los ojillos azules, tan claros que casi parecían blancos. Se apretó el cinturón de la bata acolchada con un movimiento brusco.

—Y la mano de obra —apuntó una voz desde en umbral. Laura dio un brinco y se apartó al ver al hombre, vestido con un mono del mismo color azul de la gota de pintura que a esas alturas ya debía haber corroído el barniz de su mesa. Se detuvo en el umbral y la miró con la lujuria pintada en la cara áspera, cubierta de arrugas y blanqueada por una fina capa de yeso que le encanecía también el pelo grasiento—. Buenas noches, guapa.

—Nanoches —balbució Laura. Bajó la mirada hacia sus manos y observó la camisa sin saber muy bien qué más decir.

—En total —siguió Maruja, llenando el salón de la diminuta solución habitacional de Laura con su presencia envuelta en boatiné amarillo—, de dos mil euros no baja.

Laura tiró la camisa de seda al suelo y se encogió de hombros.

—Habla con Pascual —contestó—. Este año le toca ser el tesorero.

—Pero es que esto no lo paga la comunidad —le espetó Maruja con una sonrisa siniestra. Por un instante, Laura pensó que iba a echar la cabeza hacia atrás y a echarse a reír como el Conde Draco, pero con un aspecto mucho menos humano que la marioneta morada de Barrio Sésamo.
Laura sostuvo su mirada.

—No pretenderás que lo pague yo, ¿verdad? —preguntó al fin, incrédula. Soy gilipollas, pero no tanto. Bastante le habían tomado el pelo al elegirla presidenta de la comunidad sin convocar siquiera una junta, pero aquello sería excesivo incluso para los delictivos y hasta criminales parámetros de la vecina del quinto izquierda.

Maruja hizo una mueca.

—Al fin y al cabo, has sido tú quien ha inundado el garaje, ¿no? Es lo justo, que lo pagues tú. Tienes un seguro, supongo...

La mirada reluciente de Maruja decía a las claras que sabía perfectamente que Laura no había firmado un seguro del hogar ni tenía intención de hacerlo. Para una trampa que hacía en su vida... ¿Y cómo se ha enterado esta... maruja? Daba igual. Si Maruja lo sabía, entonces lo sabía todo el edificio.

—Yo no he inundado el garaje —se defendió en un murmullo poco convencido. Desde la mesa, la gota de óleo y aguarrás soltó una carcajada aguda.

—¿Ah, no? —inquirió Maruja, fingiendo sorpresa—. Vaya... Pues Paco, aquí presente —señaló al orondo albañil, que mascaba un palillo medio deshecho y la miraba fijamente sin parpadear— dice que la bajante está llena de jabón con olor a limón... Y tú usas detergente con olor a limón —sentenció, alzando un dedo acusador.

Como medio universo y unos cuantos cientos de mundos paralelos, pensó Laura, suspirando de impaciencia.

—Deberías dejar de ver C.S.I., Maruja —respondió con un inequívoco gesto de cabeza hacia la puerta—. Está empezando a sorberte el seso. Y nunca te van a llamar del Gobierno para que trabajes de espía, ni te van a dar un número de matrícula para no tener que utilizar tu nombre, ni nada de eso —murmuró, no sin cierta maldad, y sonrió al ver el ceño fruncido de la mujer.

—Pues es una serie estupenda —dijo Maruja en voz baja—. Y no intentes distraerme: sabes que la tubería rota es la tuya.

—Hoy no he fregado, Maruja —replicó Laura bruscamente—. Así que ya puedes ir buscando a otra que use detergente de limón. A mí déjame vivir, que no son horas de andar pidiéndole dos mil euros a la gente.

Maruja le dirigió una mirada que expresaba con tanta elocuencia como si hubiera pronunciado las palabras en voz alta: Menuda guarra que estás hecha. Laura la ignoró y señaló, una vez más, la puerta. Una vez más, Maruja no se dio por enterada.

—Hay que comprobarlo —decretó, esquivándola para dirigir sus pasos determinados a la cocina—. Paco, ven aquí y dime si la rotura está en esta casa.

—Pasad, pasad, no os cortéis —masculló Laura lanzando una mirada venenosa a la espalda cubierta de basta tela azul del albañil. Hizo ademán de meterse las manos en los bolsillos, comprobó con enojo que el pantalón del pijama no tenía bolsillos y, gruñendo como un perro enojado, dejó que sus pasos la condujeran, también a ella, a la cocina.

Que sólo una persona tan encariñada con el diminuto apartamento como ella podía atreverse a denominarla "cocina". Tendría unos cincuenta centímetros cuadrados, tirando por lo alto, y era un clarísimo ejemplo de lo lejos que podía llegar en la actualidad la ingeniería cocinil. O cocinera. Un armario contenía la vajilla y la cubertería, o, lo que era lo mismo, dos platos desportillados de Duralex, tres vasos de Nocilla reciclados y varios tenedores, cuchillos y cucharillas cuyo número y modelo cambiaban aleatoriamente cuando Laura no miraba; otro armario era, en realidad, una nevera tan pequeña que para meter una botella de Coca-cola tenía que sacar la leche y la tarrina de mantequilla. El resto del espacio se lo repartían de mala gana un microondas en el que apenas cabía un plato, un fogón y el calentador, colgado justo encima de la pila, cuyo grifo había que apartar para poder encender el agua caliente. En el centro de la cocina, ocupando todo el suelo que había entre armario y armario, una bombona de butano oxidada resistía con valentía los embates de Cosita, un gato asalvajado que no parecía tener muy clara su sexualidad y estaba pasando por una etapa experimental en la que se dedicaba a violar con alegría todo lo que se le pusiera por delante, ya fueran las botas de Laura, el sofá, el paragüero o el mando de la tele. En esos momentos, sin abandonar el estrecho abrazo al que sometía a la paciente bombona, miraba con curiosidad y expectación el enorme trasero de Paco, que se había puesto de rodillas para estudiar la tubería oculta bajo la pila.

—Largo, bicho —escupió Maruja, alargando una mano arrugada y dura como un cuerno hacia el gato. Cosita le lanzó una mirada en la que se unía el desprecio, el odio y una clara aseveración que venía a decir que Maruja era la antítesis de la lujuria incluso para un gato con las hormonas despendoladas. Después de acariciar tiernamente a la bombona con el hocico, se escabulló con una dignidad que Laura tuvo ganas de aplaudir.

—No veo nada —tuvo que admitir Paco al cabo de un rato, sacando la cabeza enyesada del estrecho hueco que se abría bajo la pila. Laura sonrió elocuentemente mientras Maruja fruncía el ceño, contrariada—. No hay ninguna grieta.

—¿Has mirado bien? —insistió Maruja previsiblemente. Laura puso los ojos en blanco mientras Paco se llevaba a la boca el astillado palillo.

—Soy el mejor en mi trabajo, señora —declaró con altivez, poniéndose rápidamente en pie.
Coño, como Lobezno... Laura dio un paso atrás cuando el albañil con aspiraciones a fontanero se abalanzó sobre ella, temerosa de estar a punto de oír el ominoso snikt de las garras de Paco al brotar de sus nudillos. Estuvo a punto de suspirar de alivio cuando comprendió que lo único que pretendía aquel hombre era alejarse de la cocina, incómodamente llena de Maruja.

No le sirvió de mucho. Maruja le siguió a toda prisa, tal vez asombrada ante la idea de encontrarse por primera vez en su vida tan cerca de un hombre.

—Pero esa rotura tiene que estar en alguna parte —dijo, mirando al albañil como si él tuviera la culpa de que la grieta hubiera desaparecido mágicamente de la tubería de Laura y, de paso, de que su vida sexual se hubiera visto reducida los últimos veinte años a hacer zapping por los diversos programas del corazón.

—Aquí, no —se encogió de hombros Paco. Laura se mordió el labio cuando Maruja empezó a insistir en que el albañil había mirado mal, y en que debía volver a comprobarlo, porque estaba claro que la tubería rota era la de, textualmente, "esta perdida". Prefirió pasarlo por alto: no estaba de humor para indignarse. Hacía tiempo que sabía que una discusión con Maruja no hacía sino incrementar sus ya de por sí altas probabilidades de conseguir que le tocase una úlcera de estómago en la Lotería de Enfermedades Jodidas del Ser Humano. O una sífilis. Si la sífilis pudiera contagiarse discutiendo.

Dio un salto, sobresaltada, al notar algo frío y húmedo en la pierna desnuda. Bajó la mirada; sus ojos se cruzaron con los de Cosita, que lamía ansiosamente una mancha de pintura que tenía en la rodilla.

—¿Tengo pinta de bombona, o qué? —gruñó. El gato la miró con la lengua fuera, pegada a la nariz, y un brillo dolorido en los ojos verdes de pupilas verticales—. Lo que me faltaba. No tengo bastante con mi madre, como para que tú también empieces a decirme que tengo que ponerme a régimen...

—Pues estará en el piso de abajo, señora. —Para que Paco hubiera alzado ya la voz, a los pocos minutos de estar en compañía de Maruja, la del quinto debía haberse puesto pesadita de verdad mientras Laura pensaba en bombonas de butano y úlceras de estómago.

—Eso, eso —se aferró Laura a la afirmación del albañil como Leonardo Di Caprio se agarró a la última puerta flotante del Titanic—. Id a ver a Sagrario: seguro que ella también usa detergente de limón. O de naranja, o de Cítricos del Mundo. O de Kiwi con Manzana.

Maruja se volvió para mirarla con el ceño fruncido.

—Esto se escapa de mi competencia —dijo con voz de agente policial que ha traspasado la imaginaria línea que separa su distrito del distrito gestionado por la comisaría más chusquera de la ciudad—. Tú eres la presidenta, así que tú también vienes, linda.

Laura gruñó internamente. Sus amígdalas volvieron a acurrucarse al fondo de su garganta. Será... bruja... Suspiró, mirando con nostalgia el cuadro a medio pintar, la malévola gota azul que se secaba sobre la mesa, al ultrajado Cosita, que la observaba diciéndole claramente con sus enormes ojos verdes que no pensaba perdonarla si se iba de casa precisamente cuando le tocaba su ración diaria de mimos.

—No te enfades —imploró, apartando de una patada la camisa de seda, que se obstinaba en enredarse en su tobillo como si ella tampoco quisiera verla salir por la puerta—. Volveré en seguida, te lo prometo...

Cosita le dio la espalda, levantó el rabo y se dirigió andando de puntillas a la cocina, donde la bombona de butano ya debía estar temblando al percatarse de su inminente retorno. Laura volvió a suspirar, cogió las llaves del bote de cola-cao vacío sobre la estantería y señaló la puerta. Por una vez, Paco y Maruja obedecieron su orden implícita.

(Continuará...)

miércoles, 14 de enero de 2009

Día de lluvia

El mundo era gris. Grises las calles, las casas, los árboles, sus brillantes colores cubiertos por una impenetrable pátina de melancolía. Gris el asfalto bajo el cielo blanco sucio, cubierto de nubes. Grises los coches, gris el aire.
Debajo de un parterre desparramado de paraguas grises, hombres y mujeres de rostro gris y expresiones grises caminaban apresuradamente, clavando en ella la mirada sólo un instante, el segundo que empleaban en verla, para después apartarla y adoptar de nuevo el gesto agobiado de quien anda bajo la lluvia intentando no mojarse.
Sus miradas huidizas resbalaban sobre su piel como las gotas de agua que se escurrían desde su pelo empapado. Cuántas veces habría tenido ella el mismo aspecto... La cabeza gacha, hundida entre los hombros; el cuerpo encogido para protegerse del agua, el paraguas como un ancla que lastrase no sólo su mano sino su cuerpo entero, impidiendo que su mente pudiera pensar en algo que no fuera el mango apretado contra su pecho, la escasa protección de la tela tendida sobre las varillas, la lucha a muerte contra el viento que, juguetón, trataba de arrancarlo de su mano entumecida, de doblar el paraguas hacia arriba y convertir su figura encorvada en una imagen grotesca; una Mary Poppins involuntaria cuyo paraguas fuera más apto para recoger el agua que para impedir que ésta le calase hasta los huesos.
No ahora. No pensaba atarse a un paraguas, ni esconderse debajo de una capucha; transformarse, como los demás, en un monje anónimo encorvado, sin rostro. Esclavizada por el qué dirán, por el absurdo intento de no mojarse, tratando de huir de lo inevitable. Los pies igualmente mojados, el cuerpo aterido, la mente rechazando lo que el cuerpo no podía impedir... el agua, omnipresente, riéndose del vano intento de permanecer seca. ¿Por qué luchar...?
Abrió los brazos, alzó el rostro hacia el cielo, cerró los ojos y dejó que las gotitas que el cielo lloraba sobre ella mojasen sus labios y cayeran en el interior de su boca.

viernes, 9 de enero de 2009

Desde la Nieve...

...cada paso dolía como un hachazo en los tobillos. El frío cortaba la piel de su rostro como un millar de cuchillas de afeitar. La escarcha se acumulaba sobre sus hombros, encima de su cabeza descubierta; se colaba por el cuello de la camisa de hilo, bajando, congelada, por su columna vertebral, formando hilillos de agua helada que ya ni siquiera podían estremecerlo. Quizá nada podría abrigarle lo suficiente en ese lugar desolado, maldito por quienes quiera que fueran sus dioses.
Caminó, tambaleante, luchando por dar cada paso e implorando porque fuera el último.

Como un paseo por un paraje helado, la belleza del paisaje muchas veces se ve empañada por el dolor que supone dar el siguiente paso. Pero ¿no sería peor no llegar a darlo...? ¿Acaso una punzada de dolor puede obligarnos a rendirnos, la agonía de un tropezón puede hacer que deseemos no haber llegado nunca a dar el primero?
Si la nieve es la letra escrita, ¿queréis acompañarme en este viaje por la Nieve...?