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lunes, 13 de octubre de 2014

Se mata poco

Buenas =) Me apetecía hoy comentaros un mensaje/respuesta/cosa que me enviaron ayer en twitter y que me resultó lo bastante curiosa como para detenerse un poco a pensar en ella. No mucho, que tampoco hay que pasarse :P pero sí un poco más de 140 caracteres, por qué no =) El mensaje fue éste:


El caso es que esta respuesta me hizo pensar. Para empezar, en que este ser humano cuya identidad he escondido con tanta habilidad :P (sólo por si no quería que su mensaje saliera aireado con su perfil ahí a lo bestia) es uno de los pocos que no hacen referencia a mi bienamado y nunca bien ponderado George R. R. Martin cuando se habla de matar personajes. Que sí, que Martin mata personajes, eso es innegable :P pero ¡No es el único! ¡Ni es el primero en hacerlo! ¡Ni es el que más mata! Anda que no hay muertes a cascoporro en la historia de la literatura universal, empezando por las tragedias griegas y acabando... bueno, no se acaba nunca. Pero en fin, lo de que cuando dices "voy a matar a un personaje" toda la humanidad en su conjunto se apresure a preguntarte si quieres parecerte a Martin no es más que una anécdota :P El tema da para mucho más que eso.

El tuit me hizo plantearme si es cierto que a algunos escritores (lo del género lo dejaremos a un lado porque es tan anecdótico como lo otro) nos gusta matar a los personajes más queridos de los lectores. Y mucho me temo que la respuesta, en muchas ocasiones, es un contundente .

No me entendáis mal: no lo disfrutamos. Bueno, un poco sí xD pero sólo como uno disfruta una travesura, te echas una risita al pensar en lo que pensará el de enfrente y ya está. En realidad, cuando un lector se enamora de un personaje suele ser porque el autor se ha enamorado antes de ese mismo personaje, y ha conseguido transmitir ese sentimiento al lector. Y, si el autor ama apasionadamente a ese personaje ¿cómo va a disfrutar matándolo? Al menos los que todavía estamos medio cuerdos :P :P Nah: una cosa es que no tengamos miedo de matar, otra bien distinta que lo hagamos por joder al lector o por maldad pura y asalvajada.

No =) en realidad los escritores matamos cuando es necesario. Sí, es evidente que queremos despertar una reacción en el lector (como con todas las escenas que escribimos), pero la muerte de un personaje no es un objetivo en sí mismo: es una forma de hacer avanzar la trama, es necesaria cuando es necesaria, tiene que ser sólo cuando tiene que ser. Y, además, es una cuestión de provocar dos cosas en el lector: por un lado que no se acomode (¿No os ha pasado nunca que habéis dejado de emocionaros al leer un libro porque sabíais que los protagonistas iban a salir de aquélla sí o sí? ¿Que, por muy negras que se les pusieran, SIEMPRE saldrían? Cuando uno deja de temer por el futuro de un personaje, puede ocurrir que le deje de emocionar o de interesar la historia. Y eso es algo de lo que todos los autores huimos :P y cuando el lector sabe que eres capaz de matar a CUALQUIERA, que no te importa que sea el protagonista o el personaje más querido o un secundario que pasaba por allí... entonces no puede acomodarse jamás, #bwahaha y todo eso), y por otro lado queremos provocar una sensación de realismo (sí, los autores de fantasía también). Y, por desgracia, en la vida real la gente muere. Mucho. De hecho, todos :P Así que no es tan extraño que un personaje de una novela muera, sea quien sea. Todo el mundo tiene que morir, y todos los días muere un montón de gente. Así es la vida, no la inventé yo y todo eso.

Así que no, no lo hacemos por maldad ni por dar por saco al pobre y desconsolado lector =) lo hacemos porque tenemos que hacerlo, y lo contrario sería incumplir nuestra obligación como escritores. Eso sí, y ahora hablo sólo por mí, no me tiembla el pulso al matar a ningún personaje PEEERO cuanto más adoro a ese personaje mejor muerte quiero darle: más épica, más dramática, más... digna de recordar. Es mi personaje y lo quiero, ¿no? Lo quiero MUCHO. Así que quiero que tanto su vida como su muerte sean memorables. Y si soltáis una lagrimilla... bueno ;) eso es porque os he hecho sentir, ¿no...?

lunes, 22 de septiembre de 2014

Los puntos sobre las íes

Yo sé que esto no va a servir de nada (o, como mucho, servirá para granjearme unas cuantas hostilidades y conseguirme un par de insultos gratuitos, probablemente aderezados con alguna referencia a mi género), pero tengo que decirlo. Y como tengo que decirlo, pues lo digo, y me quedo más tranquila, y respiro hondo y todos en paz.

Hace ya mucho que tengo pendiente esta entrada, pero la he ido postergando porque no tenía ganas de jarana. Hoy, sin embargo, la voy a escribir. ¿Por qué? Porque hoy es cuando me han dado la última hostia, la que ha rebasado el vaso y ha conseguido lo que no han conseguido ni rumores falsos, ni insultos solapados, ni boicot de hipotéticos compañeros ni reveses editoriales ni mobbing laboral: ha conseguido hacerme llorar. De rabia. Y no me gusta llorar, y tampoco me gusta sentir rabia, de modo que mejor lo suelto todo y así puedo dormir tranquila esta noche.

Veréis: hace cuatro o cinco días publiqué en Amazon una novela corta, parte de un proyecto mucho mayor que es la saga de El Segundo Ocaso. Esta novela corta (no tan corta, son 250 paginitas) está pensada como primer paso de la campaña de promoción de mi próxima novela, y como tal, y por su extensión, decidí ponerla a un precio simbólico: apenas supera el euro. UN EURO. Bien, pues esta novela, cuatro días después, ya está pirateada. Sí, hay un par de foros que ya la tienen para descargar de forma gratuita. Por si alguien no tiene un euro suelto, vaya.

Ahora os voy a contar la realidad, una realidad en la que quizá no habéis pensado porque nadie os la ha querido contar (no es muy halagüeña, y en este país todavía nos movemos mucho en mode voy-a-ponerme-miguitas-en-la-capa para que piensen que como pan todos los días). Esa novela (corta, breve, pocacosa, bah, un euro) me ha costado cuatro meses de trabajo. Cuatro meses. 120 días. Y sus noches. Me he dejado los cuernos para escribirla, para corregirla, para maquetarla y hacerle una portada bonita e incluirle unos mapas chulos y dejarla perfecta para mis lectores, aunque sabía que iba a ganar poquito porque el precio de venta es casi testimonial. Ojo: cuando hablo de 120 días no hablo de "ratos libres que podría estar pasando frente a la tele y en vez de eso los paso frente al ordenador", no: hablo de 8 horas diarias. ¿Qué, que nunca se os había ocurrido que escribir una novela costase tanto esfuerzo? Sí, cuesta. Es un trabajo duro, muy muy duro. Y lleva mucho tiempo y mucho esfuerzo y muchos momentos de desesperación y pánico y dolores de espalda, de cabeza y de trasero.

Las otras novelas que he escrito y publicado me han costado mucho más, porque son mucho más largas. ¿Cuántos días creéis que le eché, por ejemplo, a El sueño de los muertos? Contando solamente las horas que dediqué al manuscrito original os aseguro que superaron las cinco mil. Añadidle otras muchas de correcciones, revisiones y promoción, y eso que esa novela tiene una editorial que me quitó parte del trabajo. ¿Sabéis qué rendimiento económico me han dado esos tres años? Lo que el portero de mi edificio gana en un mes, aproximadamente. Así, como suena. Y es una novela que ha tenido éxito: ha gustado a los lectores y ha estado varios meses en las listas de los más vendidos del género, ha recibido críticas muy positivas y ha sido propuesta para varios premios literarios.

¿Sabéis lo que no es justo? Que yo esté ahora mismo dedicándole ocho horas diarias a un trabajo así de duro y tenga mi piso embargado, esté viviendo de mis padres con 37 años que tengo mientras les pido dinero para pagar la hipoteca de un piso en el que no puedo vivir, y no tenga dinero ni siquiera para pagar el champú (y no, no exagero). Eso no es justo. Sobre todo cuando esas novelas que tengo publicadas, las cuatro, son novelas que la gente lee y que la gente disfruta, o al menos así lo dicen cuando las comentan. Y es menos justo todavía que ni siquiera se les ocurra pensarlo. Porque estoy convencida de que todos los que suben y descargan mis novelas sin pagarlas (salvo quizá los dos o tres que ganan dinero en sus páginas de descargas ilegales) ni siquiera se plantean ese hecho: que la autora de esas novelas, ahora mismo, tiene la cuenta bancaria en negativo, una hipoteca sin pagar, un piso vacío y un gato cojo al que no puede llevar al veterinario. Y que los libros que tan alegremente se descargan sin pagar le han costado a esa autora meses y años de trabajo duro POR LOS QUE NO ESTÁ VIENDO NI UN EURO.

Más allá de la injusticia de esa situación, y yendo un poquito más allá, yo creo que los que descargan esos libros tampoco han pensado que, si la autora no ve un duro por ellos, evidentemente dejará de escribirlos. Escribir no es un hobbie, escribir no es un pasatiempo: es una profesión, y es dura. Si alguien se cree capaz de aguantar muchos años trabajando 8 horas diarias, 7 días a la semana, y no cobrar por ello, por favor que lo intente. Y más si hay facturas que pagar: en ese caso, el escritor tendrá por fuerza que dejar de ser escritor para aceptar cualquier otro trabajo que le dé un sueldo al mes (y que obviamente no le dejará tiempo ni energías para seguir escribiendo). ¿Conclusión? No se escribirán novelas, y la gente no tendrá novelas nuevas que leer.

No quiero con esto atacar a nadie: como ya os he dicho, estoy convencida de que la mayoría de los que descargan novelas ni siquiera se habían planteado la posibilidad de que con ese pequeñísimo gesto están consiguiendo empujarnos cada día un poquito más hacia la ruina y el abandono de la profesión. Es más, estoy convencida de que la mayoría cree que todos los autores somos ricos y unos snobs, y nos encendemos cigarros con billetes de quinientos mientras reímos malignamente cada vez que denunciamos un link de descarga (cosa que, por cierto, no he hecho: lo de las puertas y el campo me lo sé muy bien). Con este post lo único que me gustaría es daros una perspectiva que quizá no os haya dado nadie nunca. Con cada descarga pirata no estáis jodiendo a los grandes grupos editoriales, ni estáis poniendo un granito de arena para cambiar el mercado editorial, ni estáis protestando por las políticas pseudomafiosas de las editoriales, ni estáis obligando al Gobierno a aceptar la gratuidad de la cultura, ni nada por el estilo (recordad que Robin Hood robaba a los ricos, no a los mendigos): lo único que estáis haciendo es obligar al autor a trabajar como un esclavo sin cobrar. Y eso no hay persona que pueda aguantarlo (ni por ánimo, ni por supervivencia), y los escritores, ante todo, somos personas.

Si con esto consigo que alguien se pare a pensar, aunque sólo sea un minutito, antes de darle click al "magnet link", me daré por satisfecha. Si consigo que alguno comprenda que ese "bah, por un euro no se va a arruinar" es FALSO, entonces todo bien. Y no, un euro no me va a sacar de pobre, pero un link de descarga sí puede empujarme un poco más allá del borde. A mí, y a todos los que, como yo, dedican años y años de trabajo a una novela que luego alguien descarga sin dedicar un solo pensamiento a todo ese trabajo.

jueves, 31 de julio de 2014

No juzguéis y no seréis juzgados

Bonito título, ¿a que sí? =) Sugerente, místico, prometedor, esas cosas. Hacía tiempo que no actualizaba este blog (es que estoy un pelín ocupada, como habréis podido comprobar si os ha dado por visitar mi web oficial en algún momento de las últimas semanas/meses/milenios :P pero sigo viva y cuerda, lo juro). ¿Qué pasa? Que este blog lo uso para cosas que no están estrictamente relacionadas con mi trabajo como escritora, y últimamente no hago otra cosa más que trabajar, trabajar y trabajar =/ de ahí que no tenga mucho que contaros por aquí. Peeeeero hoy vengo porque creo que es justo y necesario envainársela cuando hay que envainársela, y reconocer los errores cuando una comete uno, aunque sea venial :P

Veréis, hoy me ha dado por escribir esta entrada para prometer que no volveré a juzgar una historia (película, serie de tv, libro, comic, lo que sea) por su título y/o por su supuesto target (meaning el público al que se supone que va dirigida). Y, por extensión, que no volveré a prejuzgar una historia. Siempre he procurado no decir si algo es bueno o malo sin haberlo 'catado' antes (y, en el caso de no querer 'catarlo', al menos digo que no tengo los suficientes datos para juzgarlo), pero voy más allá: si alguien me dice que tal cosa es buena, al menos le daré una oportunidad antes de decidir si me va a gustar o no.


¿Que a qué viene esto? Pues a que esta última semana he recibido una lección de las buenas. Sabéis que escribo novelas destinadas a un público 'adulto', y que los libros que leo suelen estar orientados a ese público también (aunque no me niego a leer literatura juvenil, porque en lo que a libros se refiere ya hace mucho tiempo que descubrí que hay joyas maravillosas dedicadas a todos los públicos; este último mes, por ejemplo, me he zampado la trilogía The maze runner y la he disfrutado como una salvaje animal, y me ha parecido estupenda, dicho sea de paso). Pero en lo que a producto audiovisual se refiere soy un poquito más cerrada. Me gustan las pelis y las series de aventuras, pero de aventuras dedicadas a un público adulto. No quiero decir que tengan que tener ultraviolencia ni supersexo ni tacos a cascoporro, sino que siento un rechazo general por todo lo que esté etiquetado como "adolescente". ¿Por qué, si yo misma he reconocido muchas veces que pienso seguir siendo una adolescente hasta que cumpla los 90 (en el caso improbable de que llegue a esa edad)? Pues porque, en general, los productos audiovisuales destinados a ese público son un insulto a la inteligencia de los adolescentes y de todo ser humano con un poquito de neurona en la cabeza =( historias simplonas, actores horriblemente malos, ambientaciones y efectos para pegarse un tiro o veinte, diálogos que llaman al asesinato ritual, clichés, tópicos, y sobre todo la sensación de que, a juicio de los productores y guionistas de según qué engendros, los adolescentes sólo tienen en la cabeza dos cosas: besitos/corazones y ser la reina del baile si son chicas, meterla en la jefa de animadoras y cacaculopedopis si son chicos. Y eso me parece de un simplismo insultante. Así que no suelo ver pelis o series que estén dedicados a ese público, porque como adolescente vocacional que soy (a mis 37 años, sí, qué pasa) me entran ganas de dedicarme a matar gente usando como arma de destrucción masiva una patata afilada.

Y aquí es donde viene el momento en el que yo me la envaino ;) El otro día andaba estresada y muerta de asco por todo el curro que tengo pendiente y el que llevo ya a mis espaldas, y decidí que necesitaba una serie para desintoxicarme por las noches, a esas horas en las que tengo que sujetarme los ojos con celo para que no se me caigan de la cara dando brincos de pánico por todo el tiempo que los he obligado a estar muy pendientes de la pantalla blanquísima del ordenador (blanquísima porque lo que tengo abierto es un documento de word, claro xD). Y no tenía serie que me apeteciera ver. Sí, hay un montón, pero lo que necesitaba era una serie que me relajase y me dejase la mente en blanco, no algo duro, seriote y filosófico que me hiciera pensar todavía más. Y mirando por ahí así al azar me dio un pronto y me dije: "Pues voy a ver ésta, que total fijo que me echo unas risas aunque sea de puro WTF".

La serie en cuestión era Teen Wolf.

Coña, es que lo tenía todo para parecerme lo peor. Para empezar, el título. Teen. Pues empezamos bien. El "adolescente" así en gordo y grande, que ya canta a chorradas de instituto y animadoras de falda corta de aquí a Sri Lanka. Para seguir, el tema: hombres lobo adolescentes. Madre mía madre mía, y el careto inexpresivo del menda-lobo de Crepúsculo apareciéndoseme delante de los ojos como en una de mis peores pesadillas. Para continuar, que la serie es de la MTV. Y la MTV tiene muchas cosas buenas, pero no precisamente las series que suele producir. Vamos, que no sé cómo tuve las narices de cascarme el primer episodio con todas esas pistas que me iban chillando NO TE VA A GUSTAR NO TE VA A GUSTAR VA A SER HORRIBLE NO TE VA A GUSTAR.

No volveré a juzgar una serie por el público potencial, por el título y por lo que yo crea que va a ser.

La serie es estupenda. Vale, quizá no para cincuenta Globos de Oro, pero es estupenda. Ok, quizá no. Quizá sólo sea que no tiene pretensiones y, precisamente por eso, las alcanza xD Muy entretenida, con un ritmo fabuloso, tramas ágiles y bien llevadas, cliffhangers que te obligan a seguir viéndola como si fuera una droga (a ratos alucinógena), muy poquito corazoncito rosa y cero chistecito tonto de cacaculopedopis, acción, chispa, diálogos ingeniosos, unos efectos que quizá sean un poco cutrecillos en sus inicios pero eh, ¿no lo son los de Doctor Who, y adoramos esa serie? Y sobre todo, algo que me dejó patidifusa desde el minuto uno: los actores. O____o ¡Son decentes! Es más, ¡son buenos! ¡Incluso los actores más jóvenes!, iba yo diciendo mientras veía cómo el prota se convierte en hombre lobo allá por el minuto cinco. Caray, seguía yo diciendo, ¡son muy buenos! Y seguir avanzando y darte cuenta de que los actores adultos lo hacen con bastante dignidad, los actores adolescentes lo hacen muy bien, y uno en concreto, que es el amigo-sidekick-camarada del prota, es sencillamente magnífico. Pero magnífico con todas las letras, vaya. No sé si le han dado ya algún premio, pero por todos los dioses que le den cuarenta de mi parte ya mismo, que luego voy y los pago.

Total, cuarenta y ocho capítulos en cinco días que me he merendado así sin empujar con pan. Y me he quedado con unas ganas de que acabe ya la temporada 4 para zampármela entera que no sé si me explico. Y además, como efecto colateral, mi hype por la adaptación cinematográfica de The Maze Runner (trilogía de la que hablaba al principio) se ha incrementado hasta alcanzar la masa crítica, porque resulta que (yo siempre a la última) me he enterado de que el prota de esa peli es justo el chaval que me ha dejado boquiabierta y ojiplática después de pasar de ser el personaje-de-apoyo-del-protagonista a comerse Teen Wolf con patatas, actores jóvenes y adultos y guionistas y cámaras incluidos. Que, curiosidades de la vida, el otro día veía el trailer de esa peli y expresé (ilusa e inocente de mí) mi desconcierto por que las adolescentes de hoy no tuvieran ya dos millones de clubs de fans moja-bragas dedicados al tío ese y sí a otro del que no voy a hablar porque me da un poco de urticaria, y ahora mi punto de vista ha variado considerablemente al comprobar que el tío en cuestión no sólo es monillo sino que encima se desenvuelve delante de una cámara como si esto de petarlo actuando fuera algo que le regalaron por Reyes cuando cumplió los tres años. (Pensamiento así a vuelapluma: si no hay club de fans histéricas de este chaval, ya si eso lo creo yo, ¿eh? Que una es mayorcita pero no insensible xD)

Así que no volveré a juzgar. Noooo volveré a juzgar. Y si os apetece una serie entretenida y divertida y enganchante y emocionante para este verano, en serio, dadle una oportunidad: igual no es Juego de Tronos, pero qué buenísimos ratos me ha hecho pasar la serie de las narices. #MuyFan #MyFeelings =)


lunes, 9 de junio de 2014

Cantando números

Hoy no voy a hablar de libros, ni de pelis basadas en libros, ni de series basadas en libros, ni de nada relacionado con la literatura. Hoy esto va de otra cosa: hoy esto va de daros las gracias. Porque sí, porque sois muy grandes, porque sois lo mejor que me ha pasado en la vida y porque sois los que me dais fuerzas para seguir palante cuando todo va cuesta arriba y los que me hacéis gritar de euforia cuando todo va cuesta abajo.

Hoy he visto cómo los números me hacían un guiño cómplice. Veréis: quizá últimamente me vuelco más en las redes sociales, porque el contacto entre vosotros y esta chavala es mucho más cercano, directo y chulo, pero las cifras en RRSS pueden ser un poco engañosas. Éstas, las de visitas a webs y blogs, engañan menos. Y hoy he comprobado que entre las tres webs/sites que tengo repartidas por el ello internético (este blog, mi web oficial y la página dedicada a mi saga de novelas) he alcanzado ya la mareante cifra de 125.000 visitas.

Ciento. Veinticinco. Mil.

Se dice pronto.

Cuando yo era pequeñaja, los niños de San Ildefonso cantaban esto. Aún no me he acostumbrado a lo corto y breve y cortarrollos que es el "miiiiil eeeeurroooos". Esto quedaba como más... largo :P



Para los que estáis acostumbrados a este rollo, quizá sean pocos. Para mí, son un montón. Es decir, miro y remiro las estadísticas y se me abre la boca de asombro al pensar que ciento veinticinco mil tíos (y tías) han estado pululando por las webs que yo he creado, leyendo las chorradas (y no tan chorradas) que cuelgo para mantenerlas activas. Mirando la info sobre mis libros. Cotilleando la info sobre mí misma y mis circunstancias. Haciendo muecas mientras leen mis idas de pelota relacionadas con la literatura y con el mar y los peces y el turrón de chocolate. Fli-po.

Por eso digo que sois muy grandes =) así que hoy paaaso de los libros y dedico esta entrada a daros las gracias. Gracias a los que os pasáis por aquí (o por mis otras dos webs), sea de forma regular o por accidente. Gracias a los que alguna vez habéis compartido un link. Gracias a los que comentáis y a los que no comentáis. Gracias a los que habéis leído mis novelas y a los que las tenéis en la pila, gracias (gracias gracias gracias) a los que las habéis comprado, y gracias, gracias, gracias, gracias a los que las habéis recomendado. Gracias a los que habéis metido mi nombre en la wikipedia, y gracias a los que lo buscáis en google, y a los que me seguís en cualquier red social o me saludáis por la calle. Gracias =) porque todos sabemos que escribir es algo que se hace a solas, pero para todo lo demás un escritor necesita gente. Y sin esa gente no somos más que bichos raros que se encierran a darle al teclado. Y a mí no me importa ser un bicho raro, pero serlo acompañada es muchísimo más divertido ;)

lunes, 2 de junio de 2014

De series, sagas, standalones y otras cosas del comer

Siguiendo con la saaaana y hermoooosa costumbre recién adquirida (por mí) de resubir (a.k.a. volver a subir, vaya) algunos de los artículos/entradas/cosas de este blog que más éxito han tenido a lo largo de los años (sobre todo porque hace unas semanas noséquién me pidió encarecidamente que lo hiciera por noséqué de la caché de blogger o noséqué, como podéis observar estoy MUY enterada de las últimas novedades en tecnología informática), hoy voy a subir este... esto, que habla de un tema que me interesa (curioso, lo escribí yo misma... :P) y que me abre el camino para dentro de unos días, cuando ¡POR FIN! pueda hablaros de ese tema del que aún no os puedo hablar.


Hace algunos meses, un lector me escribía un mail para comentarme sus impresiones acerca de La Elegida de la Muerte (Öiyya). En ese mail, aparte de decirme muchas cosas bonitas, me hacía una pregunta que acabó iniciando un debate muy satisfactorio entre ambos, y digo satisfactorio porque, entre sus argumentos y los míos, salieron unas cuantas cosas curiosonas acerca de la literatura en general y el género fantástico en particular. La pregunta era: ¿Por qué esa manía con las sagas? Y seguía diciendo que la mayoría de las trilogías, tetralogías, pentalogías y n-logías que se ven por ahí pueden parecer más "literatura de explotación" que obras que responden de verdad a un plan preciso. Comentaba este lector anónimo que entendía que un escritor que ha creado un universo más o menos completo y complejo ambiente en él el grueso de su obra, pero en la mayoría de los casos le parecía que algunos autores estiraban demasiado algo que no daba para tanto…

Y yo le respondía mostrándome completamente de acuerdo con él. Y sí, me gustan las sagas, tanto para leer como para escribir. Pero en ese detalle en concreto, este lector tiene más razón que veinte santos y una canción desesperada. Sí, hay muchas sagas (aunque el término “saga” no esté excesivamente bien empleado en este contexto, ya que en realidad debería referirse a una obra que abarque las vicisitudes de varias generaciones de una familia, no a una historia dividida en varias novelas… pero a estas alturas creo que ya hemos asimilado ese otro significado :P), hay muchas sagas, decía, que dan precisamente esa sensación: la de historias que empiezan con una novela y cuya buena acogida por parte del público hace que el escritor, o el editor, o ambos, decidan estirarla para seguir vendiendo libros. Es algo completamente lícito, pero también es cierto que al lector puede darle la sensación de que le están vendiendo lo que no es, una historia larga y compleja donde sólo hay una dilatación de vicisitudes que en realidad no tienen que ver con la historia original.

Supongo que el tema da para mucho debate... y que depende de lo que el propio autor quiera hacer y cómo se plantee su obra. Por ejemplo: en mi caso, yo escribí "Öiyya" pensando en una novela independiente, y después empecé a plantear una novela distinta (también independiente), El sueño de los muertos (por aquel entonces titulada "Mellizo"), y cuando empecé a desarrollar la historia en mi cabeza me di cuenta de que, para contarla bien, tenía que hacerlo en varios libros. A mí personalmente las sagas me gustan, PERO cuando son una historia completa DE VERDAD, es decir: una historia planteada desde el principio hasta el final, como si fuera una novela íntegra pero más larga. Lo que no me gusta es precisamente lo que comentaba este lector, cuando un escritor alarga de forma innecesaria, o coge su mundo y sus personajes y, después de la primera novela, los mete en más y más fregaos sin sentido por el mero gusto de alargar la historia. Yo sólo me planteé escribir una saga cuando vi que mi historia no podía contarse en un libro (salvo que ahora publiquen libros de 6.000 páginas xD), a menos que lo hiciera de forma telegráfica, lo cual no acaba de gustarme =(. Supongo que, como todo, depende de lo que quieras contar... hay historias que te piden un relato corto, hay historias que te piden una "novella", hay historias que te piden siete libros :P. El truco está en saber ante qué estás a la hora de escribirla.

Coincido en que muchas veces se aprovecha el tirón de la primera historia para alargar los beneficios desarrollando historias paralelas, precuelas, secuelas y demas "elas". De hecho, un recurso que usan muchos escritores es dejar posibilidades argumentales abiertas para seguir explotando la historia si tiene suertecilla y el público responde, un cierre en falso para seguir la historia si hay que seguirla y darla por terminada si no ha habido suerte. (No hay que confundir esto con lo que ahora se llaman “cliffhangers”, que son justo lo contrario: dejar la historia completamente abierta y en un punto culminante para cuasi-obligar al lector a comprar la siguiente novela, algo que, cuando se trata de sagas de este tipo, se hace mucho (y que, narrativamente hablando, tiene bastante valor en determinados casos; y si se hace bien, claro xD).

El “cierre en falso”, si está bien hecho (coño, pues como todo xD), puede ser una de las mejores ‘trampillas’ de este mundo: uno escribe una novela independiente, y deja abierta una posibilidad por si acaso la cosa ‘pita’ y puede seguir palante contando la historia. El problema es cuando no se deja abierta esa posibilidad, se cierra la trama y luego se abre “en falso”, que eso queda mucho peor. Y que hay muchos, muchísimos casos en los que eso se ha hecho, y el lector, que está en su derecho porque para eso paga por el libro, pues va y protesta, claro. Porque eso no es una saga, es una novela cerrada y atada, un cuerpo terminado y perfecto al que después se ha añadido un apéndice postizo pretendiendo convencer a alguien de que eso ya formaba parte del cuerpo original desde el principio.

Por supuesto, hay que distinguir de lo que estamos hablando en cada caso: no es lo mismo una serie de novelas ambientadas en un mundo o con unos personajes comunes (compuesta de historias independientes que pueden o no estar relacionadas entre sí), que una saga "falsa" (alargada de forma artificial), que una historia completa demasiado larga para publicarla en un solo volumen. A mí me gustan las historias compactas, redondas y bien desarrolladas desde el principio hasta el final (como a todo el mundo, supongo xD); si esa historia ocupa 200 páginas, guay; si ocupa 20.000, guay también, mientras sea una historia compacta, redonda y bien desarrollada DE VERDAD, no un alargamiento de los de "voy a ver si lío un poquito la madeja por aquí y así expando y en vez de vender un libro vendo veinte". Y no porque esos siguientes libros no vayan a ser buenos, que pueden ser maravillosos (y algunos, de hecho, lo son): el problema es que no son lo que me están intentando vender, no son una historia completa, son otra cosa. Y si yo quiero leer una historia completa en varios libros no quiero acabar leyendo una historia de un libro y diecinueve libros más acerca de cómo al prota le crecen los enanos por un champú en mal estado vendido por el primo hermano del malo muerto cuando por fin parecía que había conseguido su sueño de poner un circo. Y ya si me hablas de "la historia de las vicisitudes de los hijos de los protagonistas de la anterior novela", personalmente y sin ánimo de ofender creo que vomito.

Supongo que, como en todo, dependerá de la calidad del autor. Sin embargo, a priori creo que lo más honesto, tanto con el lector como con uno mismo, es saber desde el principio lo que uno está haciendo. ¿Una novela independiente? Estupendo. ¿Una serie de novelas ambientadas en ese mundo/escenario que te has inventado y que te ha gustado tanto que no quieres abandonar? Magnífico. ¿Una historia larga compuesta de varias novelas que cuentan cada una una parte del total? Sensacional. Pero intentar hacer pasar una novela independiente por el primer capítulo de una saga que no existía ni siquiera en tu cabeza creo que es un poquito menos limpio. Ojo, eso no quiere decir que no se deba hacer, que sea ilícito ni que la saga resultante no pueda ser maravillosísima (de hecho, también hay ejemplos que hablan de esta posibilidad), pero a priori tiene muchas papeletas para ser un WTF en toda regla. ¿Lo mejor? Si uno no está seguro de poder escribir o publicar la saga que tiene en mente, escribir una novela independiente y después, una vez visto el panorama, emprender o no ese proyecto. Aunque claro, como en todo, cada caso es un mundo. Yo soy la primera que ha hecho trampa con las dos novelas que tengo publicadas al disfrazarlas de novelas independientes y autoconclusivas cuando en realidad forman parte de una saga (como "historia más larga", vaya). En mi descargo diré que fue para no joder al lector que no quisiera seguir leyendo :P desprendida que es una.

¿Conclusión? Básicamente la de siempre: que cada cual haga lo que le salga del cimborrio octogonal, que escriba lo que le venga en gana como y cuando le venga en gana (siendo honesto con uno mismo, con sus gustos y con sus motivaciones) y que sepa, eso sí, que el lector no es tonto y sabe lo que tiene entre manos cuando está leyendo un libro. Nada más.


PD. No, lo de “alargamiento” NO suena perverso. Son vuestras mentes, que están muy viciadas ya a estas alturas. Panda depravados.

lunes, 26 de mayo de 2014

Mi mundo es mío y me lo %&#@ cuando quiero

Siguiendo con la iniciativa "plágiate a ti misma, que total no te vas a denunciar" :P, y por aclamación popular, vuelvo a subir esta entrada de hace ya algunos tiempos. En su día interesó mucho a los colegas escritores que tengo por estos lares, pero yo creo que también puede interesar bastante a los que sois lectores (sin aspirar a escribir, al menos no "en serio" -ja-). Va de mundos imaginarios, así que supongo que tiene su cosita ;)

Andaba yo pululando por Facebook un día, un poco frita todavía y con los ojos llenos de legañas mutantes, cuando me tropecé con un enlace al blog de una colega escritora (y no obstante buena persona) que me resultó bastante interesante. La entrada, que podéis leer aquí, habla sobre la ‘actitud’, por llamarla así, de artistas (sobre todo autores) novatos y veteranos, y de cómo los primeros no pueden exigir ser tratados como lo que no son (autores consagrados geniales y sapientísimos) y los segundos no deben tratar a los primeros como si ellos no hubieran pasado por esa etapa en su día (con condescendencia o incluso mala uva).

Es una cuestión interesante, pero no es la que me ha hecho desempolvar la contraseña de este blog para actualizarlo (por fin, diréis, ya iba siendo hora). No, qué va. Es que veréis, pululando en busca de actitudes de autores famosos (o al menos relativamente conocidos), me he encontrado esta otra entrada, esta vez en el blog de Patrick Rothfuss (el autor de El nombre del viento y tal), y el caso es que me ha recordado la cantidad de veces que yo misma he tenido ese debate con otros escritores y con lectores de fantasía. De modo que he pensado que os podría interesar leerla, porque pone un ejemplo estupendo de un hecho que, creo, es importantísimo a la hora de ponerse a escribir.

Rothfuss se refiere a la fantasía, pero es un hecho válido también para quien escriba novela histórica y, en menor medida, para todos los géneros literarios. ¿Que de qué va la entrada, que no la he leído porque no sé inglés/no me apetecía darle al link? Bueno, veréis, la cuestión es la siguiente: cuando uno se pone a escribir, sobre todo, como decía, fantasía o histórica, tiene que hacer un esfuerzo para no dejarse llevar por el entusiasmo de estar metiendo al lector en un mundo que no es el suyo, sea porque es un mundo inventado (fantasía) o un mundo pasado (histórica). El autor tiene TODA la información sobre ese mundo, bien porque se la haya inventado durante meses de rascarse las neuronas (fantasía), bien porque se haya pasado meses investigando entre polvorientos volúmenes a los que la wikipedia no tiene acceso (histórica). El autor conoce cada detalle de ese mundo: configuración, leyes físicas, geografía, historia, costumbres, religiones, situación política, bleh bleh bleh, cientos y cientos de páginas de información (física o virtual, metidas en la cabecita, que aunque no ocupen espacio siguen siendo muchas páginas).

¿Y qué ocurre? Pues que el autor ha hecho un gran esfuerzo al diseñar/investigar ese mundo, y lo conoce tan bien, y le gusta tanto, y tiene tantas ganas de compartir sus vivencias en ese mundo que corre el riesgo de dejarse llevar por el entusiasmo y dejar al lector con cara de “pero qué coño me estás contando, tío”. ¿No os ha pasado alguna vez que habéis leído el inicio de un libro y os ha aburrido hasta querer sacaros los ojos con una cucharilla, porque después de cincuenta páginas aún no le habéis visto la jeta al prota pero, eso sí, habéis luchado para abriros paso a través de párrafos y párrafos de información acerca del mundo en el que os encontráis? Páginas repletas de países con nombres raros, relaciones internacionales, razas, seres, bichos, culturas, costumbres, de las que al acabar el párrafo ya ni siquiera os acordáis porque os habéis saturado de información…

Por mucho que a los escritores nos duela, eso es algo de lo que sólo alguien como Tolkien puede salir airoso. El resto, si comenzamos una novela describiendo enciclopédicamente el mundo que hemos creado/hemos indagado corremos el riesgo de que el lector no sólo no se entere de una mierda, sino que mande nuestro libro al mismo sitio con el lomo mirando pa Cuenca. Vale, la información es importante porque si el lector no conoce el mundo y sus costumbres puede no entender de qué carajos le estamos hablando. Pero seamos sinceros: si le metemos a presión toda esa información como a un pato del que queremos sacar pasta de hígado, el lector no se enterará de la mitad, no asimilará esa información y, lo que es peor, se aburrirá de nuestro libro antes incluso de que el libro haya empezado. Si le colamos cincuenta, o incluso diez, o incluso menos, páginas de “el mundo es blablabla y las razas son blablabla y este rey hizo esto y desde entonces este país está peleado con este otro por un quítame aquí estas tierras y entonces los antiguos seres que poblaban el bosque que hay aquí decidieron que blablabla y después hubo una guerra y muerte y destrucción y blablabla y espera, que ahora empiezo y te presento a mi prota, es que antes tienes que saber que es de un pueblo que blablabla y además blablabla”, el lector, con las pupilas dilatadas y la mandíbula desencajada, soltará el libro como si fuera una escolopendra y tendrá que darse un baño calentito acompañado de un cocktail de ibuprofeno, y todos sabemos que el agua no está pa desperdiciarla, que hay sequía.

¿Y si el lector es cabezón, y consigue sobrepasar esas cincuenta primeras páginas? Qué macho, ése sí es un héroe y no mi prota, joder. Bien, si el avezado lector logra tamaña tarea sin que le dé un ictus, para cuando llegue al sitio en el que necesita esa información lo más probable es que ya ni se acuerde de ella ni le importe tres cojones. “¿Quién coño eran los Kdefrrrgsh y qué coño pintan en todo esto? El caso es que me suena…” y allá va el lector a rebobinar, y hojea las cincuenta primeras páginas en busca de los Kdefrrrgsh, que resultan ser mortales enemigos de los Jhhhggunndda porque uno de los Hundidongos secuestró hace dos mil años a la princesa de los Fevermelos, y eso que la princesa no valía gran cosa, pero como te he contado veinte páginas antes los Fevermelos eran rubios y de ojos azules y los envidiosos de los Hundidongos, descendientes directos de los Kdefrrrgsh por parte de cuñado, el cuñado que era Jhhhggunndda adoptivo porque el rey de… Oye, se ha quedado buena noche, igual podría bajar a echarme una caña con Paco…

¿El secreto? Supongo que es dosificar esa información. Ofrecerla poquito a poco, conforme se vaya necesitando. Dejar que sean los personajes los que la den, y no darla al principio. Contar ese “backup” entremezclado en la trama de la novela, no como un aparte en plan enciclopedia británica con anexos. No quiere decir que no se puedan meter párrafos y párrafos de historia, costumbres, política, geografía y religión (aunque a mí personalmente me guste más la información esbozada que la desarrollada): lo que quiere decir es que esa información será mucho más digerible si se mete a lo largo de toda la trama, cuando se necesite, y no como un Génesis bíblico “en el principio fue el reino de Kotoriastas, y Kotoriastas, que era un poco cabroncete, escupió en la sopa de Guundimelo y los descendientes de ambos conformaron las naciones de dos continentes enfrentados, a saber: (inserte aquí una lista de países y reyes) y el cuñado del primo de Gonzalbano el Inmarcesible construyó una barca con troncos y tras innumerables peligros (inserte peligros aquí) llegó a las tierras de los Turulendonos y bleh bleh bleh”. Y para cuando el prota alza una ceja en dirección al lector, el lector se ha ahorcado con la sobrecubierta o se ha cortado las venas con el ticket de compra del libro.

No es fácil. Claro que, si fuera fácil, no tendría mérito conseguirlo, supongo. Tampoco es fácil conseguir que un bicho de metal con alas rígidas vuele, o abrirle la tripita a un pavo y que luego se vaya andando a su casa. Pero quizá sea precisamente el hecho de que no es fácil el que nos impulsa a seguir intentándolo, nyet? ;)


Nota: las imágenes, obviamente, ni son mías ni aspiran a serlo ;)

lunes, 19 de mayo de 2014

De chepcho y tal

Yo sigo atendiendo peticiones del lector del blog, y resubiendo algunas de las entradas más "in" y "cool" y "yupis" de allá por los alláes. En este caso, ésta es un MUST. No sé por qué, ni que el tema fuera... oh, wait :P

¿Que de qué va esto? Lo habéis adivinado: de sexo. ¿Por qué? Porque me apetece (aunque no sea la actividad más lógica un martes por la mañana, y menos para alguien que de repente se ha echado toda su senectud encima; pero a nadie le amarga un dulce, y si algo he intentado toda la vida es ser honesta. No me van demasiado los disimulos ni los fundidos en negro, y esta mañana, después de sacudirme la depre de verme un año más vieja, he pensado: "¿De qué hablo hoy?" y la respuesta automática de mi mente ha sido: "De sexo". ¿Y quién soy yo para contradecir a mi mente...?). Y también, por qué no decirlo, escribo esta entrada porque éste es un tema del que he hablado en muchas ocasiones en foros, chats y reuniones con lectores y escritores del género y de otros géneros, y creo que puede resultar interesante. Aunque lo fundamental sigue siendo que me apetece, claro =)


Que el sexo vende es una de esas Verdades que ya apenas necesita demostración empírica. Si alguien la requiere, no tiene más que comparar, por ejemplo, las visitas a este humilde blog con las visitas a, póngase por caso, un blog con contenidos "subiditos de tono". Las cifras cambian, vaya que si cambian. El sexo vende, el sexo atrae, el sexo gusta. Al menos eso demuestra que todavía hay esperanza para la raza humana, a pesar de todo (¿qué pasa? ¿cómo creíais que nos reproducíamos, por bipartición? xD). Cuando digo que hay esperanza pese a todo me refiero, por supuesto, a esa otra gran Verdad que se llama represión, y que muchas veces nos hace confundir las churras con las merinas o el sexo con algo intrínsecamente malo, malvado, maligno, sucio, vergonzoso o potencialmente peligroso para nuestras almas. No voy a juzgar las creencias religiosas, morales ni éticas de nadie: allá ca cual con su cacuálo, que diría aquél. Pero sí voy a hablar de sexo, y más concretamente voy a hablar del sexo en la literatura fantástica, que es a lo que me dedico. A la literatura, digo, no al sexo :P



Es un tema del que, como digo, se ha hablado ya en tantas ocasiones que poco más puedo aportar al asunto, salvo mis propias reflexiones. Si queréis leer un reportaje bastante bien documentado sobre sexo y fantasía, os invito a asomaros aquí: http://sirmia.wordpress.com/2010/10/13/sexo-mentiras-y-fantasia/ . Ahí se hace un recorrido por los géneros (nunca mejor dicho) desde la antigüedad más antigua hasta más o menos hoy.

Poco más, repito, se puede decir que no se haya dicho. Salvo quizá plantear un par o varios pares de cuestiones bastante curiosonas al respecto. Por un lado, quizá uno de los motivos por los que, a mi juicio, la literatura fantástica ha sido tan pacata y tan poco dada a las efusiones sexuales hasta hace bien poquito. En primer lugar, hay que tener en cuenta que una de las bases de la fantasía tal y como la conocemos ha sido el maestro Tolkien, que tenía muchas virtudes pero entre ellas no se encontraba precisamente el tratamiento del sexo con naturalidad: de hecho, quizá El Señor de los Anillos sea una de las novelas más asexuales que conozco, con la posible excepción de El Pampinoplas (pensemos lo que pensemos sobre Frodo y Sam, o sobre Merry y Pippin, no hay nada explícito en la novela, ni sobre ellos cuatro ni sobre Sam y Rosita, la pareja hobbit “uficiá”; tampoco, por supuesto, sobre Faramir y Eowyn. Y Aragorn y Arwen dan la sensación de haberse querido como la parejita de El milagro de P. Tinto, poco más o menos).

En segundo lugar está ese estigma que ha arrastrado la fantasía como género hasta ayer por la mañana: ese "para niños" que tenía pegado al lomo, y que hacía que muchos de los autodenominados frikis hayamos tenido que escuchar en infinidad de ocasiones la afamada y nunca bien ponderada frase de "¿Y no eres un poco mayorcito/a para leer esas cosas?", y la no menos exitosa de “¿Y cuándo vas a leer libros de verdad?”. Obviamente, en un libro “de pa niños” no vas a meter guarrerías erótico-festivas, que no está bien visto y además les puedes corromper la mente y todo eso y que casi mejor dejar esas cosas para cuando tengan el raciocinio bien formadito. De la violencia, ni papa: un chaval puede matar marcianos a hostias a los cinco años —pobres marcianos—, pero como se le ocurra preguntar cómo nacen los bebés la sociedad se llevará las manos a la cabeza. Volvemos a lo mismo: represión, idea del sexo como algo malo, sucio, pecaminooooosooooooo (aka pongan ustedes un ceporrín con los ojos en blanco). Y si son jóvenos o jóvenas, pues tres cuartos de lo mismo: no les pongas sexo no sea que aprendan, déjalos que sigan en la ignorancia (así pasa lo que pasa, sin querer entrar en polémicas sobre educación sexual) y que sepan cómo romperle el alma a leches a su vecino pero no cómo zoscarse a la chati/el chato que les mola y que la chati/el chato se lo pase de puta madre y no haya consecuencias indeseadas a raíz del “zoscamiento”. Y de ahí que en las novelas de fantasía hasta hace dos días y medio no hubiera ni un mísero metimiento o metición de manopla, pero eso sí, la espada los colegas la metían hasta la empuñadura.


Hablo, por supuesto, de la generalidad. Claro que hay ejemplos de novelas y series del género en las que el sexo tiene una presencia: sin embargo, en esa generalidad de la que hablamos el sexo apenas existe, se esboza como mucho, a lo máximo a lo que llegamos es a un fundido en negro colocado más o menos a tiempo de impedirnos vislumbrar cómo el besito se convierte en algo más. Creo que lo más que he llegado a leer en fantasía hasta hace poco fue cómo Tika Waylan tenía que atarse la blusa con un nudo después de los torpes manejos de Caramon Majere, o cómo Drizzt Do’Urden se ponía las botas sentado en la cama de Catti-Brie Battlehammer después de un fundido de lo más tocapelotas. O de lo menos, si de textualidades hablamos. La rosa que Rand Al’Thor deja en la almohada de Elayne Trakand también es un buen ejemplo de descripción explícita de coito (nótese la ironía).


Estamos, pues, ante una cuestión cultural bastante interesante: puesto que la fantasía siempre ha sido para jóvenes, y la literatura para jóvenes NO tiene sexo, la fantasía NO tiene sexo. Luego además tenemos que tener en cuenta otra cuestión: la fantasía tradicionalmente ha estado destinada a un público juvenil Y MASCULINO, de modo que las poquitas veces que se trataba —solapadamente— la sexualidad, se hacía de una forma un tanto… uf, por decirlo así. El hombre era un Macho-man mega powerful “mía-mi-mújculo” con su súper espadón (me irán a decir que en lo de “espada grande ande o no ande” no hay un ligero cariz de inseguridad sexual que lo flipas, cual si de enseñarse el “sable láser” en los servicios a ver quién lo tiene más grande se tratase), y la mujer era el adorno floreado que acompañaba al guerrero y se quedaba transida al ver su enorme espadón, un a modo de “descanso del guerrero” con las tetas más grandes de toda… donde sea xD xD xD. O, por el contrario, y si la mujer se atrevía a destilar no sólo sensualidad sino también un poquito de independencia (o, básicamente, no se dejaba impresionar por las espadas grandes), es porque era “la mala”. En el 90% de los casos, vamos, o incluso más. Hablamos de la generalidad. Había excepciones. Pocas, pero las había. Y cuando esa “tensión sexual solapada” se dejaba ver más de lo moralmente correcto, zas, cartelote de “fantasía erótica” o incluso “pornografía”. Y siempre, por supuesto, desde esa perspectiva un poco BDSM que culturalmente estaba más aceptada que la igualdad de géneros allá por los alláes.


Por supuesto, una vez la fantasía se desperezó y se sacudió la etiqueta de "para jovenzuelos inadaptados" o “para adultos enfermizos” el género se ha adecuado a la sociedad y ha visto nacer una bonita dicotomía: por un lado, el sexo ya tiene su presencia en el género, ya hay novelas con escenas explícitamente sexuales sin tener que aguantar el sambenito de “porno”: el sexo en muchas de ellas se trata con naturalidad, como una escena más, sin advertir al lector con un redoble de tambores ni cascarle el cartelito de “cuidado, dos rombos”. Por otro lado, no todo el monte es orgasmo: para empezar, porque para llegar hasta ahí ha tenido que surgir el género comúnmente denominado “fantasía para adultos”, que casi da la sensación de tener esos dos rombetes pegados en una esquina y que, para muchos, sólo se distingue de la otra fantasía en el sexo (aka otro ceporrín con los ojos en blanco, por favor). En realidad, la fantasía adulta tiene mucho más aparte del “no cortarse” a la hora de las acrobacias entre sábanas, pero lo que preocupa a muchos es sencillamente eso: qué más da que un jovenzuelo o jovenzuela lea violencia muy explícita, gore asquerosamente asqueroso o filosofía pura incomprensible: lo que importa es que no lea sexo. Válgame. (Y bueno, teniendo en cuenta que aún hay gente que la palabra “sexo” la pronuncia “seso”, “sepso” o “sesho”…). Y para seguir, porque aún hoy existe ese “desvío tímido/abochornado de mirada al atisbo de escena sexual”. Y como resulta que la fantasía sigue siendo considerada para jóvenes pese al cartelote anteriormente mencionado, nos encontramos con que muchos lectores tragan saliva al ver que en la fantasía actual el sexo es un elemento más de la historia (blablabla ojos en blanco, todo eso).


Y por otro lado, otra cuestión que me ha llamado la atención en los últimos meses, en el trato con otros escritores. Muchos de ellos (no todos, válgame) tienen un poquito o un muchito o un todito de reparo a la hora de describir con naturalidad una escena sexual. Algunos aseguran que “las escenas de sexo no se les dan bien”, y bastantes ni siquiera se plantean meter sexo en una novela o relato, pegue con la historia o no pegue con la historia (en contraste con aquéllos que meten sexo haya o no haya necesidad, que para todo hay dos extremos). Como escritores, y como correctores/lectores de otros escritores, aún existe esa “atención morbosa/desvío de mirada/qué van a pensar de mí” ante el sexo: si hay una escena de sexo, la novela o el relato queda automáticamente marcada/o por ella, y el resto de la historia da exactamente igual. “Metida con calzador” o “innecesaria” son críticas que he leído u oído acerca de escenas de sexo de todo tipo y pelaje, críticas que jamás nadie se plantearía hacer a una escena, por ejemplo, en la que el prota se emborracha o se dronja hasta las pencas, roba/estafa al vecino del quinto, insulta a alguien hasta la quinta generación, acaba a hostia limpia con medio barrio y lo detienen por resistencia a la autoridad. ¿Por qué nadie tiene que “justificar” una escena de violencia, robo, insulto flagrante, paseo aburrido por el campirri o juego de azar con acompañamiento de licores espirituosos, y sí es necesario justificar perfectamente la escena de sexo? ¿Tamos tontos? ¿O es que nadie practica en su vida el retoce y el refrote porque sí?


Bueno, pues aquí va una justificación, una que no tiene que ver con el hecho de que el sexo es (así de simple) lo que nos da la vida, y que sin sexo no existiríamos (fundamentalmente porque no nacerían más “humanitos”), si a alguien le hace falta dicha justificación y no le vale con “meto una escena de sexo porque me sale de los ovarios/cojones, igual que meto una escena de cánticos regionales y otra de carreras de cuádrigas”: el sexo, como tal, simple y llano, es una de las armas más poderosas con las que cuenta un escritor a la hora de describir a un personaje. Una escena de sexo puede mostrar al lector cómo es un personaje con muchísima más claridad que veinte poemas de diálogo y una canción de acción desenfrenada. Puede parecer extremista, pero es así de sencillo: Dime cómo follas y te diré cómo eres. En el sexo una persona se muestra desnuda, y no sólo de forma literal: desnuda su cuerpo y también su alma. Un amante generoso, un amante violento, un amante travieso, un amante egoísta, un amante fiel o promiscuo… describen una parte importantísima de sí mismos con lo que hacen entre las sábanas (nótese que el masculino de “amante” está utilizado de forma genérica: las mujeres también, por supuesto, se describen en la cama). Y me parece una estupidez renunciar a un arma tan poderosa como ésa de forma voluntaria. ¿Y por qué muchos escritores lo hacen? Porque aún hay muchos reparos culturales al respecto, y porque todavía hoy en día se tiene esa idea de que “si meto sexo me cuelgan el sambenito de “obseso/a” y nadie se fijará en el resto de la historia”. Válgame. Así no le quitamos el cartel de “sucio, pecaminoso, pernicioso para el alma” en la puñetera vida.


Nos encontramos con una paradoja absolutamente deliciosa: el sexo vende, pero el sexo también da miedo. O quizá sea vergüenza. Y bueno, supongo que repetir el manido “¿por qué el sexo es malo y la violencia no?” no va a conseguir que las cosas cambien así de un plumazo, pero qué quieren que les diga, a mí me sigue pareciendo un tanto absurdo. Por no decir lamentable.

Pero en fin, seamos optimistas: el caso es que la cosa va cambiando, y que ahora, con la “nueva ola de fantasía martiniana” (como antaño la hubo tolkiniana), poco a poco el tema sexual en el género se normaliza con paso lento pero (esperemos) seguro. Quizá si un día el ser humano se deja de pamplinas y comprende que no se puede estigmatizar algo que es fundamental para la conservación de la especie la cosa cambie de verdad y para siempre.






Y sí, aunque (por fortuna) cada día se nota menos, es muchísimo más difícil encontrar un dibujín de un maromo en "cuerpo" (destinado a ojos femeninos, no a excitar la imaginación culturista del hombre) en fantasía épica que uno de una nena enseñando las curvas de la oferta y la demanda. Válgame.